El día que se hizo grande

Eran casi las nueve de la noche cuando, entre un trozo de Sashimi de salmón y otro de atún, escuché la historia que lo cambiaría todo.

No estuve allí y no pude verlo: tuve que escucharlo de boca de alguien en gesto de incredulidad, haciendo de su gesta una leyenda, porque, si había alguien que mereciera tal honor, sólo podría ser el.

Nació en una familia normal, como puede ser la tuya o como puede ser la mía. Fue un chico normal, como todos quizás, salvo por un pequeño detalle: él, en algún momento de su vida, se sintió distinto.

Esa distinción hizo que, desde ya pequeño, tomara una serie de decisiones que marcarían la dirección de su camino: algunas acertadas, otras puede que erroneas, influido por lo que vio en la televisión o lo que quizás leyó o le contaron otros, creyó que había otro mundo fuera de los muros y las fronteras que su país dibujaba.

Por eso quizás tomó la decisión más importante de su vida y, al salir, creyó ser libre.

Y fue libre, créeme que lo fue, yo estuve allí: lo vi feliz, como pocas personas en este mundo, con la sensación de que, efectivamente, era posible romper con las condiciones que la vida te puede llegar a imponer, lejos de ese destino que, a veces, parece dibujarse como un paisaje en tu ventana que nunca elegiste ver.

Lejos de su cultura y, al mismo tiempo, cerca, demasiado quizás, voló libre, como Ícaro y, como Ícaro, al volar demasiado cerca del Sol, la cera de sus alas se derritió, dejándole caer a ese extraño mar del que, una vez, creyó huir.

No volvió a ser el mismo, aunque siempre tuvo esa pequeña sonrisa hacia mi: esa sonrisa de "sigo aquí, aunque ya no pueda volar" y, junto a los pequeños destellos de locura que uno pueda desplegar, aunque sólo fuera por unos segundos, conseguía volver a ser él, recordándote siempre que, aunque uno pueda ser un ángel caído, aunque tus alas ya no puedan soportar la altura que una vez alcanzaron, el espíritu, lo que nos hace, lo que nos define, lo que nos sostiene, sigue ahí, a la espera de un tiempo que, quizás, vuelva otra vez.

Siguió su camino y tomó decisiones difíciles: hizo lo que su corazón sentía e, incluso, una vez, dicen que negó ser lo que es, tan sólo para recordar que el orgullo no es sólo patrimonio de los locos, sino también de aquellos que no pierden la esperanza.

Y siempre, eso sí, con esa sonrisa burlona que sólo los locos, los niños de corazón y los hombres libres poseen... Educado para ser recio y no mostrar sus emociones, un enigma hacia los demás, en un mundo donde nada es nunca lo que parece y de donde, según sus propias palabras, nunca pareció sentirse parte.

"Los cambios son siempre buenos", me oyó decir en más de una ocasión. "Buscamos la estabilidad en la vida, la predictabilidad nos da seguridad y reduce nuestra inquietud, por eso los cambios nos recuerdan que estamos vivos".

Quizás por eso, al principio, la noticia lo dejó algo intranquilo pero sereno: los cambios le podrían llevar otra vez hacia el mar del que huyó, volver a aquello de lo que, un día, decidió salir para enriquecer su visión del mundo y de la vida.

"Hogar": ese lugar al que uno echa de menos todos los días de su vida y al que, a su vez, no deseas volver.

Si alguien pudo entenderle, ese fui yo.

Por eso sé que lo que hizo vale tanto... Por eso sé que tuvo que ser muy fuerte para, una vez más, reunir todo lo que tenía dentro de sí y volver a volar como siempre lo deseó, porque, esta vez, ni lestrigones ni cíclopes, ni siquiera Poseidón, impedirían que su sueño de libertad acabara con un sabor tan amargo.

Porque, por una vez en su vida, en contra de sus valores, de su educación, de su cultura, de todo aquello que ha vivido y conocido, de todo lo aprendido y de todo lo sufrido, sin tener en cuenta lo terrible de su acción y sus consecuencias, durante unos segundos volvió a ser libre al pronunciar la más bella y prohibida de las palabras que, una vez, quiso buscar lejos de aquel mar del que un día se alejó.

Aquel día, finalmente, dijo "No" :-))

Eso es todo: Amsterdam Prevalece.



Paquito
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