Cuando las noches se hacen días

Buenas,

Hacía tiempo que no escribía: razones hay y, en la medida de lo posible, serán detalladas.

Vaya por delante, en primer lugar, el hecho de que, de verdad, he echado de menos estar por aquí, ponerme delante del ordenata y escribir un ratito cualquier cosa, sin importar muy bien el qué porque, cuando uno escribe, o al menos eso es lo que yo siento, es fantástico dejar que el texto te guíe hacia algún lugar que no esperabas encontrar.

He estado malito, pero nada tampoco como para preocuparse. Algunos sabrán de mis problemas de insomnio, los cuales, con el paso de los días, poco a poco, se han ido agravando hasta el punto de que, una vez que mi encantadora (y Apple-adicta :-)) doctora supo qué estaba sucediendo, sus ojos tornáronse en redondos y oscuros agujeros dónde su expresión alcanzó en estupor a la del Grito de Munch en su famoso cuadro.
- Pero... ¿Cuánto tiempo llevas así?
- Pues como unos tres meses, más o menos.
Lo siguiente, por tanto, fue leerme la cartilla (la historia de mi vida: una mujer cantándome las cuarenta y poniéndome en mi sitio mientras, como no, escucho atento a lo que me dicen, no vaya a ser que sea importante y me lo este perdiendo).

Dos semanas de baja y diez pastillas capaces de tumbar a un rinoceronte más tarde, volví a mi oficina donde, con todo mi pesar, tuve que decir adiós con la manita a mi máquina del café porque, “¡Oh, campos de soledad! ¡Mustios collados!” resulta que no puedo tomar nada con cafeína porque, cito aquí en este caso, “Es necesario que estés cansado para que así duermas bien”.

Si antes volvía cada tarde a mi casa usando el coche de San Fernando (ya se sabe: “Un ratito a pie y otro andando” :-)), he decidido aplicar la misma filosofía en la mañana, yendo de la misma forma a mi oficina, aunque, como ya me ha sucedido un par de veces, se me encuentren en el camino algunos compañeros que, gentiles y amables, me llevan en sus vehículos hasta mi empresa.
- ¡Sube que te llevo!
- Pues no te voy a decir que no :-))
Una compañera de trabajo, con eso de que uno intenta, en la medida que puede, ser agradable con todo el mundo, se ha ofrecido gentilmente a acompañarme en algún fin de semana para visitar Breda.

Breda: el lugar donde, una vez, cerquita, se volvió a escuchar el gentío de un pobre hispano jurando en arameo por sus calles (el famoso episodio de la entrevista de trabajo donde me pasé una parada de autobús :-)).

¿Qué tiene ese lugar de particular? Para mí tiene un especial significado: un libro protagonizado por mi espadachín favorito que lleva su nombre en el título y que, desde su publicación, hizo girar mis ojos hacia ese pequeño rincón del corazón de las que una vez fueron “Las Provincias Rebeldes”.

Además: con eso de que ahora tengo una “pedazo de cámara” (la caña: ¡Espectacular! :-)) y que el tiempo, finalmente, empieza a ser fantásticamente bueno, es excusa suficiente para pagar visita al lugar y, así, poner una chinchetita en el mapa virtual del iPhoto (¡Cómo mola ver tus fotos en un mapa del mundo! Todo dicho sea de paso:-)).

Sí a esto le añadimos el agravante de que he estado malito, unas súbitas ganas de desaparecer de ese mapa virtual durante unos días han hecho aparición en mi apacible existencia: necesito tranquilidad o, quizás visitar a algunos amigos para así contarles cómo va la cosa (o, simplemente, tripear como un campeón y ponerme ciego, yantando con fruición las exquisicetes de la gastronomía de algún rincón de nuestra geografía).

Aunque... ¿Para que engañarnos? No es necesario ir a ningún sitio en especial: todo lo que necesito, todo lo que quiero, todo lo que me hace sonreír, rodea al famoso “221-B de Baker Street” que, como cantaba el poeta, está “allá donde se cruzan los caminos, dónde el mar no se puede concebir”.

Si que es cierto que una visita al terruño no me vendría nada mal: en última instancia, me tomo un vuelo con Iberia (¿Con quién si no?) y, 12-A o 12-F mediante, me voy tranquilamente hacia el Sur, dónde, según Rafaella Carrá, al parecer se hace bien el amor y, según éste que se habla, otra cosa no, pero amar, ser y vivir se conjugan como casi en ningún otro lugar de este extraño pedrolo que flota alrededor del Sol.

El Invierno holandés, este año, ha sido francamente decepcionante: uno, que ya es perro viejo y pulgoso, esperaba, como el año pasado, masivas nevadas y temperaturas bajas tipo Ávila en Enero.

En cambio, con eso de que el anti-ciclón de las Azores ha sido “bestialmente grande” este año, su zona de influencia ha alcanzado a los Países Bajos, haciendo de este invierno una versión light, “à la Madrid”, que nadie esperaba.
- Así es un invierno en España... Hay poca lluvia y frío, pero tampoco mucho, aunque nosotros tenemos más luz.
Resulta paradójico echar de menos las bajas temperaturas del invierno: soy de los que les gusta sentir “de verdad” las cuatro estaciones, esto es:
- Frío que te pasas en el invierno.
- Polen y solecito con niñas en faldita de primavera.
- Calor y vestiditos de verano en las lozanas jovenzuelas.
- Frescor y atardeceres bucólicos en otoño.
Y cuando a uno le falta una de esas cosas, sucede que se desorienta y se siente como un burro en un garaje (curiosa expresión: me encantaría saber qué siente un burro en un aparcamiento subterráneo :-)).

Afortunadamente, con eso de que comparto casa con un teutón, últimamente comparto las tardes con él, charlando y viendo la tele (Comedy Central es un canal que tendría que estar subvencionado por el Ministerio de Sanidad :-)).

Lo divertido es que, hablando con él, me doy cuenta de algunas de sus virtudes, así como de las nuestras, incluyendo también nuestros extraños defectos (él no comprende la obsesión por la comida de los españoles y yo siempre me río de la obsesión que ellos tienen que tienen por los coches).

- O sea, que si tus padres vienen a Holanda, traen maletas llenas de comida - me preguntó esta tarde.
- Sí - le respondí.
- Pero... ¿Por qué? ¿No les gusta la comida de aquí?
- No es eso. - le aclaré - Traen todo aquello que aquí no puedes conseguir, como jamón, chorizo...
- Eso lo entiendo... Pero... ¿Maletas enteras? - insistió.
- Traen aquello que aquí no puedes conseguir: la comida en mi cultura es una forma de crear comunidad... Nosotros socializamos a través de la comida, por eso salimos tanto y quedamos con tanta gente... Es como mis amigos cuando me mandan comida por correo.
- Ok - me respondió sin mucho convencimiento.
- Para que tu lo entiendas - momento “torpedo a la línea de flotación”- si tu estuvieras viviendo en Francia... ¿Te comprarías un coche francés?
- No - respondió casi ofendido.
- Pues es el mismo concepto que nosotros usamos con la comida... ¿Hay comida aquí? Sí, pero no es como la nuestra y, los franceses también tienen coches, sí, pero definitivamente los vuestros son mejores.
Nótese que esto se puede aderezar con unas lonchas de chorizo Gómez Serracín, unos crackers (tapas a la europea) y una cerveza de trigo de Bavaria para acabar de convencer a cualquiera :-))
- A mi no me gustan las salchichas - me dijo cuando le ofrecí.
- Un momento - el orgullo patrio reclamaba acción inminente - Esto se produce igual que una salchicha, tiene la misma materia que una salchicha, pero esto no es una salchicha... ¡Esto es chorizo! ¡Vamos a llevarnos bien!
- Bueno bueno... ¿Te puedo coger un trocito? - Acostumbrado a los modos holandeses, es alucinante su nivel de educación y amabilidad.
- Es que, de hecho, lo he cortado y preparado para los dos - le respondí.
- Ok, gracias...
Lo probó sin mucho convencimiento, esa es la verdad, pero le gustó, eso lo sé: el brillo de sus ojos, la forma en la que paladeó la loncha, el sonido gutural que hizo cuando...
- ¡Está bueno! ¡Creo que podría comer más de esto!
Vale. El hecho de que te confiese que le gusta ayuda, pero hay que darle un poco de vidilla a la historia, que si no se hace monótona y tampoco es plan :-))

Por lo demás, la vida sigue su trascurso monótono y monocorde en este pequeño rincón de la Europa que nos prometieron en el G-20. Me alegra escuchar que, entre nosotros, dos personas más han saltado hacia “el jardín cerrado” que simboliza una manzana a la que le falta un pequeño mordisco y que, poco a poco, se darán cuenta de que, “aunque al principio cuesta”, las cosas finalmente acaban simplificándose (y, si hay dudas, siempre puedes irse a la flamante Apple Store que han abierto en Ámsterdam, en pleno Leidseplein, donde, además de forma gratuita, te ayudarán a solucionar tus dudas o cualquier problema que tengas).

Mi cabeza sigue lejos de aquí y estoy engordando: creo que tengo que hacer un serio ejercicio de concentración y empezar a visualizar mis próximos cinco años (los famosos planes quinquenales de la Unión Soviética no eran, en el fondo, tan descabellados como algunos se empeñaron en describirlos).

Estoy caminando diariamente más de lo que antes solía hacerlo: estoy escuchando más música que antes (tiempo que solía utilizar para, entre otras cosas, informarme de todo lo que sucede por los más recónditos lugares del planeta y los más diversos asuntos a través de los treinta y tres podcasts a los que estoy suscrito (y que, al final, me obligo a escuchar, por aquello de mantener las sanas costumbres) y mi humor, últimamente, está en modo "cínico", lo cual, hasta cierto punto, no me acaba de gustar del todo.
- ¿Y qué tal eso de ser tío? - me preguntarás.
Pues es raro: la criatura te mira, se agarra a tu camiseta y te obliga a tumbarte para dormir sobre ti (con una manta por encima, para que no coja frío) mientras tu le miras, asustado, porque no sabes qué hacer (y a mi los bebés me dan mal rollo: son demasiado frágiles), así que, en la medida de lo que alguien sin ningún tipo de instinto paternal puede tener, podemos decir que "progresa adecuadamente" :-)).

Seguiremos informando, pero de momento, es genial volver, decir "¡Hola de nuevo!", dar señales de vida e intentar volver a escribir de forma más regular.

Me lo debo y, por tanto, te lo debo también a ti :-))

Un abrazo: ¡Ámsterdam prevalece! 


Paquito
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