No olvidar

Recientemente, mientras hacía una de mis habituales copias de seguridad en el ordenador del trabajo, me dio por navegar entre algunas de las imágenes que he tomado a lo largo de estos años y que tengo guardadas en el mismo.

Nota mental: no estaría de más sacar todas esas imágenes y replicarlas en el Mac, por aquello de, paranoico como nadie, estar seguro de que no se pierden.

Entre esas fotos hay varias que me hacen parar un poco más de tiempo que las demás (que generalmente veo en apenas un segundo mientras, impaciente, le voy dando a la tecla del “Siguiente” sin apenas reparar en los detalles de las mismas).

En una de esas fotos, tomada en un verano, dos personas, bajo un espléndido árbol, sonríen a la cámara: una de ellas es pálida como la leche, mientras que la otra tiene la piel oscura y abraza al primero, el cual, creo yo (y creo que le conozco bastante bien) se alegra mucho de tan agradable hecho (siempre es maravilloso que una mujer hermosa te abrace, en especial cuando hay cámaras para inmortalizarlo).

La historia del chico pálido nos es “más o menos conocida”: un español que vive en Holanda y que, bajo seudónimo, escribe ciertos episodios de su vida, a modo de crónica-catarsis, como terapia para así soltar lo que uno lleva dentro y no puede o no sabe contar a los que le rodean.

Sin embargo, es la historia de la otra persona la que, quizás, pudiera ser más interesante.

Hoy, este post está dedicado a ella.

Soy terrible con los nombres: no sólo no me acuerdo nunca de ellos sino que, por filosofía personal, procuro prescindir de los mismos.

Poco le importa a la Historia que tal emperador o cual conquistador se llamara Blas o Pascual: los actos y los hechos son los que dan forma a los eventos decisivos de nuestra existencia, de ahí que, convencido por esa filosofía, no presto atención a tu “pegatina nominal”, sino más bien a ti y a tus detalles, las cosas que de verdad sí me dicen algo de ti (a fin de cuentas, salvo aquellos que se lo cambian, no has elegido tu nombre, así que no es particularmente relevante).

Por eso, hasta hace unos días, su nombre fue un misterio: tampoco se lo pregunté nunca y, si lo hice, ya lo olvidé (mi memoria ya no es lo que fue una vez y esa posible debilidad es, al mismo tiempo, una fortaleza que intento poner en funcionamiento: los principios generales trascienden épocas, lugares, personas y objetos, así que debo aprender a manejarlos con soltura mientras, a su vez, la intuición y la percepción los reconvierten en juicios particulares y adecuados para lo que contemplo).

Aquella tarde, como decía, fue un agradable día de verano donde, en posición de combate gastronómico, me pilló debajo de un árbol hablando con un grupo de personas alrededor de una barbacoa. “Gente de todas partes”, pensé para mi mismo, mientras hablaba con unos y con otros de cualquier cosa que se nos cruzara por delante.

Alguien sacó una cámara de fotos (bueno, ese alguien sí tiene nombre, pero no es relevante) y, sin saber exactamente cómo, le dije a aquella chica que viniera hacia mí, me abrazó, sonreímos y la foto nos inmortalizó para la posteridad.

Hablamos un rato y, finalmente, desapareció entre el gentío: aquella noche, en una de mis interpretaciones más gloriosas, lo daría todo en el “after party” y enseñaría a los habitantes del “tercer pedrolo contando desde el Sol” que, por extraño que pudiera parecer, cuando uno tenía que ser un juergas, lo era “pero bien”.

Nos vimos algunas veces más: a veces hablábamos y, con una sonrisa, compartía conmigo algunos detalles de su vida (como el origen de los muebles de su casa, que fueron hechos y traídos desde Italia). Su origen también empezó a despejarse (una particular mezcla de razas y países que dio con ella como resultado) y así, poco a poco, se producirían pequeños momentos de agradable charla entre un español, que no supo su nombre hasta hace unos días y ella, quien sí sabía mi nombre y mi origen, para mi habitual perplejidad.

Pero no siempre fue así: a veces, cuando la veía, le saludaba en su idioma con la mejor de mis sonrisas y, simplemente, no te lo devolvía... Podía estarse así durante días y, como uno no desiste fácilmente (como no desisto con estos cada puñetero día de mi existencia bajo este cielo gris), continué saludándole, aceptando que, quizás, como todos, estaría pasando una mala época o cosas similares.

El tiempo pasó y, poco a poco, su presencia en el lugar donde solía verla se empezó a quedar vacío: bien es cierto que, por circunstancias profesionales, en ese tiempo, también dejé de pasar por ese lugar, así que no puedo saber exactamente qué es lo que pasó para que así fuera.

Sólo sé que aquel árbol, que solía contemplar sus escapadas, se marchitaba en soledad durante el invierno, esperando otra vez esos rayos de Sol que, una vez, iluminaron y alimentaron su savia.

“El destino no tiene sino un cierto sentido de la ironía” ¿Quién nos hubiera dicho que, un tiempo más tarde todo cambiaría? Siempre hubo rumores, ya sé lo que puedes estar pensando o, si no lo sabes, deberías recordar la máxima de que nada es permanente salvo el cambio.

Y estos, pase lo que pase, sean mejores o peores, más duros o más suaves, acabarán, siempre, ofreciendo cosas que, debidamente aceptadas y utilizadas en su justa medida, nos ofrecerán grandes cosas.

Una amiga mía sobrevivió a un cáncer hace unos cuatro años: sin desear a nadie que pase por algo así, ella recuerda las sesiones de quimioterapia, el dolor, los días donde todo parecía que se iba acabar o los cambios físicos (como la pérdida de peso y cabello, entre otros).

Pero, cuando le preguntas, sus enormes y almendrados ojos negros se afilan y, sin pestañear, te dice que lo más importante de ese viaje fue que redescubrió que era lo verdaderamente importante de su vida.

Los seres humanos, por una mera cuestión de adaptación al medio y por las extraordinarias circunstancias de nuestro intelecto (para aquellos que lo usan, póngase bien clara la objeción), tomamos por supuestas toda una serie de cosas que, el día que vienen torcidas o, mejor, “muy torcidas” (porque “pasarlas putas” no suena tan poético, a pesar de que, creo yo, sea la mejor definición de lo que mi amiga pasó) , comprendemos que son importantes y que, en realidad, nos preocupamos por cosas superfluas.

“Lo urgente contra lo importante”: recuerda esta frase para futuros dilemas de actuación.

El caso es que las cosas cambiaron: “son sólo negocios”, diría alguien, sin entrar a valorar o cuestionar cómo cada persona acepta o entiende el fin de un camino para empezar otro.

Hasta hace apenas unos días no caí en su ausencia: “todos tenemos mil problemas en la cabeza” será la excusa que te daré, sin que valga de nada, porque de nada sirve cuando uno propugna (y mi compañero de casa, que es alemán, puede dar testimonio) que “primero las personas, luego las cosas”.

Soy culpable: soy culpable de haber hecho cosas terribles o poco agradables, en especial a las personas que he querido o quiero. Cuando tenía 12 años, leí por primera vez unos extractos de un libro escrito por un italiano en el siglo XV donde, entre otras cosas, hablaba de que a veces uno tiene que hacer cosas que, aunque personalmente las pueda desaprobar, tendrá que hacerlas por el bien común y/o de los demás.

“La fría razón de Estado”, sería el postulado, donde “el fin justifica los medios”: las veces que he tenido que hacerlo no han sido placenteras, pero cuando hubo que hacerlo, con todo el dolor que ello pudiera causar a mis sentimientos y a mi corazón, no dudé en ejecutar lo que sé que, por encima de mis sentimientos, era lo que se debía hacer.

Pero siempre intenté ser amable con ella: siempre una sonrisa, siempre un “¡Hola!”, haciéndole entender que, en el fondo, aunque no me conociera y yo no la conociera en su intimidad, llegábamos a ser, en un determinado momento, compañeros de viaje, como lo son dos extranjeros viviendo en una tierra como esta.

No volví a verla jamás: los cambios sucedieron y, de la noche a la mañana, aquellos que estaban dejaron de estarlo. Los hubo que lo hicieron de buen grado, otros de peor y también hubo otros que, simplemente, aprovecharon la coyuntura para cambiar su destino, tomando así un camino diferente a lo que aquella “variación del rumbo” supuso en sus vidas.

Los días pasaron, del shock inicial se pasó a la calma y la vida siguió adelante: el ser humano se caracteriza por su increíble capacidad de adaptación a las circunstancias.

Y, de esto puedo hablar en primera persona, créeme: somos capaces de adaptarnos y de aguantar lo imposible.

“La vida es un complicado cruce de caminos donde, una y otra vez, nos encontramos y nos perdemos”. Fue uno de los mensajes que di “a mis guiris” en Francia, sobre estas fechas, hace ahora 11 años. Yo era el elegido para dar el mensaje final por dos motivos: mi dominio del francés era, entre los que me rodeaban, de lo mejorcito y, de paso, tenía labia para decir cualquier cosa de forma que sonara trascendente.

Lo cierto es que creo en esa frase: refleja, a grandes rasgos, lo que me ha ido sucediendo a lo largo de los años en diferentes ámbitos y contextos.

Por eso, pensé siempre, aquellos que partían volverían a mis vidas tarde o temprano, porque las cosas vuelven, sean bellas (como las pautas de diseño de la Escuela Bauhaus) o dignas del olvido (háganme un favor y borren de su memoria la “terrible década de los ochenta”: hagamos como que nunca existió, por nuestro bien y por el de las futuras generaciones :-)).

Pero no fue así: algunas caras volvieron a aparecer y otras, simplemente, se las llevó el destino a algún otro lugar. La vida es cambio, nada es eterno, todo cambia, nada permanece...

De ahí que, cuando recibí ese correo electrónico, no pude saber de quién se estaba hablando. Las malas noticias se transmiten hoy en día por correo electrónico (así es como supe que mi último abuelo había fallecido): las llamadas de teléfono se pueden perder, pero un e-mail siempre está ahí.

Y así es como supe de su tragedia, sin saber que era ella, porque nunca supe su nombre, porque sabía de sus gustos y de sus exquisitos muebles italianos, pero nunca recordé cómo se llamaba, porque tenía el privilegio de, de vez en cuando, poder decirle “¡Hola!” y, sin esperar su respuesta, saber por su presencia que estaba bien.

El viernes fue festivo y, como estaba haciendo cosillas cerca de una oficina donde trabajan algunas personas que conozco, me decidí a pasarme y así comer con ellas.

Fue en esa conversación cuando hablé de aquel correo electrónico y ahí es dónde supe que “aquella persona a la que quizás conozcáis” era ella.

Y así es como conocí su drama, así conocí su plan para dejar todo dispuesto y poder abandonar esta existencia de forma organizada.

Así es como supe que se había suicidado y cómo había enviado un último correo electrónico a una persona para que organizara todo lo que había que hacer ante su marcha.

Y aunque se reaccionó de foma veloz, aunque la policía llegó lo más rápido que pudo, su fin llegó y ahora sé que, con seguridad, ese árbol que hace unos días empezó a florecer jamás volverá a ofrecerle su sombra.

Y aunque no la conociera, aunque hasta el viernes no hubiera sabido su nombre, aunque no hubiera conocido su historia, su drama y su tragedia, creo que es necesario escribir unas cuantas palabras en su memoria, en un país donde su recuerdo se desvanecerá bajo rumores y cotilleos de portería.

Porque nadie debería irse en silencio sin que, al menos alguien, cuente tu historia.

Este es mi recuerdo: nunca supe su nombre pero una vez fue feliz y, una vez, se abrazó a mi para sonreír ante una cámara.

Y esa imagen, es la que guardaré para mi.

Descanse en paz.

Esto es todo: Ámsterdam prevalece.


Paquito
sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es

Comentarios

  1. linda historia, linda manera de manifestar lo que sientes.....me quede con un nudo en la garganta...un beso, cuidate mucho, que estes bien y espero que algun dia nuestros caminos se crucen.

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    1. Hola S.S.

      Mil gracias por tu visita y por tu comentario: como siempre, todo un placer :-))

      Un triste historia, es verdad: llevaba varios días pensando cómo contarla y, finalmente, encontré las palabras :-))

      Ya se sabe: uno no lo busca y, cuando se encuentra, a veces incluso, no se sabe que ya estaba ahí :-))

      Un abrazo enorme y, de nuevo, mil gracias por tu visita y por tu comentario.

      Paquito.

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  2. si, es verdad es una triste historia....no linda. Linda manera de expresarla.
    saludos
    S.S

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    1. No olvidar y desaparecer en silencio: siempre una palabra para los que marchan en nombre de los que se quedan :-))

      Gracias de nuevo por tu visita y comentarios :-))

      Paquito.

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  3. Preciosas palabras para describir la esencia de la hermosura, efímera, pasajera e imborrable. Siempre debería haber espacio en la red o en una hoja de papel para poder relatar una historia así.....

    Saludos

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    1. Hola Quiqui,

      Gracias por tu visita y por tu comentario: todo un placer :-))

      "Caminante no hay camino, se hace camino al andar"... Todos conocemos alguna historia similar: alguien da el primer paso e insta a los demás a hacerlo también.

      Ya no hay excusa para que los demás lo hagan también :-))

      Un abrazo,

      Paquito.

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