Darmstadt - El Regreso - Día 1


Existe un lugar que todos podemos identificar con tan sólo hacer "la pregunta": de alguna forma, en algún sitio de este planeta (lo sabes tan bien como lo puedo saber yo) tu corazón palpita de forma diferente, tu vida funciona con un ritmo distinto y las cosas parecen suceder de la forma en la que crees que deberían ser siempre, como si la armonía formara parte del aire que rodea ese misterioso rincón del mundo.

Mi historia con Alemania es parecida: en la ciudad en la que nací, cuando era niño, unos entrañables señores vinieron a vivir justo en la puerta de al lado de nuestro descansillo y que, después de las debidas pesquisas vecinales, resultaron ser unos españoles que se venían desde Dusseldorf para vivir sus años de dorado retiro por nuestras latitudes.

Ya en Francia, con veinte años, descubrí a un grupo de alemanas que, no sólo como compañeras de clase, sino que como personas, me enseñaron la versión más amable y tierna de un país que, poco a poco, se me fue revelando como un lugar para visitar y, ¿Quién lo hubiera dicho en el año 2001?, quizás incluso para vivir.

Y todo eso desembocó en 2006 cuando, entre unos calores que no fueron normales, Alemania celebró el mundial de fútbol en sus ciudades y, entre otras cosas, un español, que apenas hablaba cuatro palabras del idioma de Goethe, aterrizaba en Frankfurt para cumplir la profecía que, cinco años antes, se escribió en tierras galas.

La ciudad a la que fui a vivir se llama Darmstadt (aunque se la conoce como "la ciudad del conocimiento" porque, entre otras cosas, es la sede del segundo politécnico de Alemania, la Universidad Técnica de Darmstadt"). Esta ciudad, como muchas otras, tuvo orígenes y tiempos nobles, siendo en su día la capital del estado federal del Hessen (hoy en día lo es Frankfurt) y el lugar donde residían los Grandes Duques de Hessen.

Mi aventura empezó hace ahora seis años y duró 8 meses, tiempo suficiente para darme cuenta de que, efectivamente, día tras día, el lugar con las idílicas características que te describía hace unas líneas se empezó a dibujar en esa ciudad.

Las cosas, desafortunadamente, no salieron bien, pero así es la vida: la ciudad y sus gentes, en cambio, hasta el último segundo de mi estancia, me demostraron que todo aquello que he promulgado durante años, efectivamente, no era un espejismo y que, efectivamente, todas mis expectativas de lo que esperaba encontrar en Alemania no sólo se cumplieron, sino que fueron rebasadas con franca holgura.

Y esto, créeme, fue real: estuve allí, lo vi y lo viví.

Quizás por eso, mientras el avión despegaba hace ahora dos semanas, un cierto sentido del miedo y una desagradable sensación de desazón me invadieron: hacía cinco años y medio desde aquellos días, tiempo suficiente para que la mente, que ya sabéis que tiene "esas cosas suyas", me hubiera jugado una mala pasada, idealizando y suavizando los recuerdos del lugar que, una vez, fue mi hogar.

Porque debemos recordar que el tiempo lo cura todo y que, con la debida distancia, las cosas adquieren texturas o colores diferentes a los que uno vio o percibió originalmente. No sólo eso, sino que, si además, como fue mi caso, la experiencia fue "extraordinariamente positiva", hasta el punto de que, comparado con "esto" (que es la forma que utilizo para referirse al binomio "Amsterdam-Holanda") las cosas a veces resultan como es como poner enfrente el uno del otro al Hotel Ritz y a un prostíbulo de Saigón y compararlos, con el terrible temor de que las probabilidades de que eso suceda crezcan exponencialmente (la mente siempre busca refugio en la zona de confort y, "aquello", créeme, fue el Walhalla).

Así que no me quedaba más remedio que tener todo esto en cuenta porque, como soy muy racional, no podía dejar de pensar en el efecto que el tiempo y la nostalgia habrían podido ejercer en los recuerdos de mis vivencias.

Aterricé y salí raudo por aquel pasillo que, una vez, me fue familiar: me acerqué a un mostrador de información cercano y, con una amable sonrisa, me indicaron donde estaba el famoso autobús, el AIRLINER, aquel que tantas veces tomé para ir desde el aeropuerto a la ciudad y viceversa.

Por tanto, después de unos treinta y cinco minutos en un autobús conducido por un ser humano sin tendencias psicópatas (tendencias perfectamente habituales en los conductores de la EMT en Madrid o los conductores de Connexxion en Holanda), finalmente, la estación central de trenes de Darmstadt me recibió con un día espléndido.

Finalmente: cinco años y medio después...

No negaré que hubo un cierto momento de emoción: apenas bajé del autobús, lo primero que hice fue empezar a dar vueltas a mi alrededor, intentando recordar aquel lugar que tantas veces me vio subir y bajar de ese autobús.

Todo seguía ahí: la estación, los tranvías, el cine al fondo y un McDonald's en la esquina. Nada había cambiado, salvo unos edificios que, unos minutos antes, pude ver y que, en su día, fueron la sede de una compañía de telecomunicaciones y que, hoy, apenas eran escombros.

Después del momento "turista entregado y desmemoriado intentando recordar algo", comencé a caminar "más o menos" hacia dónde sabía que estaba mi hotel: me vine sin ningún mapa, así que, en la búsqueda mi hotel se produjeron situaciones extrañas (me oriento bien, pero no sabía exactamente donde estaba el lugar al que iba).

Después de encontrar a un par de personas que, ¡Casualidad de la vida!, hablaban español (inmigrantes cubanos y peruanos) y que, incluso, se ofrecieron a llevarme en coche cosa que, siendo un peatón impenitente, agradecí pero decliné, continuando mi marcha a pie).

Finalmente, después de unos 20 minutos, llegué a mi hotel y, aunque he de decir que el establecimiento era decente, la situación no era la mejor posible (dicen que para hacer una tortilla hay que romper algún huevo y, en mi caso, desde luego que así fue).

Digamos que el lugar se prestaba a un entorno con "peculiares moradores" (es lo que tiene seguir los comentarios en una página de búsqueda de hoteles en Holanda: recordad, "Hotel Ritz vs. Prostíbulo de Saigón")

Entre otras cosas, el propósito de mi visita a Darmstadt era el arreglar un viejo asunto administrativo con mi (ya ex) banco: al llegar a mi habitación y dejar mis cosas veo que todavía son las cuatro de la tarde, así que, raudo y veloz, salto a un autobús en la parada de enfrente de mi hotel y, en unos cuatro minutos, estoy en la plaza principal de la ciudad, "Luisenplatz", el centro neurálgico de Darmstadt.
- Guten Tag. Ich habe eine Frage: bitte, sprechen Sie Engels?
- Yes.
Chachi: hablan la lengua franca, así que le explico a la amable cajera del Deutsche Bank que, hace unos seis años abrí una cuenta y que me gustaría cerrarla, retirando los todavía existentes fondos de la misma.

La operación dura unos quince o veinte minutos y, para mi fortuna, coincide con el cierre de la oficina, hecho significativo a la hora de liquidar la cuenta y porque, por aquí es muy común, cuando te entregan dinero, te lo hacen de una forma muy poco discreta (tuve una experiencia similar en el Banco de España hace unos años cambiando pesetas por Euros).

Pero claro: "esto es Alemania" y, aunque la primera cajera me trató en inglés, la segunda (la que finiquita la operación) no lo habla, así que, con una enorme sonrisa y con un alemán digno de un mono borracho a base de botellas de anís, me hago entender y, más importante, la persona se hace entender también (porque, en última instancia, cuando uno desea comprender, lo hace y, "por el poder de una sonrisa", con un "por favor", y con un "gracias", se consigue cualquier cosa).

Salgo del banco: son las cinco y cuarto, así que me doy un pequeño paseo por el centro... Las mismas terrazas, casi los mismos comercios, las mismas cadenas de comida... Apenas nada ha cambiado y, en cierto sentido, me alivia porque, gracias a eso, mis recuerdos, que pensaba ya completamente olvidados, se empezaron a activar y, de pronto, ya no me sentí desorientado, de ahí que empezara a caminar más rápido, callejeando y recordando comercios, pasajes y galerías...

Y por supuesto, como mis recuerdos empezaban a cobrar vida, había un lugar que era el origen de todo:
"La zona cero".

La zona cero era mi antiguo apartamento: muy cerquita del edificio principal de la universidad, cruzando el parque de los caballeros ("Herrngarten"), llego hasta mi barrio, "Martins Viertel" y mi calle, donde mi antiguo edificio y mi ventana me enseñan las cortinas que, séis años atrás, puse en la misma.

El chico que se quedó con mi apartamento sigue viviendo en él (su nombre aparece al lado del botón del telefonillo que identifica su vivienda), así que, como soy la leche de organizado, busco su nombre en el iPhone, encuentro su teléfono (un teléfono que, efectivamente, llevaba cinco años y medio sin ser marcado) y le mando el siguiente mensaje:
"Hace cinco años conociste a un español en Darmstadt... Bueno: ese español ha vuelto a la ciudad... ¿Sigues viviendo aquí?"
Al mismo tiempo que envío ese mensaje, mis recuerdos adquieren ya una claridad casi cristalina: con eso de haber llegado al "punto de origen", de pronto mi GPS interno se ha puesto en marcha, cosa de agradecer porque, a partir de ese momento, ya no necesitaré ningún mapa y a partir de ahora, puedo moverme con toda libertad (y velocidad) para, así, encontrar los lugares que deseo visitar.

Justo en ese instante, todas mis dudas se disipan y una enorme sonrisa de felicidad aparece en mi rostro.

Como estoy al lado del parque de los caballeros (Herrngarten),  me acerco y me siento un ratito en un banco: pensativo, con una tarde soleada, observo a los estudiantes tumbados en la hierba, algunos leyendo, otros tomando el Sol e incluso una chica trabajando con su portátil.

Con eso de que salí disparado el centro para hacer la gestión mi banco, sólo llevo conmigo mi cámara de bolsillo (una pequeña IXUS 130), así que, mientras mis recuerdos iban tomando forma, aproveché para hacer unas fotos rápidas de los escenarios que, durante ocho meses, fueron mi realidad cotidiana en Darmstadt.

La vida que recuerdo al llegar hace séis años es la misma que se presenta ante mi en ese instante: "nada ha cambiado" y sonrío para mi mismo pensando que, hace apenas cinco horas, temía que esa idílica imagen que me ha acompañado en la memoria durante estos años fuera sólo un delirio causado por el desarraigo y el olvido.

Pero no es así: mi pequeña ciudad sigue ahí, en cada uno de esos instantes que producen cualquier vida urbana, bien en los autobuses, en el banco o en las tiendas donde, al entrar a comprar algo o a preguntar cualquier cosa, siempre me volvieron a recibir con esa grata amabilidad que sólo un extranjero sabe apreciar y que, ante mis balbuceos de la lengua de Goethe, una enorme sonrisa fue la forma de hacerme sentir cómodo porque, si algo aprendes en Darmstadt, es precisamente que con una enorme sonrisa, con un "por favor" y con un "gracias", insisto, lo consigues todo.

Comeré algo rápido en un puesto de comida en la calle (antojazo brutal de Foccachia), me tomaré un café en el Starbucks (nota: debe de ser triste que una pequeña ciudad de unos 144.000 habitantes en Alemania tenga Starbucks desde hace más tiempo que Ámsterdam, capital de Holanda) y me iré a dormir, porque ha sido un día largo y, con eso del avión, las prisas y demás, el cuerpo me dice que es hora de "hacer dodó", que lo llaman los franceses y, a las nueve de la noche, volveré a la habitación de mi hotel a descansar.

El día siguiente empezaría la sesión de fotos con la Canon 5d: por ahora, esa noche tocaba descansar y, por primera vez desde hacía cinco años y medio, me sumergí de nuevo en el campo de los sueños de Alemania.

Las fotos del primer día están accesibles haciendo clic aquí (lo cual viene de fábula si usas iPad o estás suscrito al Blog a través de correo electrónico) o las puedes ver justo a continuación si estás leyendo esto desde el blog:


Eso es todo: ¡Darmstadt Prevalece!

Próximo Capítulo: "Sí: ¡Por supuesto!"


Paquito
sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es

Comentarios

  1. Ya hemos hablado bastante al respecto. Sólo unos pocos sabemos qué se siente estando en "tu lugar". Sólo los valientes y aventureros inconformistas se atreven a buscar su Edén particular. Sólo el que lo encuentra , sabe lo que es un trocito de felicidad. Y sólo cuando lo dejas , sabes que has sembrado algo que , quizás algún día brotará y sus raíces permitirán agarrarse fuertemente a una tierra que le quiere, que le aprecia y que le deja que descanse plácidamente entre sus brazos...
    Tu querida Germania y mi querida Eire

    SALTAMONTES

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    Respuestas
    1. Ahora que ya vuelvo a estar normalizado, tengo tiempo para responder :-))

      Hola hola :-))

      Mil gracias como siempre por tu visita y por tu comentario: ¡Todo un placer! :-))

      "Mi lugar" (o "mis lugares") se descomponen en múltiples factores (no es sólo la belleza del lugar o su clima, sino toda una plétora de condiciones que, dependiendo de su proporción, se combinan de forma armoniosa o histriónica).

      Sé que algún día volveré... No sé ni cómo ni cuando, pero sé que lo haré: "es algo personal" :-))

      De nuevo, mil millones de gracias por tu visita y por tu comentario: un abrazote enorme desde Amsterdam.

      Pasajero en asiento 12A ;-))

      Paquito.

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