El nuevo descenso al Infierno

Hola,

Como te habrás dado cuenta, este año se han producido un par de silencios de varias semanas por estos lares: mil disculpas en primer lugar, por la tardanza y por faltar a mi palabra de escribir de forma regular.
Nota al margen: me he puesto al día rescatando del Dropbox casi media docena de posts que nunca llegué a publicar y, revisando en el cajón de los olvidos de Blogger, he encontrado casi cuarenta entradas que nunca se llegaron a publicar por diversos motivos :-))
El título de hoy describe "con más detalle", lo que me sucedió hace unos meses: un tiempo de silencio y retiro, con médicos de por medio, para centrar mi cabeza y, de paso, intentar pensar un poco en todo lo que estaba sucediendo a mi alrededor.

Lo describo como “el nuevo descenso al Infierno” porque, en cierto sentido, hay cosas que, en la vida, parecen volver a repetirse o, por lo menos, a tener semejanzas y parecidos razonables.

La primera vez que uno baja al Infierno es aterrador: hay determinadas situaciones en la vida donde uno, sin entrar en especificidades para así evitar el morbo insano, entra en una espiral que acaba en un extraño lugar, un lugar donde la vida parece que se detiene y que, de igual forma que en el purgatorio, pero con el miedo y otras sensaciones de por medio, pareces incapaz de seguir adelante.

El Infierno te enseña lo mejor y lo peor que tienes dentro: descubres de qué estás hecho, destapa el tarro de las esencias que te confieren tu carácter y, generalmente más mal que bien, haces una vida en la que, a grandes rasgos, no sólo no eres capaz de reconocerte sino que, peor, las cosas parecen tomar un camino que no deseas.

La vida, de pronto, gana control sobre ti.

Por eso, al contarle a mi doctora (que es un cielo en primer lugar y que, para más INRI, usa también un iMac en la consulta :-)) mi pequeña historia, sus ojos fueron como platos y, tras la orden inminente de no volver al trabajo, previa prescripción de un medicamento para hacerme dormir, me fui a mi casa para, así, hacer sus deseos/órdenes realidad.

El insomnio es terrible: te machaca y te come por dentro... Las causas, “más o menos”, estaban identificadas, pero, después de un tiempo de merecido descanso y silencio, por fin, esa noche, me pude finalmente sentar delante del ordenador y escribir un ratito.

La segunda vez que bajas al Infierno te encuentras como en casa:
- Hola parroquia: ¿Qué tal todo por aquí? ¿Todo bien? Veo que nada ha cambiado.
Uno camina por el lugar como el que vuelve a una casa en la que vivió durante algunos años, con las paredes llenas de recuerdos, con las cosas cambiadas de lugar y de propósito, pero reconociendo el lugar, sabiendo que, una vez, en ese rincón hubo una silla o, en aquel muro hubo un cuadro que siempre detestaste.

Pero todo sigue estando, de una forma o de otra, en el mismo lugar, haciendo de un momento malo algo cotidiano, temiendo no poder salir del lugar de, como ya digo, has visitado en otra ocasión.

El Infierno no es malo “per sé”: te pone en una situación difícil, eso es verdad, pero también te obliga a pensar, a priorizar y comprender qué es lo que está pasando para, así, por lo menos, sacar una lección de la misma.

La primera vez que desciendes, además, suele ser el fruto de carecer de las herramientas adecuadas para evitarlo: es como caer a una piscina sin saber nadar y donde apenas haces pie, así que, como puedes comprender, es una situación extraña, por novedosa, y negativa, por las circunstancias.

No seré yo quien le desee a nadie el descenso al Infierno: ojalá no lo conozcas nunca y no sepas lo que se siente, porque ello indicará que, a diferencia de mí, has sabido ser alguien más inteligente y con mayor capacidad de adaptación que yo.

En ese sentido, he de decir que, para mi fortuna o mi desgracia, el referente es un testarudo genial a quien su obstinada tozudez le llevó, por una parte, a vivir una vida bajo sus normas pero, también, a una muerte absurda precisamente por lo mismo.

Lección aprendida: sé pragmático y detecta los síntomas lo antes posible para poder reaccionar.

Como iba diciendo, el Infierno no es un lugar que me incomode: al contrario, encuentro en él algo que me mantiene vivo, que desata el instinto primario de supervivencia que llevo dentro, que me obliga a re-priorizar todo lo demás y me muestra, casi de inmediato, lo que es importante y lo que no.

El terror surge cuando aparece la duda del “¿Cuándo tiempo estaré ahí dentro?” porque, como bien sabrás, hasta el Paraíso acaba aburriendo pero, el Infierno, es un lugar donde particularmente no debes hacer estancias prolongadas.

El Infierno engancha y te hace preso de tus miedos: te hace ser una víctima y te lleva a una espiral donde sólo eres eso y dónde la excusa para todo radica precisamente en tu estado...

Y yo no quiero eso.

Por eso, lo primero que hubo que hacer fue “volver a la normalidad”: ya consigo dormir periodos prolongados de tiempo y, de nuevo, siento que el cuerpo me pide trabajar a gritos, lo cual es buena señal, porque indica el deseo de la vuelta a la realidad, donde uno pertenece y le gusta estar.

Pero...

Siempre lo hay: me vine a Europa huyendo de un país canalla y a punto de reventar en su vorágine absurda... También me vine huyendo de un país donde a la gente se le dice que “esto es lo que hay”: el personal calla y agacha la cabeza cuando se pisotean sus derechos en las carnes de terceros (cuando les pasa a ellos, entonces sí, aparecen las buenas palabras, la búsqueda del colectivo, del nosotros, el “no NOS pueden hacer esto”... Seguro que lo has escuchado alguna vez.).

Y por aquí arriba, quieras que no, al menos tengo eso, por más que me empeñe en no usarlo, porque no me gusta depender de derechos adquiridos que, tarde o temprano, en mi vuelta o en mi ida hacia otro lugar, seguramente perderé.

Pero cuando uno se pone enfermo y siente que la maquinaria que lo compone se resiente, debe parar.

Mi insomnio comenzó a finales de 2011... Empecé a tener noches de insomnio que se alternaban con noches de profundo sueño que, poco a poco, se fueron convirtiendo en jornadas donde, en una sola hora, dormía el equivalente a ocho, despertándome perfectamente descansado, después de apenas, ya digo, sesenta minutos de profundo descanso...

Cuando despertaba, el reloj solía marcas las doce de la noche o la una de la mañana, dándome la mala noticia de que, en las siguientes siete horas, no podría pegar ojo.

¿A qué es divertido?

Pues no: no lo es...

Al principio, intentando adaptarme al trastorno del sueño, cambié mis horas de trabajo, retrasando mi hora de entrada y, por lo tanto, mi hora de salida.

Pero la cosa comenzó a empeorar: esa mágica hora de sueño que, milagrosamente, me daba todo el descanso que necesitaba, pronto desapareció, dejándome sólo ante el peligro y, lo que es más temible, ante lo que la falta de sueño genera en tu cuerpo y en tu mente.

De pronto, las noches se hacen eternas y cosas como responder e-mails o escuchar los Podcasts (que sueles consumir durante tus paseos del trabajo a casa), se tornan en actividades productivas a las tres de la mañana.
Nota: chutar mails a las tres de la mañana medio zombie es un deporte de riesgo :-))
¿Cómo me encuentro ahora? Me encuentro bien: han pasado varios meses desde entonces y, ya digo que el sueño ya está normalizado aunque han habido secuelas físicas (he engordado un poquito y me encuentro cansado durante el día: de pronto, dormir me provoca más sueño que descanso, lo cual, supongo, debe de ser, hasta un cierto punto, positivo).

En esos días, además, escuché voces que me dieron sabios consejos y me intentaron orientar o aconsejar. Con algunas de las opiniones discrepé y, con otras, escuché en silencio.

Con todas ellas, eso sí, como siempre, me dediqué a pensar y no dejé de dar vueltas en la cabeza a todos los conceptos que me fueron otorgados (y es que, según un test que hice recientemente, soy alguien analítico y, por tanto, debo utilizar esa cualidad en mi favor :-)).

Hay que sacar petroleo de las piedras :-))

Habiendo visto las cosas que he visto, sólo puedo darte mi opinión sobre qué hacer cuando algo como lo que a mí me ha sucedido no te suceda a ti, esto es:
1. Si ves que tu cuerpo hace cosas extrañas, ve al médico.
2. Si ves que tu mente hace cosas extrañas, ve al médico.
3. Si ves que tu cuerpo y tu mente hacen cosas extrañas, ve al médico.
El personal en general suele ser muy cabezota (y soy el primero que levanta la mano aquí) y tenemos miedo a aceptar nuestra intrínseca humanidad y falibilidad: por ello, te insto a que aprendas de mis errores y no los cometas tú también, que con uno que la caga en el equipo ya hay más que suficiente :-))

La primera vez que bajé al Infierno lo hice aterrado... Debo reconocerlo sin ningún tipo de paños calientes: fue, de lejos, la peor experiencia de mi vida.

Y, sin embargo, gracias a ella, todo cambió para bien.

La segunda vez, ya digo, ha sido, dentro del mal, un paseo nostálgico: sabiendo como manejar mis emociones, esta vez, ha sido un problema enteramente físico, de ahí que, usando mi carácter analítico, me haya dedicado a estudiar mis sensaciones, verificando que todo está en orden y que, afortunadamente, aprendí bien la lección en su día.

Ha sido un peculiar momento de chequeo donde, más que miedo, he sentido curiosidad por saber si "algo" que lo que en su día sucedió seguía ahí dentro o se podía volver a repetir para, si así fuera (que no fue) estudiar mi reacción, sabiendo lo que ahora sé y, por tanto, siendo capaz de anticiparme.

Otras cosas, fuera ya del insomnio, han contribuído a otros periodos de "días malos" durante estos meses... Ahí he descubierto como mi naturaleza (la segunda capa del ser que va después de la esencia de uno) ha sufrido un peculiar vía-crucis del que, por fin, poco a poco, voy saliendo cual general romano a punto de pasar por el arco de la victoria.

Podría lamentar todos estos períodos malos, es verdad, pero estos años me han enseñado que, precisamente, de estas cosas uno puede sacar valiosas enseñanzas que, debidamente aplicadas, me sirven para seguir marchando en mi particular viaje a Ítaca, ese donde, al final del todo, resulta que el destino era irrelevante y el camino era de verdad el objetivo.

Y de eso, quizás dentro de algún tiempo, te hablaré más detenidamente: necesito seguir procesándolo un poquito de tiempo más, para estar seguro de que puedo entender todo lo que ha sucedido, sacar todas las debidas conclusiones y, por último, digerirlo para poder seguir con otras cosas.

Son tiempos interesantes, es verdad, pero soy libre...

Y eso, tanto en el Cielo, como en el Infierno, es la mejor de las posesiones :-))

Eso es todo: ¡Ámsterdam prevalece!


Paquito
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Comentarios

  1. A mí me pasa lo contrario a tí, tengo la necesidad de dormir mucho más de la cuenta. En sábado o domingo me levanto a las 12 o 1, y a las 4 necesito dormir un par de horas...y antes de las 11 de la noche ya voy rodando. Si intento saltarme esa 'necesidad' me quedo dormida en medio minuto ahí donde me pille, sentada en el sofá, en la silla o donde sea :s

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    Respuestas
    1. Hola :-))

      Gracias por tu visita y por tu comentario: todo un placer el leerte por aquí.

      Los fines de semana recupero (en especial los domingos): no soy muy dormilón en general, pero cuando uno deja de dormir del todo o, como contaba, dormir una hora y despertarse perfectamente descansado a las 12 de la noche, la cosa asusta...

      Si que es cierto que, como tu, cuando necesito dormir, necesito dormir (me puedo beber medio litro de Red Bull y hacerte ocho horitas de sueño sin problema): esto, en principio, está bien, salvo la noche que necesitas quedarte despierto (porque, da igual lo que intente, me dormiré)...

      Pero ahora estoy bien: es genial volver a tener "horarios normales" :-))

      Gracias por tu visita y por tu comentario :-))

      Paquito.

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  2. Vaya, leyéndote me has hecho recordar mi única ¨bajada al infierno¨ hace ya por suerte unos... 15 años??!!... Dios, cómo pasa el tiempo, aahhh!!

    El caso es que sufrí bastante y no consigo encontrarle una parte positiva aunque seguramente la tiene, probablemente el camino de vuelta a la superficie fue muy gratificante por lo que tuvo de aprendizaje y de volver a colocar las cosas en su sitio.

    Me gustaría pensar que una visita al infierno tendría algo de positivo o que como dices ¨me sentiría esta vez un poco en casa¨, pero la verdad es que no lo consigo. La vez que estuve -por suerte apenas un par de meses- coincido en que era como tirarte a una piscina sin saber nadar y sin hacer pie. Volver a experimentarlo tal vez no sea tan angustioso pero aún así toco madera...

    Espero estes ya en esa fase de vuelta a la superificie que al menos a mí me resultó más gratificante. En mi caso creo que me sirvió para relativizar, hacer algunos cambios y tomarme las cosas con más calma. Fijarme algunas metas (pequeñas) me ayudo bastante y a pesar de todo guardo un buen recuerdo de aquello, pero pensar en que pudiera repetirse me produce el mismo pánico que el primer día aunque no descarto que ocurra... al fin y al cabo es un precipicio que todos tenemos relativamente cerca y conviene conocerse y estar preparado para poder salir de nuevo a flote.

    Un saludo

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    Respuestas
    1. Hola Qualunque,

      Mil gracias por tu visita y por tu comentario: todo un placer :-))

      Como ha sido un comentario largo, la respuesta debe ser meritoria: ¡Allá vamos!

      Dale perspectiva al sufrimiento que padeciste: gracias a él aprendiste muchas cosas sobre ti... No defiendo ni digo que el daño que sufriste fuera bueno pero, sus efectos, insisto, con poco de perspectiva, conforman lo que hoy eres.

      Y eso, si sigues vivo, es bueno :-))

      Ninguna visita al Infierno es agradable pero, si sucede, una vez que lo has vivido una vez, puedes controlarlo mejor (sabes a dónde vas: ya conoces la carretera y sabes dónde está el bache fuerte).

      Salir supone que aprendes a defenderte y a lidiar con lo que sientes: por supuesto que fue más agradable :-))

      Ahora estoy fantásticamente bien... Pero me ha gustado saber que, volviendo a bajar, esta vez no tuve el miedo que sentí la primera vez: sentí un poco de congoja pero, conforme las cosas han sido sucediendo, he sabido reaccionar y, por tanto, la salida ha sido limpia (era un problema puramente médico: el coco está perfectamente :-)).

      En algún momento todos sentimos un bajón... A veces es leve y a veces no lo es... Saber que hacer, por tanto, es la clave para no pasarlo demasiado mal (los bajones son intrínsecamente malos :-)).

      Gracias de nuevo por pasarte y un cordial saludo,

      Paquito.

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