jueves, 7 de marzo de 2013

Epifanía

Buenas,

Dicen que nunca es bueno rendirse y que, aunque a veces sea sabio aceptar una derrota, la guerra no se pierde hasta que no queda nada por lo que luchar.

Hace unas semanas escribí un post mítico, glorioso, legendario, de esos que, según lo vas escribiendo, te dan ganas de comértelo a besos, enseñárselo al primero que pase cerca de ti y decirle "¡Mira! ¡Esto lo he escrito yo!"...

Con poca suerte contaba yo en ese momento de pensar que, una mala pasada con una muy conocida plataforma tecnológica me haría perder todo lo que había escrito, provocándome un particular estado de cabreo, por una parte, y la sensación de que, una vez más, tan sólo por cosas con estas, mi cambio hacia ese lindo jardín pareado llamado "OSX" había valido la pena.

Pero aquí estamos, así que, habiendo aprendido la lección y resurgiendo sobre las cenizas de un post-interruptus, empiezo de nuevo...

Existen momentos de nuestra vida en los que uno es capaz de determinar que "ese fue fue el punto en el que todo cambió"...

Algunos lo asocian a aniversarios, otros a ocasiones especiales y, los que más, recuerdan con nitidez cristalina dónde estaban y qué hacían en fechas tales como el 11 de Septiembre o el 11 de Marzo.

Mi memoria ya no es, ni de lejos, lo que una vez fue: cada vez más dependiente de una agenda electrónica, habiendo avisado al personal de que "si no está en Gmail / Google Calendar, no existe", camino por la vida como un pobre pececillo que es capaz de olvidar su propio nombre...

Pero no esta vez... Más concretamente, "esa vez", que, en una tarde-noche de Noviembre, hizo su aparición...

Se llevaba rumiando desde hace un tiempo: de mi vida profesional procuro no hablar por motivos de coherencia, sentido común y respeto hacia mi empleador, aunque obviamente en el origen de esta historia estén asociadas una serie de circunstancias pertenecientes a dicho ámbito.

Aquella tarde hacía frío, como todo buen Noviembre a las siete de la tarde en cualquier punto de esta geografía sin montañas... Noche cerrada, lluvia incipiente y mi precioso paraguas supletorio (siempre tengo uno en la oficina, en el caso de que llueva) bien guardado en el armario de la misma (10 puntos para mí por idiota)...

La leve lluvia comenzó a los cinco minutos de mi habitual caminata hacia casa... Como siempre, en mi pequeña rutina vital, iba pensativo, escuchando mis Podcasts en el iPhone y aprendiendo cualquier cosa...

Había sido un día tranquilo: ni particularmente bueno ni malo, sólo uno de esos días invisibles que podrían haber pasado de forma invisible por mi vida, otra de esas fotocopias vitales que a veces sufrimos en la rutina de nuestra existencia.

Pero no fue así: de alguna forma, aquella fina lluvia que, poco a poco, empezó a calarme, me hizo sosegar el paso y, simplemente, ajustarme un poquito más la bufanda y no mojarme la parte del traje que mi abrigo no protegía.

Caminar me relaja... Me permite pensar: ya he contado varias veces la imagen de mi mismo merodeando en el pasillo de mi oficina... Me falta el bastón y una pelota de tenis roja de tamaño familiar para emular a nuestro doctor televisivo favorito, pero es mi forma de elaborar cosas que me rondan la cabeza: me permite visualizar las cosas que suceden en mi vida, tanto en tiempo pasado, presente y, a veces, también en futuro.

Seguí caminando, ya digo, inmerso en mis pensamientos... El leve ruido de los coches, al cruzar el puente que pasa por encima de la autopista, me recordó por un instante mi lugar en este pequeño país que está debajo del nivel del mar, con su terrible clima y sus envidiables condiciones económicas (porque, al igual que le damos, también reconocemos lo que debe ser tenido en cuenta :-)).

No sé exactamente cómo eres tu: mi forma de funcionar es extraña, casi paradójica... Lo intento explicar de la siguiente forma: "pasas un montón de tiempo intentando resolver un puzzle al que no le ves ni pies ni cabeza... Y un día, de pronto, sin venir a cuento, eres capaz de juntar todas las piezas de una tacada, de forma completamente sencilla y lineal, como si fuera completamente obvio")...

Alguna vez he contado como aprendí a hacerme el nudo de la corbata: era una calurosa noche de Agosto en París, una madrugada de domingo a lunes para ser más exacto cuando, como acabo de explicar, sin venir a cuento, me levanté, me fui al baño y, delante del espejo, el eterno enigma del nudo se deshizo ante mi para siempre (otra cosa es que tardara casi cuatro años en saber que lo estaba haciendo mal, por cuanto al ser zurdo y mimetizar los movimientos que vi entre otros a mi padre, resulta que estaba haciéndolo completamente al revés :-)).

De igual forma, debajo de esa lluvia, bajo ese cielo plomizo que te hace recordar tu tierra, con sus días espléndidos y ese cielo azul que parece pintado a brochazos, la vida a veces te muestra el camino...

Venía de lejos: después de un año para recordar y olvidar al mismo tiempo, las tensiones de la vida diaria empezaban a pasarme factura... Es lo normal, por otra parte: nuestra realidad es la que determina nuestras acciones y, al igual que uno es lo que come, uno es también lo que le rodea...

Tengo la mejor asistente del mundo... Es un cielo: mitad holandesa e italiana, con la dosis adecuada en el lado correcto (pragmatismo holandés con humanidad italiana: lo contrario sería aterrador): durante los últimos dos años ha sido mi pequeño apoyo en los dominios de las antiguas provincias rebeldes, con el simple y proverbial hecho de estar ahí, aconsejarme y escucharme.

Gracias a esos ratitos de asueto y tranquilidad, empecé a hablar "itañol", que quieras que no te hace sentir vivo (usar una lengua distinta siempre es bonito). La necesidad hace virtud, así que, con tal de ser capaz de descargar un poquito las tensiones de la vida profesional, si uno debe aprender un poco de italiano, pues lo aprende y ya está (¡Que no se diga! :-)).

Así que, de pronto, con verbosidad, alevosía y el arranque de aquellos que hablamos con las manos y los ojos, este pequeño trocito de tierra volvió a escuchar las iras, desencuentros y razones de la sinrazón que sólo aquellos que poseemos sangre (y no horchata o peor, Karnemel! :-)) caliente en las venas sabemos como hacer...

En esas diatribas, como un pequeño Quijote, batallé contra mis gigantes, orgulloso de mi gesto, de la locura de aquel que lucha contra lo inevitable por el simple hecho de saber que haces lo correcto y que sigues los dictados de tu fiel intuición...

Poco sabía yo en ese momento que, gracias a eso, entre otras cosas, conseguiría metas hasta entonces descartadas de oficio por estos parajes, pero quizá sean estos asuntos que dén para otros futuros escritos.

Un día, agotado, como el guerrero viejo que ha visto batallas, bajas tu adarga y dejas de protegerte para, si eso que dicen de que tu suerte fue escrita al nacer, se cumpla o deje de hacerlo...

Las gotas de lluvia seguían cayendo sobre mí, al tiempo que mi memoria, que es caprichosa, empezaba a traer al presente los últimos tiempos, llenos de incomodas guerras silenciosas donde las únicas señales de conflicto son los "clic-clic" de los teclados de los ordenadores que te rodean...

Y por fin, quizás inspirado por el cansancio ante la sinrazón, porque a veces es necesario aceptar que no hay victorias sin derrotas, al fin, conseguí "aceptar" a secas, provocando en mí una sensación de paz que hacía años que no sentía...

Desde ese momento, en los últimos meses, algunas cosas han cambiado: muchas para bien y otras quizás no tanto, pero esas cosas que quizás podrían ser mejorables ya no me agreden, así que ahora me dedico al noble arte de sacar partido a situaciones en las que, antes, habría sufrido o incluso habría intentado pelear, buscando más quizás las causas, en lugar de enfocarme en los efectos...

Nuestra labor es saber seleccionar nuestras batallas: a veces las pequeñas son las más importantes y a veces las más grandes es mejor saber jugarlas en retirada.

Mi epifanía es esa: me he dado cuenta de que para ser feliz hay que hacer precisamente eso y, aunque cueste, aunque uno piense que haciendo eso pierdes algo, la realidad es que la batalla sólo está en tu mente, así que la importancia depende del valor que tu le otorgues...

Las guerras empiezan cuando hay algo valioso en disputa: si eres lo suficientemente listo para saber qué es realmente importante en la vida, muchos de esos conflictos en los que estés inmerso desaparecerán de la misma...

Como en todo, habrán cenizas mal apagadas que puedan hacer rebrotar el fuego, pero la sal de la vida es precisamente seguir en alerta "por si las moscas" :-))

Porque gracias a cosas como esas... Bueno. eso quizás te lo contaré otro día :-))

¿Y tú? ¿Ya has tenido tu epifanía? Así lo espero :-))

Eso es todo: ¡Ámsterdam prevalece! :-))


Paquito
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