En un pequeño descanso

Buenas:

Hoy no utilizamos Blim.py, sino que utilizaré la Interfaz Web de Blogger.

Es la hora de la comida, pero no tengo mucho apetito, así que, en lugar de estar produciendo reportes o leyendo algo, he decidido que no, que esta noche quiero dedicarla a correrme una cacería de bugs en el programita de marras...

¿Y eso por qué?

Porque lo de anoche, a pesar de un inicio prometedor, no acabó como yo quería y, si algo tanto, es que soy un cabezota nivel bloguera dichararecha, a la que se echa un montón de menos, por cierto, y las pocas veces en las que uno realmente consigue cuadrar el círculo, ahí tengo que reconocer que soy imparable.

El problema es la frecuencia

Yo no sé como eres tú, evidentemente, así que te contaré un poco el nivel de disfunción neuronal que el humilde escritor de estas palabras gasta (y así le va, aunque eso se factura por separado :-)).

Cuando estuve trabajando en París, mi jefe me obligaba a vestir traje y corbata: es algo con lo que, gracias al cielo, me revelaría años más tarde, aunque hubo también una época de lo mismo a la que miro con odio.

Aforismo: cuando veas a alguien en traje y corbata que te quiere contar algo, que sepas que te va a mentir.

Esta frase de ahí arriba ha sido mi máxima y, en Francia, llevando traje y corbata, tuve episodios peculiares, como la vez que pillé rajando a mi compañera, con gente de la empresa: la pobre mujer estaba dándolo todo hasta que aparecí de la nada y se quedó catatónica...

Gracias a ese episodio, nos conocimos y aprendimos a reírnos juntos y, sobre todo, a rajar de nuestro jefe (a la buena mujer le faltaba alguien que le diera vidilla: ahí es donde entré yo :-)).

Pero la historia viene de que yo no sabía hacerme el nudo de la corbata: mi padre me dio algunas ya anudadas y era lo que usaba...

Hasta una gloriosa noche de Agosto...

Aquella noche de Agosto, calurosa, del domingo al lunes, de pronto me levanté, agarré una corbata, me fui al baño y, por primera vez en mi vida, me hice un nudo muy meritorio.

Ese tipo de nudo me acompañaría durante años hasta que, otra noche, en un bar en Madrid, alguien me explicó que la hacía mal, por eso no se deshacía el nudo al quitármela.

Pero aquella noche, aquella noche de domingo de Agosto en la Región Parisina, un español, no sabemos muy bien por qué, se levantó de la cama e hizo algo que, un año antes, intentó varias veces sin éxito alguno.

Y así mil y una

De estas tengo varias: yo lo describo como el que está haciendo un puzzle de diez mil piezas y lleva meses sin encontrarle sentido pero, una tarde, de pronto, ves la Matrix y el puzzle sale solo, porque es como si alguien te hubiera dado la clave para saber donde va cada una de las piezas, casi como un automata.

Lo bueno, es que cuando sucede soy literalmente imparable.

Lo malo, es que no lo controlo: "sucede", no lo elijo, no lo busco, no sé cómo funciona, no se puede provocar, no se puede instar.

A veces pienso que, precisamente, esa capacidad para hacer suceder cosas es realmente una de las cualidades más valiosas de una persona: la fuerza de voluntad es saber activar, tentar o guiar ese "algo" que yo no soy capaz de explicar pero que es algo imparable una vez en movimiento.

Las personas que son capaces de hacerlo reciben mi admiración: siempre he dicho que admiro a las personas que saben hacer cosas que yo no, sobre todo con las manos.

El trabajo manual da nobleza

Existe una paradoja en el mundo moderno que es fascinante: existe un cierto desprecio social por aquellas profesiones que requieren trabajo físico.

Ese desprecio, quizás proveniente de las generaciones anteriores a la mía, que se dejaron la vida en muchos casos para que sus hijos estudiaran, acaba con la paradoja de que no hay gente que sepa arreglar un enchufe, o pintar un muro, o coserle el dobladillo a un pantalón, momento en el que el precio de la mano de obra de esos servicios se disparan.

Dato: en Holanda, no es descabellado que el coste por hora de un electricista pueda ser igual o superior a un consultor de software con experiencia.

Personalmente, a mí me da igual, obviamente: también afirmo que si una persona tiene por trabajo desatascar tuberías, pero en su tiempo libre se mantiene informado, lee o tiene genuina curiosidad por el mundo, la vida de esa persona será mucho más completa que el de alguien como yo, un oficinista que sale del trabajo y que, en el coche, de camino a casa, está pensando en tal o cual problema, con una fatiga mental curiosa que, aunque no física, no se va simplemente descansando.

En ese aspecto, siempre me acuerdo de como un amiguete mío contaba lo de llegar a la casa de sus abuelos de visita y, cuando le preguntaban cómo se encontraba, afirmar que estaba muy cansado, cosa que al parecer su ascendencia no podía computar, hablando de que cansancio era lo que ellos tenían cuando trabajaban en el campo y cosas así, en lugar de estar sentado todo el día delante de un ordenador.

La fatiga mental no vale la pena: es mucho más persistente, no te desarrolla músculos, generalmente lo pagas con un estado físico penoso y todo porque crees que, como no trabajas de albañil, de alguna forma eres "mejor"...

Esto es algo que, como otras cosas, pienso últimamente: el gran desencanto moderno es recisamente que no creamos nada "real", sólo ideas, conceptos, emails, presentaciones, flujos de trabajo, documentos en PDF o cualquier tipo de pollez digital que no le importa a nadie y que, el día que desapareces, se guarda en alguna intranet para que, indefectiblemente, después de unos años, alguien pregunte si "eso" tiene algún valor, para lo cual se responderá, indefectiblemente, "Yo creo que no: esto es de tal y tal, que se fue hace equis años".

Y ahí, niños y niñas, se acabará la contribución del señor tal y tal: treinta años de trabajo en algo que nadie mirará y cuya información acabará obsoleta y borrada.

Eso, también me hace pensar de cuando en cuando.

Mil y pico palabras: seguimos fuertes (y que no decaiga :-))


Paquito

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Twitter: @paquito4ever

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