Cuando las guerras toman el pulso
Buenas:
No sé exactamente cómo lo llevas tú, porque no te conozco lo suficiente, pero yo, que ya soy una persona que tiene una cierta edad, desde hace unos años, observa los diferentes conflictos armados que existen por el mundo y, al calor de lo que estamos observando en las últimas semanas, me empiezo a preguntar si esto que estamos viendo es uno de esos cuentos que se podrían haber leído hace muchos, muchos siglos.
Turrón profundo, ojo ahíSí, has leído bien: "siglos", y creo que hoy voy a hablar de eso, de la gran mentira de todas y cada una de las épocas que conocemos de la breve historia del hombre sobre la faz de este planeta nuestro.
Porque todo esto que estamos viendo, desde que tenemos uso de razón, es directamente traceable a todos y cada uno de los imperios que han conformado lo que somos, para bien, y para mal.
Y en este punto, es cuando uno mira a su estantería y ve el cómic de dos caracteres geniales de la ilustración francesa...
Estamos en el año 50 antes de JesucristoAsí empiezan todos y cada uno de esos cómics geniales que, de niño (y también de mayor: me niego a renunciar a lo que soy, a pesar de mi edad) me enseñaron una época del mundo.
El texto, exactamente, decía lo siguiente:
"Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos... ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor. Y la vida no es fácil para las guarniciones de legionarios romanos en los reducidos campamentos de Babaorum, Aquarium, Laudanum y Petibonum..."
Bueno: esos cómics nos enseñaron, con un humor irrepetible, la historia de uno de los imperios más importantes e influentes de la historia del ser humano... ¿Hubo otros? ¡Sí! ¡Fueron igual o más grandes en extensión! ¡Sin duda! ¿Consiguieron ciertos avances tecnológicos tremendos? No te lo voy a dudar...
Lo que sí que sé es que, a diferencia de otros imperios, hace dos mil años, estos señores, que consiguieron hitos civilizacionales que algunos lugares de nuestro planeta, a día de hoy, no han llegado a alcanzar, hace veinte siglos, repito, hicieron cosas como establecer códigos de leyes que, entre otras cosas, legislaba los derechos hereditarios de un feto.
Esos señores, que crearon obras de ingeniería que, hasta bien pasado el siglo veinte, se meaban en cosas mucho más recientes, como toda entidad gestionando el destino de millones de seres humanos, tuvo también sus momentos de crisis económica o política, momento donde las fieles legiones del pueblo romano, de la mano del Senado o del César de turno, empezaba a coquetear con las fronteras de sus dominios, por aquello de, por supuesto, engrandecer la gloria de Roma...
La guerra como distracciónSi bien el siglo veinte es el período de la humanidad donde las guerras alcanzan su mayor magnitud (el imperio del Sol Naciente sufrió, en dos ocasiones, lo que es el inicio del armamento nuclear anunciaría al planeta: por fin podríamos matar millones de nosotros en minutos) el progreso bélico se mide en minutos de filmación: la guerra de Vietnam es la primera vez en la que los ciudadanos americanos ven las consecuencias de lo que sucede en el frente a diario, creando el horror, el rechazo y que, a partir de ese momento, su gobierno tenga férreos controles sobre qué se podía emitir en su país y que perduran hasta el día de hoy (como la ilegalidad de filmar o publicar imágenes de los féretros de soldados americanos llegando al país).
En los años noventa, es la CNN la que toma el poder narrativo de la guerra del Golfo: los bombardeos se programaban en las horas de mayor audiencia para satisfacer la sed de espectadores de medio planeta deseando saber qué sucedía en aquel lugar del mundo.
Todos los imperios, todos los líderes de los mismos, con independencia de su ideología o intereses, han utilizado la guerra como fórmula para escapar a los problemas domésticos de sus dominios.
Nada es nuevo: todo es cíclico, la humanidad sigue escribiendo las mismas gilipolleces en baños públicos, desde los tiempos antes de que el Vesubio enterrara a Pompeya bajo sus cenizas y nosotros no somos tan diferentes de aquellos que todavía no habían descubierto el cero ni los números árabes que revolucionarían la matemática, que como bien sabes, es el idioma del universo.
Lo que ahora sucede¿Crees que lo que está pasando es muy diferente a aquello que pasó hace diez, veinte, treinta o cuarenta años?
Las últimas seis décadas, así a vuela pluma, han sido el escenario de guerras políticas sin ningún tipo de justificación real, más allá del capricho de las potencias hegemónicas (yo nací en un tiempo donde había dos y ambos se metieron en historias sin ton ni son, con mayor o con menor éxito) para justificar problemas de política interior.
Eso, que repito que no es nuevo, que se ha usado desde los tiempos de aquellos a los que los irreductibles galos cagaban a palos gracias a la poción mágica de Panorámix y que, al final, eso sí, somos los demás los que pagamos los platos rotos.
Más allá de las excusas morales para que uno pueda tomar medidas belicosas que, por cierto, como tengo que recordar periódicamente a más de uno, "son también una forma de diplomacia, por más feo que sea", lo cierto es que uno ya no sabe qué hacer o decir cuando los que reciben los pepinazos son gente objetivamente mala con su pueblo, pero a su vez tiene el conflicto de pensar que uno no se puede poner a invadir un lugar o empezar a bombardearle "porque me da la gana".
Y esto es quizás lo que la distancia histórica ofrece: eso de liarse a palos con gente, que a su vez es mala de pelotas, es un conflicto que no sé muy bien como resolver, sobre todo por la hipocresía de los que defienden la violencia, por un lado, así como los que defienden a la otra parte, horrenda en términos inequívocamente exactos, por una cuestión de oposición.
Y por cosas como lo que acabas de leer, durante muchos años, por ejemplo, decliné ejercer mi derecho el voto: cuando uno vota por oposición a algo, en lugar de votar a favor de lo que sea, es un signo de derrota.
No puedo defender a la gente que oprime a un pueblo, pero a su vez no puedo defender a quien decide regar de bombas un lugar por problemas de política interna.
Tenemos un problema y no sé qué hacer porque ninguna de las opciones, hasta abstenerme o ser neutral, es una mala opción.
Todos pierden, todos perdemos.
Mil y pico palabras: muchas preguntas, pocas respuestas, pero al menos, esta noche, volveré a leer a Astérix y Obélix :-))
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