Días de conflicto

Buenas:

Hoy escribo desde la cama y desde el cliente de Blogger en el iPad, que no estoy muy allá y ponerme en el ordenador como que mejor no.

Me apetece hoy hablar de lo que está pasando: como hoy no uso blim.py no puedo saber el número de palabras en el post, así que espero que salga bien.

Al turrón…

Escuché hace unos siete años a una superviviente del Holocausto judío, una mujer muy mayor que, viendo lo que estaba por venir, hablaba de que, en los años anteriores a todo lo que sucedió, “las cosas empezaron a ser extrañas”.

Esas palabras las tengo grabadas en mi mente: quizás es mi amor por la Historia, con mayúsculas, lo que me obliga a veces a recordar cosas como lo que te acabo de contar, pero la buena señora, en mi opinión, dio la clave del síntoma de lo que desembocaría en la industrialización de la muerte, algo tan perverso que tuvimos que inventar la palabra “genocidio” para poder definirlo.

Las cosas extrañas…

¿Te acuerdas de los tiempos en los que nos repitieron mil y una vez que lo peor que le podía haber sucedido al mundo es la elección del presidente estadounidense George W. Bush?

Quizás eras muy joven o ni siquiera habías nacido: es el principio del siglo XXI y estábamos a un año del atetando terrorista del once de Septiembre.

Ya entonces, como siempre fue, ha sido y será, los medios de comunicación hicieron su trabajo, por una parte noble, y por otro aplicaron sus políticas editoriales, dependiendo del siglo político de los intereses políticos detrás de los mismos.

Salvo “Los Simpsons”, nadie vio, ni pudo imaginar, que un día, un señor, un mal empresario que se ha declarado en bancarrota varias veces, capaz de quebrar un casino que llevaba su nombre y famoso por dejar pufos y estafar a sus socios, llegaría a la presidencia de su país.

Y en ese episodio, es donde creo que, como todo imperio en descomposición, se explica la parte de la frase que llevó unos años escuchando en mi cabeza periódicamente: “las cosas empezaron a ser extrañas”.

El segundo mandato

Creyendo que el primer mandato fue una accidente y que “una mala tarde la tiene cualquiera”, los estadounidenses eligieron al vicepresidente de Obama: un hombre con un cierto prestigio político, una administración profesional, una vuelta a la normalidad.

Y ahí creímos que el mundo seguiría y que las aguas volverían a su cauce.

O eso quisimos crecer.

Cuatro años más tarde, no sólo volvió a ganar las elecciones: las ganó de calle.

En ese momento es cuando tuvimos que anticipar que, efectivamente, si pensamos que la primera vez las cosas dejaron de tener sentido, esta vez va a ser mucho peor: algo aterrador es aceptar que tus peores augurios se cumplen, sobre todo cuando se presumen y se te dan a entender claramente.

Porque eso, se lo tengo que dar, es la parte más interesante del señor que ahora rige nuestros destinos.

Lo que le concedo al señor

No me gusta hablar de estas cosas, a pesar de que son de un interés personal elevado: mis opiniones son mías y, salvo los muy allegados, suelo mantener ciertas cosas fuera del discurso público.

Por eso, en la medida de lo posible, intento mirar a las cosas buscando hechos objetivos, sean buenos o malos, sin juzgarlos de forma abierta.

Y algo que le concedo al señor es que, gracias a su bravuconería, por primera vez en nuestras vidas, estamos viendo lo que, durante el resto de nuestra historia, siempre se hicieron en suntuosos palacios o lujosísimas oficinas.

Lo que estás viendo es lo que todos los líderes de los diferentes imperios o reinos han hecho a lo largo de los siglos: te cuenta en televisión lo que va a hacer, presume de ello, no es algo de lo que te enterarás treinta años más tarde en una anécdota de algún libro de alguien que estuvo allí.

Esto es nuevo: esto no es normal, esto es lo extraño, esto es lo aterrador.

Un día decide que lo de Venezuela tiene que acabar de una puñetera vez: le manda un portaviones y lo siguiente que ves es al sátrapa de dicho país siendo secuestrado y mandado a Estados Unidos para ver juzgado.

Décadas de inacción y permisividad con una dictadura que le ha costado a su país pobreza y millones de personas abandonándolo se tambalea en una sola acción.

Sin bombardeos masivos: alucinante.

Ahora se mete en Iran pero está vez va con los israelíes: los iraníes no son los venezolanos, pueden responder y, aunque están yendo principalmente a por objetivos militares o edificios del gobierno, ya tienen en su haber un colegio donde se estima que ciento cincuenta y cinco niños han muerto.

El avispero iraní 

La historia de Irán es la historia de un lugar donde un día se decide poner a un sátrapa a gobernar a gente que vivía en paz y que eran, ojito, muchísimo más modernos que, ejem ejem, “otros países occidentales” y la cosa se hace tan bien que la población decide apoyar la revolución liderada por un señor que quiere instaurar una teocracia islámica (los iraníes pronto se dieron cuenta de lo que habían hecho, pero ya era tarde).

Eso lo provocan los señores que ahora bombardean aquello: los iraníes además son chiíes y, por eso, están a la gresca con la mayoría de sus vecinos, que son sunnies (las dos grandes ramas de su religión, como católicos y protestantes en el cristianismo).

Y de fondo el estado de Israel, cuya existencia es negada por los iraníes, que dicen que esa gente allí no pinta nada, que aquello es Palestina y que financian allí terrorismo palestino para que aquello no acabe nunca.

Irán además tiene tentáculos en Latinoamérica y, como curiosidad, financian un canal de televisión en castellano, como también lo hacía Rusia en su día, o China, Japón y cualquiera potencia seria que se preste a hacer propaganda de su agenda y de sus intereses.

Ese canal, HispanTV, ha financiado cosas como programas de televisión de políticos de España (ya sabes de quién hablo y, si no, Guglea a ver).

Así que, en ese avispero, añadimos al señor que decide hacer cosas sin esperar, y esto acaba con lo que ahora vemos en la televisión.

El mundo que nos viene

No estoy muy seguro de qué sucede después, pero agitar avisperos, si no consigues encapsularlo para que no se escape ninguna avispa, no suele acabar bien.

Pienso en eso desde hace unos días: no soy capaz de ver muy lejos en el futuro, pero sé lo que fueron los años sesenta y setenta con las políticas intervencionistas de Estados Unidos en otros países.

Siempre acaba mal, a pesar de que crea (y sepa) que una gran parte de la población iraní está hasta los bemoles del régimen de los Ayatolás: la vida pública y privada de esa gente te enseña la gran mentira y la hipocresía de todo el tinglado.

Una última reflexión 

Todo lo que acabo de escribir tiene un caveat: durante décadas, el mismo ha mirado hacia otra parte sobre cosas como Venezuela o Irán.

Nuestra hipocresía e inacción ha costado muerte y sufrimiento: “no iba con nosotros”.

Queda un último lugar donde llevan décadas abandonados a su suerte: ese lugar no requiere ni una centésima parte de lo que se ha hecho en Irán (creo que “hacer un Maduro” allí sería más que suficiente).

Quiero creer que algo bueno saldrá de esto: no me gustan las formas de dictador, ni que haga lo que se le cante, pero es el resultado de ser la potencia económica y militar más grande del planeta, con los demás de palmeros haciendo declaraciones buenistas y, sobre todo, sin hacer nada de nada, que eso es lo más importante.

Tenemos una guerra en Ucrania y mira cómo se comportan nuestros líderes políticos.

Y en esa historia, por lo que sea, el señor de Venezuela e Irán parece defender al malo (a saber por qué).

Todo mal en estas historias: no tenemos líderes, sólo gente mediocre preocupada de sus privilegios y de ganar elecciones.

Luego un pueblo elige a un zumbado y nos preguntamos por qué, mientras algunos aplauden como morsas a gente que les cuenta que las guerras son feas y malas.

Poco más que contar: estoy malito, a ver si me recupero.



Paquito

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Twitter: @paquito4ever

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