La profecía de las mil palabras

Buenas:

Existen maldiciones maravillosas que intento aprender, porque de todos es sabido que desearle mal a alguien es una cualidad humana universal, sobre todo cuando te caen mal.

Pero el arte, la verdadera gracia, es hacerlo de forma "elegante": el toque de calidad que la deja caer y que hasta puedes hacer con una sonrisa.

Creo que hoy hablaremos de eso, que ya sabes que mi nivel de dispersión es tal que, segundos antes de empezar a escribir, cualquier idea que tenga para empezar a escribir será reemplazada irremediablemente por algún deseo absurdo.

Y nosotros, de absurdeces, sabemos quintal y medio.

Turrón enigmático el de hoy

No no, en absoluto: el turrón de hoy parte de un pequeño intercambio con Jorge, el autor del blog Fargaditas en Edimburgo y que comete la inconsciencia de escribir comentarios, sabiendo muy a su pesar que le contestaré y que, lo peor de todo, que incluso estaré de acuerdo con el.

El caso es que el señor, que como todos, tiene sus dimes y diretes con la dichosa bitácora, me contaba en uno de esos comentarios que me deja, que a diferencia de mí, que intento llegar, como el naúfrago a la playa, a las mil palabras por publicación, a él le sucede lo contrario y que, mientras unos pecamos por defecto, él siente que peca por exceso.

El arte de escribir 

Si la canción dice que el vídeo mató a la estrella de la radio, es porque somos seres altamente visuales y hasta nuestro folklore así lo resume en el famoso dicho de "una imagen vale más que mil palabras". Las bitácoras digitales públicas, o blogs, nacieron en una época donde había un deseo de escribir tus cosas y de leer las de otros.

Años más tarde la cultura cambiaría hacia los vídeo blogs, o "vlogs" y ,eventualmente, aparecerían los "Youtubers" para, a continuación, dar paso a los "Influencers" de Instagram y finalmente los "TikTokers", cosas y términos que, según lo quieras jugar, puede sonar a que entiendes de lo que hablas o, en el mejor de los casos, pensar que la cantidad de gilipolleces que uno es capaz de soltar sin saber muy bien cómo esos términos han contaminado su léxico deberían ser un preocupante síntoma de una salud mental en franco deterioro.

Porque sí, todo esto que ves en la red, antes era campo y, como somos una culturaaltamente audio-visual, la expresión escrita se resiente cada vez más, no hay en el simple hecho de teclear texto, ojo: hasta la caligrafía de la gente cada vez es peor, detalle del que estuve hablando hace poco con mis compañeros, al respecto de que apenas escribimos con papel y lápiz en estos días (todo es digital: ver a una persona entrar en una reunión con un cuaderno y un bolígrafo cualifica como "aparición Mariana" en el imaginario colectivo de la empresa moderna.

El parón del blog no fue casual

Uno de los grandes problemas actuales es la enorme cantidad de contenido interesante al que puedes acceder: si uno además tiene curiosidad, vives en la época donde el conocimiento nunca fue más accesible.

YouTube es mi droga: David Foster Wallace en su libro "Broma Infinita" hablaba de esa película que era tan irresistible que uno acababa muriendo viéndola una y otra vez y, aunque dicha aplicación no sea un único film que uno ve una y otra vez (en el momento en el que se escriben estas palabras, creo que, cada minuto, se suben quinientas horas de vídeo en dicha plataforma) la verdad es que tiene el mismo poder seductor.

Por cierto: 500 horas por minuto son 720.000 horas al día, que son 82 años de vídeo... Cada día que pasa...

No me voy a desviar del tema, pero quiero que pienses en la escala de lo que te acabo de poner.

Por esa sobre-abundancia, uno puede encontrar literalmente de todo lo que le guste a placer: desengancharse de esa "Matrix" del conocimiento o del entretenimiento no es fácil es absoluto, por cuanto siempre hay algo que es, exactamente, lo que estás buscando.

Y cuando uno encuentra la excusa perfecta para no hacer algo... Pues efectivamente: las cosas se dejan de hacer, además de que, uno, que es (o era, no estoy seguro) un perfeccionista, no puede simplemente escribir sobre algo sin tener que hacer una investigación propia del escándalo Watergate, perdiendo así el propósito original de la escritura, que es evadirse, reflexionar en voz alta, recordar cosas y, quizás, sólo quizás, algún día releerse y descubrir a la persona que una vez se puso delante de un teclado y escribió esto que lees.

La parte más interesante es esa

A veces me veo visitando el blog y saltando por artículos aleatorios... Hubo una época donde escribía en dos idiomas, lo cual me sorprende por la cantidad de esfuerzo que me supondría el hacerlo a día de hoy y no porque me costara más o menos uno u otro idioma, sino por el aburrimiento de tener que reescribir algo que ya ha sido dicho (la pereza del hombre mayor es a veces también un signo de sabiduría) pero, sobre todo, a veces descubro a alguien cuya escritura y lucidez me sorprende, como también hay veces que veo a alguien muy inmaduro cuya escritura es francamente mejorable.

La misma persona fue responsable de esos textos y esas personas son parte de mí: lo aterrador es no recordar en qué circunstancias fueron escritas las palabras, sólo sé que lo hice porque están en este blog y no hay forma humana de que fuera otra persona...

Y ahí, te debo confesar, que me asusta pensar que no soy capaz de recordar nada de aquello: también es otra parte utilitarista del blog a la que le quiero otorgar la capacidad de recordarme quién fue en un momento de mi vida, como sé que, en un tiempo, observaré las entradas recientes y pensaré qué cambió, sin tener muy clara un atisbo de respuesta, porque ni siquiera soy capaz de explicarlo ahora mismo.

Y aquí termina el post, haciendo honor al título: cumplir la profecía diaria de las mil palabras, publicar, no obsesionarse y fluir...

Porque estoy fluyendo y, todavía no me lo creo, como la parte de mí que, todos los días, quiere tomarse la tarde libre, abrir el iPad y ponerme a ver algo en YouTube.

Estamos ganando la batalla: que no decaiga.

Un abrazo: mañana más.

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