Uno de esos días

Buenas:

Una de las cosas más maravillosas que me suceden últimamente es que, cuando llega la noche, si no me pongo a escribir, de pronto, me sobresalto y me obligo a mí mismo a salir pitando para conectarme al cacharrito en la oficina o, como en este caso, agarrarlo y llevármelo a la planta baja, sentarme en la mesa de la cocina y ponerme a escribir...

Turrón peculiar hoy, por lo que parece

Más o menos, no te voy a engañar.

Hoy tocaba revisión dental, cosa que me tomo muy, muy, muy en serio desde los días de las aventuras dentales, así que, raudo y veloz, después de un viajecito escuchando un Podcast, acabé en el centro de Ámsterdam donde, más allá del motivo real de mi visita a la capital (amenazo con ir algún día con boina a lo Paco Martínez Soria, ojo ahí), la ciudad me recibió con uno de esos días donde, lo digo y lo repito para el que no lo haya escuchado jamás ("El público se renueva", que dice Mirtha Legrand), cuando el sol tiene la temperatura correcta, no hay viento, o muy poquito, y tampoco lluvia, este país es uno de los lugares más hermosos de la tierra.

Así que, con esas, llegué a la clínica dental, me hicieron lo que me tuvieron que hacer y, al salir, ese espléndido día seguía justo ahí, donde lo había dejado, lo cual me llevó a una reflexión que, en el momento, pensé que sería una locura...
La locura

El pensamiento que me invadió fue el siguiente:

- Paquito, con dos y un palito (pareado no planificado, ojo ahí): ¡Tómate el día libre!

Estaba a una tiro de piedra del Westerpark, que es un parque donde, cuando hace bueno, sin tanto prestigio ni localización tan céntrica como el Vondelpark, con un par de supermercados o varios restaurantes por la zona, amenazaba como una opción absolutamente factible para haberme hecho unas pellas corporativas de nivel épico y disfrutar del estupendo momento.

Porque, créeme: empezar a ver los primeros toques de calidad de una incipiente primavera, en un país al que el cambio climático, de momento, le está sentando bien, es para eso y más.

Caminando hacia el parking, una leve caminata de unos quince minutos, el sol me saluda y me acompaña, mientras lamento no saber dónde diablos he puesto mis gafas de sol que, desde hace veinte años, indefectiblemente, son una copia exacta del modelo normal de gafas que gasto, pero en su versión tintada (en este caso, unas lindas lentes redondeadas libres de montura que, para variar, una vez adquiridas hace años, no puedo encontrar en ningún lado, porque estoy en un país donde tener variedad puede producir un aneurisma al cerebro medio de los habituales del lugar.

Nota al margen: a veces te juro que me siento como la protagonista de la serie "Pluribus" en AppleTV.

Entonces... ¿Hubo locura o no?

Parece que no me conoces a estas alturas del cuento: al ir caminando hacia el parking, los sueños de libertad y de salir zumbando hacia el parque, revolcarme en algún jardín y comportarme como Mogli en "El libro de la Selva", que es lo que debería hacer una persona de bien con más neuronas y sinopsis sanas que las mías, desaparecieron por el peso de la responsabilidad que uno gana cuando se le acaban las ganas de gamberreo.

Pero, en un último resabio de libertad impropio de mí, en una calle adyacente, me desvié, encontré un Albert Heijn y me compré un wrap de pollo y pesto con una Coca-Cola que se me saltaron las lágrimas.

Uno, realmente, puede ser feliz con muy poco :-))

La llegada triunfal

Ya en la oficina, este tiempo más maravilloso me recibe una vez más al salir del coche: esto duraría hasta hace apenas treinta minutos, cuando empecé a escribir este post, con la noche ya encima.

Pero precisamente por eso, porque hacía un día maravilloso, estuve haciendo y participando en teleconferencias por las diferentes áreas abiertas de la oficina, a veces incluso usando la cámara del teléfono para enseñarle al señor de turno por dónde andaba y, repitiendo una vez más, el mantra que, ese día, servía para salvarme de cualquier cosa:

"Con un día así, aquí, hay que estar fuera".

El final del día

El final del día termina con una breve conversación con una compañera iraní, que me dice que su familia está bien y que está expectante por saber qué va a pasar.

Puedes notar por su expresión que esa expectación es sobre todo por saber si lo que ha padecido su pueblo desde 1979 va a cambiar o, por el contrario, se va a recrudecer, pero es una mujer prudente: su contenida sonrisa con el miedo en sus ojos me muestra exactamente la misma expresión que vi años antes en Tanya, cuando el señor ruso decidió entrar en su país a liarla parda.

Después, videollamada con un viejo amigo que se fue de Holanda hace ya seis años (se fue justo un mes antes de que empezara el confinamiento a España), un par de mensajes de audio para un par de amiguetes que cumplían años y, para terminar la jornada, al salir a tirar la basura, una vez más, una preciosa luna llena iluminaba una noche de cielos despejados, sin lluvia, sin viento, ligeramente fresca...

Otra indicación más de que, sin duda, esta mañana me equivoqué y que debía de haberme quedado en Ámsterdam: dicen que las cosas que más se lamentan en la vida no son aquellas que nos salen mal, sino que aquellas que dejamos de hacer por equis motivos.

No me atrevería a decir que haberme dejado este día atrás sea un momento seminal de mi vida con el que algún día tendré alguna discusión más que transcendental con algún terapeuta, pero sí sé que el hecho de que hoy haya tenido mi momento de "Espera un momento: evaluemos la situación" me dice que, a lo mejor, tampoco estoy tan mal y que todavía hay esperanza.

Me comenta la señora Paquito que no me acostumbre, que a partir de mañana volvemos al gris y a la lluvia.

Siempre nos quedará el blog, eso sí :-))

Un abrazo

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