Agotamiento de viernes

Buenas:

Es viernes por la tarde, casi las nueve de la noche, el sol va escondiéndose, poco a poco, en la esquina izquierda de mi ventana, los árboles se mecen suavemente con una leve brisa, la temperatura era ligeramente fresca pero agradable en la calle y, el que aquí te habla, al que no puedes ver y sólo puedes leer, está completamente repantingado en la silla, delante del ordenador, mientras que la cosa se pone cuesta arriba, porque estoy a punto de cerrar sesión por agotamiento.

Turrón a punto de caducar

Supongo que todos tenemos esos días donde de pronto, cuando ya el día va terminando, te das cuenta de que el depósito de energía que tenemos se está quedando vacío.

Y esa extraña sensación de cansancio y somnolencia es terrible, sobre todo cuando uno quiere cumplir con sus famosas "mil y una palabras" y así continuar esta extraña y bonita tradición de escribir todos los días un ratito.

Cuenta arriba, dices...

Supongo que lo más raro que tenemos los oficinistas modernos es el concepto de agotamiento: no es que precisamente bajemos a una mina a picar piedra y extraer carbón 14 horas al día, pero ya se sabe que al final del día la mente no da para más y cuando la mente te enciende la lucecita de que estamos en reserva y que más te vale encontrar una gasolinera o que pares de conducir, porque la cosa puede acabar mal.

Acabar mal... ¿Cómo?

Hace muchos, muchos muchos años, cuando vivía en mi país, mis compañeros de trabajo establecieron que los miércoles, cuando salíamos a comer al restaurante de turno, no se podía tomar alcohol.

La especificidad de la fecha en cuestión era que los miércoles había que hacer números para reportes, presentaciones y demás, así que ese día se auto-imponían la ley seca para evitar que, por las tarde, los números les empezaran a bailar o, peor, en cosas donde tuvieran que hacer algún tipo de estimación, el estado de ánimo fuera demasiado optimista y se les calentaran los dedos.

Otra regla de oro era no responder al correo electrónico fuera de horas de trabajo si estabas en casa, por poner un ejemplo, viéndote una película y tomándote una bebida espirituosa con alta graduación de alcohol.

De la misma manera que el alcohol y aquello que te da de comer suele ser una mala combinación, el cansancio puede jugarte similares malas pasadas, en particular en todo aquello donde se te exija una cierta claridad o agilidad mental.

Ejemplo ejemplar: imagínate que ahora alguien me manda un correo electrónico con algún tema importante que requiere que le preste la debida atención, en particular sobre los detalles del mismo.

Obviamente no será lo mismo digerir la diarrea mental del gachó de turno que me manda un email a las nueve y cuarto de la noche de un viernes si estoy debidamente fresco y claro de mente que, al contrario, esté espeso, cansado y que, a la segunda línea que haya ojeado, sin seguir porque ¿Para qué? responda un "Ok" y santas pascuas.

Y esto que te acabo de contar es tan cierto como la vida misma: alguna vez, medio zombie, he respondido a alguna cosa y después, un par de días más tarde, alguien me llegaba y me hablaba del asunto, momento en el cual los miraba, como las vacas ven pasar al tren, y se producía el inevitable choque de realidad con la famosa frase:

- Pero... ¡Dijiste que estabas de acuerdo!
- ¿Dije eso?
- Sí, mira... Respondiste que "OK".
- Ehmmmmm...

Empieza la cuenta atrás

Llegado el inevitable punto donde a la lucha con el teclado se une que los ojos se te empiezan a cerrar, se produce la terrible ironía, hilarante por momentos, donde el que aquí escribe es perfectamente consciente de que, si no consigo terminar esto en los próximos minutos, lo más probable es que la inefable señora Paquito me encuentre caído con la cabeza encima del teclado, mientras una interminable línea de letras "f" aparece en la pantalla, que es la tecla sobre la que mi cabeza habrá apoyado todo su peso, para que el espectáculo sea todavía más pintoresco, rollo película donde el protagonista pierde la conciencia, la música dramática entra en escena, el claroscuro resultante del ya anochecer con la lámpara LED que ilumina, por encima del monitor, al escritorio donde nuestro protagonista, el personaje que ahora aporrea el teclado, permanece inmóvil...

¡Ah! ¡Y muy importante! La señora Paquito cayendo de rodillas mientras grita ¡Noooooooooo! Momento en el que me despierto y le pido por favor que baje la voz, que bastante que no doy pie con bola para que encima me dé sustos con gritos.

Y el día... ¿Cómo fue?

 Gracias por preguntar: la verdad es que fue muy bien, sobre todo en un momento muy determinado de la mañana, donde me encontré a dos compañeros en la oficina que me caen muy bien y que, además, poseen un conocimiento muy específico que quería utilizar para algo en lo que estaba trabajando, así que, con todo el morro y con todo el sentido del humor del mundo, me fui para sus escritorios, abrí la tienda de campaña, les pedí que si por favor me podían echar un cable y, ni cortos ni perezosos, se ofrecieron amablemente a mirar lo que había estado poniendo en marcha y que, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, no acababa de arrancar.

Treinta y cinco minutos más tarde, con un montón de conversaciones de todo tipo, incluyendo la emigración alemana en el siglo XIX y XX de alemanes a la provincia de Entre Rios en Argentina porque, al parecer, teníamos a alguien de por allí y a los holandeses les llamaba la atención que alguien de aquel país tuviera un nombre y un apellido alemán...

Criaturitas...

Después de la lección magistral sobre el fenómeno argentino de la emigración europea entre esos dos siglos, llegué hasta "la época peculiar" en la que, por lo que fuera, también llegaron muchos alemanes al país austral, aunque no sólo llegaron alemanes, sino holandeses, algunos infames como pocos, que eso a veces se olvida.

Somos personas, trabajamos juntos, tenemos vidas dispares, intereses diferentes, pero algo que aprecio de algunas personas es la capacidad para, como yo, tener curiosidad y, cuando nos ponemos a hablar de algo, el hecho de que abrimos el Google y nos podemos a mirar cosas mientras resolvemos tal o cual problema.

Esto es algo que intento mantener a toda costa: la curiosidad no debe morir, incluso como cuando, por ejemplo, es viernes por la noche, estás muerto de sueño y sigues tecleando porque sabes que, cuando termines, a pesar del cansancio, te sentirás feliz de haberlo conseguido.

No quieres renunciar a tus mil y pico palabras: hoy no es el día, vas a conseguirlo como sea, no es negociable, no va a pasar...

Pero al mismo tiempo, mientras pienso y escribo todo eso, estoy a la vez resolviendo el siguiente problema: terminar de publicar, lavarme los dientes, quizás darme un duchazo caliente, o no, porque si el duchazo me despierta, entonces ya no hay forma de dormirme y el remedio será peor que la enfermedad.

Los dilemas del sueño y del cansancio: ¡Poco nos pasa! :-))

Te dije en su día que nuestro acuerdo era escribir "mil y pico palabras" y esta noche he cumplido con creces, para mi asombro.

Me voy a dormir: no soy persona, el Jorge también ha publicado, pero me lo tendré que leer despacito.

Un abrazo, dulces sueños...


Paquito

Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es

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