Cuando no puedes explicar lo que ves

Buenas:

La historia (o evento) de hoy es peculiar y es una de esas situaciones que, sin buscarla, se presentan ante ti y donde uno desearía poder tener la capacidad para transmitir información de forma telepática a su entorno.

Turrón enigmático, toca hoy

Más o menos tiene su lógica, pero si tienes paciencia, estoy seguro de que entenderás el por qué de dicha afirmación.

Todo comienza ayer por la tarde-noche, mientras me daba un paseo con la señora Paquito y otras dos personas con las que quedamos para cenar.

No soy yo de quedar con gente en general pero, en este caso, la señora Paquito lo organizó hace meses, me lo metió en la agenda y, muy sibilina, le quitó el recordatorio para que no me saltara con veinticuatro horas de antelación, porque sabe que mi cabeza, que es como es, cuando anticipo eventos sociales, hace que mi cuerpo entre en pérdida, cosa extraña sabiendo cómo era cuando llegué a este lugar, hace muchos, muchos años, y como soy a día de hoy.

Pero tengo que reconocerle a la dama habilidad suprema: lo jugó perfecto y, cuando uno hace algo así, pues tiene que descubrirse y aceptar la derrota.

El caso es que, una vez que la pelota se puso en movimiento, no quedó más remedio que ponerse a remar y, efectivamente, un par de horas más tarde estábamos afrontando el encuentro social donde, el que aquí escribe, tenía la labor, al parecer, de ser el "facilitador social", esto es, entretener a las huestes y hacer que la cosa esté divertida, porque, según parece, tengo esas dotes, pero en el fondo yo pienso que es una de esas cosas que te dicen para que te la creas, siendo verdad o no, lo cual me retrotrae a una anécdota de un amiguete que contaba como su abuela, cuando era niño, conseguía que le hiciera las cosas que ella no quería hacer diciéndole que como a él se le daba tan maravillosamente bien, ¿A quién, si no él, podría pedírselo?

Total, que la velada se celebra, todo va sobre rueda y, cuando ya empezamos a movernos, yendo por la calle, lo veo...

Lo veo

En la calle, veo a una pareja, como cualquier otra, en cualquier lugar del mundo, pero en este caso, noto algo diferente...

Lo que noto diferente es en el aspecto: es una persona que parece tener manchas en la cara, lo cual, cuando vas por la calle y observas a personas a media luz de noche, no sabes lo que son, pero eso es algo que, según nos vamos acercando, se aclara: son tatuajes, azules, sobre una piel tostada, pequeñitos algunos, en las mejillas, en la garganta, en la frente...

En esta parte, es donde uno empezó a hacer memoria y, por un momento, volví a Alemania, en 2006, cuando le vi un tatuaje de un dragón a mi secretaria, que me llamó muchísimo la atención, una vez que, hasta ese momento, viniendo de un mundo diferente, se consideraba indiscreto mostrar los tatuajes en un entorno de trabajo.

Obviamente, en esto yo no tenía razón, pero recuerdo aquella sensación, como recuerdo los tatuajes de otras personas, nada raros, ojo y muy importante, que la historia no va por ahí.

¿Por dónde va la cosa entonces?

La historia va por otro lado, me temo: gente con tatuajes hemos visto todos, con más o menos, pero en un momento determinado, cuando el tipo se gira, le veo un número muy concreto en la sien y ahí es donde se me cambia la cara.

Ese número es muy conocido, sobre todo cuando ves gente con tatuajes por todas partes: desafortunadamente creo que algunos conocimos la existencia de ese número en tatuajes hace apenas unos años, pero pertenecen a otro lugar del mundo, lo cual me hace pensar y temer qué diablos hace "eso aquí", por las connotaciones que puede tener.

"Si este está aquí, probablemente haya más como él".

Mientras pienso todo eso, además de que el semblante de la cara me ha cambiado, estamos ahora en un cruce esperando a que el semáforo se abra, lo cual es todavía peor porque, cuando esto sucede, la señora Paquito me suele preguntar qué sucede y, ahí, es donde suelo hablar en el idioma de Cervantes, despacito, pero con pocas palabras, para que entienda lo que le quiero decir.

Pero esta vez no puedo, por motivos obvios: no puedo usar mi idioma y ella, que no entiende nada, intenta indagar mientras le apreto la mano intentando que comprenda el mensaje de que, quizás, ni aquí ni ahora toque hablar del asunto.

En ese momento, además, las personas que están con nosotros saltan al idioma de Molière, pero aún así tampoco quiero alarmar a nadie ni empezar una conversación al respecto, así que sólo intento salir lo más rápido que puedo de donde estamos, intentando acelerar el paso, no porque nada vaya a pasar, sino porque quiero alejarme para llegar a nuestro destino y, así poder explicar lo que acabo de ver.

Unos minutos más tarde

Cuando ya estamos en el coche y nos dedicamos a jugar al Street Rally por la ciudad para llevar a su destino a los señores con los que habíamos quedado y ahí es donde empiezo a explicar lo que había visto.

Lo primero que me llama la atención es lo poquito que sabe el mundo acerca de según qué cosas: intento explicar lo que he visto, les doy el nombre de lo que el numerito significa, les doy el nombre de los grupos que componen ese tipo de personas y siguen sin sumar dos más dos.

Curiosamente y, para darnos cuenta del poder de la propaganda o de los conceptos de según qué cosas, basta con que pronuncie un apellido de un presidente de Latinoamérica muy famoso para que, por fin, entiendan lo que he visto.

Porque el señor no les cae bien, pero obviamente, dado lo que acabo de intentar explicar, no entienden muy bien por qué, sólo que es "muy malo".

En este punto es donde acaba la noche y, mientras conduzco hacia casa, pienso en lo que acaba de suceder: he visto algo muy inusual, he intentado explicar lo que es como buenamente he podido, he fallado miserablemente y sólo a través del nombre de una persona he conseguido que, más o menos, entiendan la gravedad de la situación, pero por exactamente el motivo contrario a lo que yo pretendía.

A veces la realidad no coopera: da igual lo que uno intente, por más que lo expliques, por más que creas que ciertas cosas, una vez explicadas, se caigan por su propio peso.

Pero no es así y me quedo pensativo: saben quién es el señor que batalla contra los otros, pero no tienen ni idea de quienes son los otros ni por qué deberían estar aterrados como lo estuve yo en su momento.

Piensa en esto la próxima vez que intentes explicar algo así: te cambiará la perspectiva de lo que nos rodea.

Mañana más, no sé si mejor: mil y pico palabras, ese es el compromiso.

Un abrazo.

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