Lunes de agujetas
Buenas:
Una de las cosas que descubres después de estar trabajando en el jardín es, además de que ya vas teniendo una edad, es el episodio recurrente que, todos los años, todos y cada uno de ellos, sucede al día siguiente de terminar la faena.
Turrón con ácido láctico
Lo peor de todo es saber que va a suceder pero, en un evidente episodio de testarudez, inconsciencia, inmadurez y altanería, autoconvencerte de que "esta vez te escapas", porque ayer por la tarde, cuando me di un duchazo maravilloso después de todo el trabajo, puedo decir con confianza que estaba maravillosamente bien.
Y ahí es donde te pillan
Es que no aprendo y, todos los años, encuentro algún motivo por el cual, como el fan del club de fútbol que parece que sí pero luego no, pienso que mis músculos ya han aprendido la lección o que tal o cual factor determinan el secreto que los dioses de la actividad física por fin se van a decidir a revelarme.
- Pues ya verdad es que estoy bien... Cansando, pero bien...
La señora Paquito, en cambio, es mucho menos optimista:
- Ya me lo dirás mañana.
"Mujer de poca fe", pienso para mis adentros... "Esta vez no".
El síntoma inequívoco que resultó no serlo
Todos los años me sucede lo mismo: trabajando en el jardín, ensimismado en mis cosas, con mis Podcasts o con lo que se tercie, pierdo la noción del tiempo y, cuando llevo un buen rato, entro en casa, tomo algo frío, me doy una ducha y ahí es donde la piel de mi cabeza y mis brazos me hace notar que la dosis gratuita de vitamina D del sol puede que se me haya ido un poco de las manos.
Eventualmente acabo poniéndole aloe vera "al bacon" y durante una semana cualquier rozadura de la piel es diligentemente anotada con un "¡Auch!"
Este año, en cambio, no fue así: hacía un día fantástico, pero no hacía mucho calor, así que, después del par de horas de trabajo, no sentí absolutamente en mi cabeza o mis brazos.
Extrañamente, todo estaba bien en ese frente, así que los dioses aventuraban escapar el trámite anual: esta vez, por fin, sería distinto.
¿Verdad?
Lunes por la mañana...
Me desperté bien... Extrañamente bien: fue como otro lunes cualquiera, nada fuera de lo ordinario.
La ducha y vestirme fue bien, aunque al ponerme los vaqueros noté que las piernas me tiraban un poco...
- Bueno - pensé para mi mismo - es normal, teniendo el cuenta el tute que nos pegamos ayer.
En el coche, escucho algunos audio-mensajes, mientras un espectacular día me saluda: he dicho y he repetido mil veces que, este lugar, cuando hace buen tiempo, es uno de los países más hermosos de La Tierra y la mañana así lo confirma.
Todo iba de coña: después de años fallidos, al fin iba a escapar el penoso trámite de las agujetas y así habría sido hasta que, al llegar a la oficina, apagar el motor del autómovil y salir del mismo, noto por primera vez el dolorcillo característico.
- Oh oh - pienso para mí mismo.
Ya en la oficina, me doy cuenta de que, siempre que estoy de pie o yendo de un lugar para el otro, las cosas están bien.
Pero si me siento en mi puesto por más de media hora...
Dos horas más tarde
Después de una reunión, cercanos ya al mediodía, hago el ademán de ir a levantarme de mi silla y ahí es donde, por primera vez, noto que el ácido láctico ya ha tomado posesión del trono y que empieza la caída libre hacia el abismo.
A partir de ese momento cada vez será peor y, como tengo un montón de cosas por la tarde, el tiempo que paso sentado es mayor, momento en el que, ahí ya sí, acepto la derrota con deshonor y acabo caminando como un robot por los pasillos del lugar.
Para choteo del personal, al contar la historia, veo sonrisas, por un lado, y empatía, por otro: curiosamente varios habían también aprovechado el buen tiempo del fin de semana para empezar a limpiar el jardín, así que, más o menos, todos estamos en el mismo barco.
- Tengo agujetas hasta en las pestañas - suelto como chascarrillo.
La llegada a casa
Si llegar a la oficina fue un "coser y cantar", la vuelta en cambio es un triste solo de trompeta: salir del coche es complicado, abrir la puerta es cansino, hacer cena algo que me planteo abandonar e irme directamente a la cama.
La culpa es mía, conste, por ilusionarme y por "creer", que es renunciar a la razón.
Y cuando se renuncia a la razón, siempre se acaba mal: la vida no coopera.
La señora Paquito, en cambio, está feliz como una perdiz e incluso hace excesos de yoga como doblarse casi en dos, en sálvese la postura, mientras me dice "¡Mira lo que hago!" a lo que uno, que es una persona de bien, sólo sabe responder: "¡Deja de hacer eso! ¡Eso no puede ser bueno!"
Unos tanto: otros tan poco.
De eso, además, varias personas de mi oficina han hecho varias hoy: estar rodeado de gente que tranquilamente se dobla y es capaz de doblarse y, sin flexionar las piernas, ser capaces de poner las palmas de las manos en el suelo no puede ser bueno por necesidad.
Con estos bueyes tenemos que arar
Precisamente, porque soy un pedazo de alcornoque y estoy rodeado de gente con mucho más sentido común que yo, la buena noticia es el talante con el que he ido llevando la caída a los infiernos de los dolores musculares.
Poco a poco irán desapareciendo pero, con la edad, la recuperación toma un poquito más de tiempo.
La señora Paquito ya lo dice: "Mañana será mucho peor", porque ella es de animar siempre, de ofrecer su apoyo incondicional, mucho más en los momentos de debilidad y flaqueza.
Los bueyes han salido muy eficaces, sin ningún género de dudas.
Y todo esto para decirte que...
Nuestro acuerdo fue "mil y pico palabras": hoy tengo agujetas hasta en sálvese la parte (literal) y me duele hasta al teclear.
Mañana espero encontrarme un poquito mejor o que, al menos, no me duela tanto teclear.
Paciencia: "no puede llover todo el tiempo: el cielo no puede estar cayendo para siempre"
Un saludo.
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