lunes, 13 de junio de 2011

Russia - Episodio 5 - Parte 1/4 - Sí

Buenas,

Desde el avión, a mi izquierda, veo en silencio un maravilloso anochecer, rumbo una vez más hacia la capital de la Federación Rusa. Es una puesta de sol lenta, tranquila, esperando aterrizar a las 2 de la mañana en nuestro destino...

Porque, esta vez, este viaje empieza en compañía de alguien muy especial...

Viajo en compañía del Sr. X, alguien gracias a quien, hoy, la aventura está siendo distinta.

La aventura, la digo, empieza de forma diferente, desde el mismo momento en el que dejamos la oficina: habituado a viajar en transporte público, hoy, después de muchos años, iré en coche al aeropuerto y, como en los viejos tiempos, tendré que memorizar y/o escribir, en el ticket del Parking donde lo dejamos aparcado :–))

Pero dado que los años han pasado y que la tecnología ha encontrado nuevos usos, dejaré que la misma me ayude y me recuerde ese lugar:


Viajar con el Sr. X tiene una serie de ventajas: puedes acceder al Parking del aeropuerto por una zona especial, aunque esta vez, decidimos entrar por una de las entradas "normales" y, después de buscar el lugar perfecto, llegamos rápido a la zona de facturación donde, debido al contenido de mi equipaje, debo facturar:
Paquito: Ya hay un poquito de cola.
Sr. X: No... Yo no veo a nadie.
Paquito: Sí, mira (apuntando a la izquierda).
Sr. X: No, mira (apuntando a la derecha).
El Sr. X. se refiere a esa zona para viajeros como él: una zona donde las colas no existen, donde siempre eres atendido por una joven azafata que, no sé exactamente muy bien porqué, está encantada de hacer de tu viaje una experiencia quasi religiosa...

Cómo él cualifica para el "Tratamiento Gambas-Plancha" y yo voy de "agregado cultural", como aquel que dice, nos facturan rápido y, eso sí, se encargan de ponernos un papelito en la maleta que dice "Prioritaria": resulta que, entre otras cosas, "Prioritaria" quiere decir que la maleta sale de las primeras en la típica cinta a la que acudes a recoger el equipaje en su destino.

Ser tratado de forma diferente a como soy tratado normalmente es muy raro: viajo en vaqueros y llevo una camiseta de un videojuego antiguo con una americana gastada… Soy yo, alguien sencillo y obsesionado con el silencio y la discreción, así que, hasta un cierto punto, me siento incómodo, pero me dejo hacer y observo.

Durante la mañana, el Sr. X me dijo que "en el aeropuerto revisamos la presentación para echarle un último vistazo y la dejamos a punto" y yo, como soy como soy, pensé a que se refería a sentarnos en algún banco o, si acaso, en algún café o en algún sitio recogido para ponernos a trabajar...

Pero el Sr. X nunca me aclaró donde, de ahí que, cuando entramos en una zona desconocida del aeropuerto para mi, descubro un mundo de barra libre y buffet exquisito, mientras abro el ordenador y me pongo a trabajar en mis cosas.

El ambiente de este tipo de lugares es interesante: ves a gente, que, cuanto menos, podríamos definir como  "muy especial" y, junto a esa gente, a su séquito, esto es, personas que trabajan como asistentes para los primeros y que les organizan todo, junto con, sorprendentemente, serviciales y amigables empleados del aeropuerto o de cualquier aerolínea del lugar, recibiendo a los invitados a porta gayola mientras tu, que eres como eres, lo único que deseas es pasar desapercibido…

Nota al margen: el cachivache de moda en este tipo de lugares es un cacharrito de unas 10 pulgadas fabricado por Apple :-))

Así por tanto, cuando el señor mayor, de origen chino, entró con su espectacular asistente, junto a los pilotos de KLM besándole sus reales posaderas, una pequeña sonrisa se me escapó pensando en que, hoy, precisamente hoy, en uno de estos sitios, literalmente, "cualquiera podía entrar" mientras, eso sí, me servía un zumo de naranja y me ponía un platito con Sushi con un par de cositas más (hay que hacer gasto Fiti: tu hazme caso a mi).

Durante el tiempo que trabajo en esta zona, descubro un poco más quién es el Sr. X y con él su historia. Me gusta escucharle, por aquello de que ha visto mucho más mundo que yo y, eso es verdad, también analiza cualquier fragmento de conversación con enorme tacto y sabiduría…

Durante los días previos a este viaje, he estado trabajando en ciertas cosas con un grado de detalle casi enfermizo. Nuestra asistente (una italo-holandesa que es un cielo en la Tierra), siempre me dice que debo analizar porqué hago las cosas que hago de la forma en las que las hago, por aquello de descubrir el origen de mi extrema paranoia y mi gusto por los detalles…

Y cuando eso pasa, me pongo triste, pensando en que soy víctima de mis propias condiciones, de mis propias reglas, de una pequeña e invisible prisión dorada que he dibujado a mi alrededor y que me obliga, a veces, a reorganizar 1.400 canciones en iTunes para mejorar los metadatos (desde meter las letras de las canciones hasta poner todos los años de los álbumes y todo lo que se te pueda ocurrir y que te ofrezca iTunes) o, como ayer, donde me dio por re-organizar y geo-posicionar cada una de las 6.000 fotos que tengo en el disco duro.

A veces me doy por vencido y pienso, en un momento de infinita tristeza, que lo que hago roza la locura y que lo que hago no es normal, que no es lógico y que, en realidad es una debilidad, por cuanto, como bien me dicen a veces, lo importante es el 80% del valor de aquello que hacemos con el 20% de nuestro esfuerzo y que, para conseguir ese otro 20% restante, precisamente, debemos poner ese 80% de trabajo extra, aceptando también que, muchas veces, no merece la pena.

Pero entonces recuerdo que, el día anterior a que el primer iPod fuera comercializado, el día anterior, insisto, Steve Jobs estaba desmontando uno de aquellos cacharritos que lo cambiarían todo porque, en su opinión, el clic que hacía el aparato al seleccionar una opción, no sonaba tan "clic" como él pensaba que debería sonar.

Me gustan las cosas bien hechas: hubo un tiempo en el que la utilidad mantuvo una absoluta hegemonía sobre la robustez o la belleza en mis valores pero, con los años, en ese pequeño combate donde me gano terreno a mi mismo, he aprendido a, precisamente, hacer lo contrario…

Así que, en esa extraña lucha que mantengo todos los días de mi vida contra mi mismo, una de las cosas que mantengo, como compromiso de fidelidad a mis principios, es mantener siempre referentes de excelencia para todos y cada uno de los aspectos que me rodean.

Y con las cosas relacionadas con el trabajo, soy particularmente exigente: mis benchmark son siempre lo más excelente que conozco, de tal forma que siempre tendré un largo camino para aprender y mejorar…

Quizás no llegue nunca a esos niveles, pero iré al menos en buena dirección: recuerda que lo importante del viaje a Itaca no es llegar a la misma, sino el viaje que te lleva a ella.

En el avión hablo con el Sr. X y descubro un mundo fascinante: descubro sus viajes a Japón y, como, la primera vez que fue, el día anterior a su partida, vio con su esposa "Lost in Translation", descubriendo, cuando aterrizó, que la película era cierta y que uno se siente así en uno de los países más increíbles del mundo.

También descubro lo importante del choque de culturas y de como entendemos el mundo de formas tan distintas y de cómo, eso es importante, exponer tus argumentos de tal forma que, sin ofender, uno puede expresar discordancia.

Soy así: cuando no sé de algo (y cuando me cabreo también), sucede algo curioso: me quedo callado…

Así que, la primera hora del viaje, hasta que me pongo a escribir esto, me quedo en silencio escuchando lo que el Sr. X me cuenta…

No olvidaré en mi vida lo que me ha dicho sobre las diferencias culturales y el grado de discrepancia entre una pregunta y una respuesta en varios países, con momento estelar (carcajada del tamaño de Africa) cuando me contó que…
Señor X: por ejemplo. Puede suceder algo interesante con un suizo.
Paquito: ¿Con un suizo?
Señor X: Sí… Si yo te pregunto: ¿Sabes que hora es?
Paquito: Ajá…
Señor X: ¿Tu qué responderías?
Paquito: Pues son las 21:45
Señor X: Bien… Pues un suizo podría responderte "Sí"…
La carcajada, insisto, fue de órdago.

A nuestro alrededor se congregan lo que creo que son marineros rusos (lo sé por el tatuaje en sus manos)… Hoy, mientras una compañera de la República Checa me llamaba (checa con padre cubano: estos eran los tiempos donde estas cosas pasaban) recordé la diferencia de mundos entre allí y aquí: estoy constantemente en un mundo donde las reglas no son que realmente parece, cosa maravillosa, por aquello de que nunca estoy seguro de nada.

Esa es mi pequeña vendetta contra mi mismo: no puedo estar seguro de nada…

Elza (ya se sabe: como mi Elza no hay dos :–)) respondió con ironía a teléfono:
Elza: Hola Paquito.
Paquito: Hola Elza :–))
Elza: Sí.
Paquito: ¿Sí?
Elza: Sí. Te conozco y ya sé porqué llamas: Ya he reservado el taxi del aeropuerto al hotel y el taxi del hotel a la oficina. También he re-re-confirmado todo en el hotel.
Paquito: Elza…
Elza: Sí.
Paquito: Eres un ángel para un paranoico como yo :–))
¿Qué decir?

Momento estelar, también un par de días antes, y muy mío, al arreglar reuniones informales vía invitación (mis compañeros riéndose por mi sutileza en lo de "reuniones informales" que van por Outlook :–)).

Claro, que el Sr. X no ha visto el dossier que he creado con impresiones de agenda, perfiles de personas que vamos a visitar y demás…

Soy un paranoico: recuerda que el click del iPod no sonaba bien :–))

Es de noche y ahora mismo sobrevolamos Riga: queda una hora para que lleguemos a Moscú y mañana será un día importante.

Es la hora de que un pequeño "ISPANSE" deje de escribir y le pregunte al Sr. X más cosas.

Recuerda: un suizo respondería "Sí".

Eso es todo: ¡Moscú prevalece! :–))

Paquito.

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