domingo, 10 de mayo de 2015

No se cambia

Buenas,

Hace apenas unos minutos, revisando el Feedly para ver qué tenía pendiente de leer, uno de los blogs que sigo (otro español que batalla en silencio en tierras extrañas), publicaba una foto de un puente donde, una pintada, proclamaba orgullosa que:
"Sólo la gente aburrida se aburre".
A parte de la sonrisa que me provocó, me recordó una pequeña anécdota que, hace unos 20 años, en el Instituto, llegó a mis oídos, de la mano de uno de mis profesores...

La discusión iba, precisamente, sobre grafitos y frases célebres que todo hombre ha leído en cualquier baño público que haya podido ver en su vida.
Nota: nunca he estado más de 3 segundos en un baño de mujeres (una vez y, como el tiempo indica, por error) así que no sé si esto es replicable en su caso, así que hablo de lo que conozco (los tíos somos unos guarros y, al parecer, cuando hay una letrina cerca, nos sale el ingenio y la vena histriónica para, en apenas una o dos líneas, resumir algún sentimiento con chanza y choteo).
El caso es que aquel profesor, que era un hombre afable y culto, en aquella clase, nos contó, al hilo de lo que había leído en un baño de mi Instituto durante la pausa, una historia fascinante que, siendo apenas una pequeña anécdota, conseguía resumir la naturaleza y el espíritu humano.

Un compañero suyo de promoción, trabajando ya en el doctorado, decidió enfocar su tesis en algo que, por casualidad, descubrió en un viaje a Italia, más concretamente en las ruinas de Pompeya, la ciudad que, gracias (o por desgracia) a un volcán, consiguió preservar durante cientos de años la fotografía que un tiempo remoto.

El profesor encontró fascinante uno de esos detalles que al turista medio pasarían por desapercibidas: dado su conocimiento del latín, mientras caminaba por la zona de los baños públicos, dedicó unos instantes a traducir algunas inscripciones que, hace unos dos mil años, otros hombres de otro tiempo, decidieron escribir para, de forma inadvertida, pasar a una milenaria posteridad.

Sorprendido por el hallazgo, decidió escribir su tesis doctoral sobre ese sorprendente pequeño descubrimiento personal, comparándolo con su realidad cotidiana, las vivencias de un licenciado en educación español, haciendo prácticas en un instituto del centro de España escribiendo una extraña tesis doctoral que, supongo, cuando llegó a presentarla, arrancaría más de una sonrisa (y más de dos, estoy seguro).

¿Qué descubrió nuestro intrépido (y anónimo) "doctorando"? El destino no tiene sino un cierto sentido de la ironía: aquellas ralladuras y pequeños escritos en un baño público de una ciudad romana cubierta por lava durante casi dos mil años, coincidía casi palabra por palabra con algunos de esos grafitos que leía y encontraba, día sí, día también, en ese instituto donde hacía sus prácticas...

La anécdota, más allá de la sorpresa (una de mis favoritas, de toda la vida, decía: "Si estás leyendo esto, estás meando fuera"), nos demuestra, una y otra vez, la extraña y transmisible cualidad que hacen del ser humano un animal que, aún siendo capaz de mandar robots a Marte, o el hombre a la Luna, escribir El Quijote o secuenciar nuestro ADN, sigue siendo, a través del tiempo, una misma entidad que, con independencia de su conocimiento, estatus o cualquier otro atributo que se te ocurre, se resume en un grafito escrito por un adolescente, en un baño público, en Pompeya o en un Instituto público del centro de España.

Viajando por el mundo, por supuesto, encuentras cosas parecidas... Otra de mis favoritas estaba en un muro, justo enfrente de la facultad donde estudié en Francia: decía "Lobotomía justo enfrente" y, quizás, no les faltara razón (no seré yo quien niegue valor a la educación, aunque sí seré yo el que diga que el modelo, nacido durante la revolución industrial, tiene más semejanzas con una fábrica de piezas o un regimiento militar, que con una institución que busque el aprendizaje, el conocimiento y la capacidad para combinar ambos factores).

Y quizás olvidamos a veces que, hoy en día, a pesar del smartphone, de los trenes de alta velocidad, del Internet, no dejamos de ser como aquellos romanos, o como aquellos sumerios que, temerosos de olvidar su pasado (y recordar unas leyes que no debían ser modificadas), decidieron un día plasmar sus pensamientos "y el sonido de las palabras" en pomposos monumentos de piedra, o en pequeñas tablillas de arcilla, creando el origen de nuestra memoria colectiva, como especie que comprende la temerosidad de olvidar y no mirar atrás...

Por eso es importante saber de donde venimos: por eso, quizás, es importante recordar lo que somos...

Eso es todo: ¡Ámsterdam prevalece!


Paquito
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