A las puertas de la medianoche
Buenas:
Son las once de la noche y nos queda una hora para, como uno intenta todos los días, poner en orden sus pensamientos, alinear palabras, líneas y párrafos, con sus correspondientes signos de puntuación y, si al final del todo, resulta que eso que he escrito tiene sentido, me dará tiempo a lavarme los dientes y a meterme en el sobre antes de la medianoche, que es nuestra hora límite para alcanzar el objetivo marcado, las famosas "mil y pico palabras" que todos los días buscamos publicar y que, milagrosamente, he llegado a conseguir en casi todos los días desde el uno de Febrero, cuando esto se reinició.
Turrón acelerado
No me gusta ir con prisa en los temas donde a uno le gusta el reposo adecuado para paladear lo que compone: al igual que el análisis de datos, parafilia absurda que tengo, en las cosas de la escritura se degusta y se aprecia la capacidad para, de cuando en cuando, quedarte con cara de gafapasta en el Starbucks mirando al Macbook como si estuvieras a punto de vomitar algo que pondría verde de envidia al crack de lo que sea que estés haciendo.
Y cuando uno no puede hacer eso, en realidad, se le pone cara de obrero de la construcción mirando que se le echa la tarde encima y todavía tiene medio muro por construir, mientras el capataz le repite que eso no se puede dejar así hoy y su mujer lo mensajea al WhatsApp recordándole que en treinta minutos tiene que ir a recoger a la peque, que hoy no puede ir ella.
Exacto, esa cara.
Y ya que estamos todos...
A veces pienso en los diferentes oficios y profesiones que componen la sociedad en la que vivimos: de cuando en cuando, por temas de la vida, a la "Paquito Manor" vienen gentes de diferentes profesiones y una de las cosas que suelo hacer es darle palique, más que nada porque creo que es descortés que uno tenga a gente en su casa que vaya a hacer trabajos y también porque es una excusa perfecta para estar viendo qué hacen o cómo lo hacen.
Lo primero que me llama la atención es que algo tan básico y simple como ofrecer algo de beber a la persona que viene no parece ser del gusto de los holandeses: para mí es de primero de saber estar eso de ofrecerte algo, sea frío o caliente, una Coca-Cola, agua, té o café.
Mi premisa es que las personas que vengan a hacer algo para ti se sientan bien tratadas: sobre esto, me temo, el tendido neerlandés está dividido y oyes de todo, desde que es un exceso hasta que es un defecto, porque o bien se puede decir que si quieren algo de beber que se lo traigan ellos o que el hecho de ofrecerles cosas en realidad no ayuda, sino que perjudica a tu casa, por aquello de crear una falsa confianza y proximidad con alguien que no está ahí para contarte sus cosas, sino para hacer su trabajo.
Una anécdota rara
Hace algunos años, hablando con una persona cercana, le contaba que en mi empresa hablo con todo el mundo, desde el súper-mega ejecutivo cuqui-guay hasta la pobre señora de la limpieza Ucraniana que, por motivos de la vida, ha acabado por aquí.
Nunca he sabido entender porque hay gente que no lo hace, pero he aquí la respuesta que tuve: "A lo mejor deberías plantearte que por aquí la gente de según qué nivel no confraterniza con gente de otro nivel y viceversa".
Ahí es donde me quedé pensativo: que yo no vea o no acepte según qué cosas no quiere decir que tenga razón, porque yo estoy fuera de mi elemento y, toda mi vida, si por algo soy conocido, es por ser un puñetero y ser puñetero, por definición, es buscarle los tres pies al gato y a veces, sólo por una cuestión de principio, tener que llevar la contraria, sobre todo por observar al otro encontrar resistencia en su pensamiento, que está muy bien eso de que te digan a todo que sí, que "eres muy grande, Marcial", que tienes más razón que un santo y que contigo me tomaba cuatro cañas.
"Llevar la contraria" debería ser deporte olímpico: saber llevar una discusión creando un punto de vista distinto, de forma constructiva, divertida y, ¿Por qué no decirlo? A veces hasta con argumentos absolutamente válidos y creíbles, debería ser reconocido en los anales de la historia como un método dialéctico al nivel del método socrático.
Porque mola mucho jugar al abogado del diablo y, en ese juego, lo tengo que reconocer, me encuentro muy cómodo: obligarse a pensar de forma diferente, defender incluso algo en lo que no cree, pero construir una respuesta contra algo con lo que, a lo mejor, estás de acuerdo, te obliga a cuidar el lenguaje y te ayuda a desarrollar tu forma de pensar.
¿A o B?
Mis amigos, lo que me conocen, me dicen que a veces es complicado hablar conmigo porque, si tu dices A y yo digo B, si eventualmente decides que tengo razón y que, efectivamente, algo es B, de pronto aparezco por A y me pongo a construir un discurso de defensa de algunas de las cosas que, a lo mejor, hacen posible que A sea también cierto y posible.
Que esa es otra: explicar a la gente, sobre todo en el mundo actual, muy polarizado, que si no piensas A, no quiere decir necesariamente que entonces creas que lo correcto es B, sino que, para algunas cosas A es muy interesante y que, para otras, pues quizás lo sea la otra opción.
Esto pone muy nervioso al personal, que necesita etiquetas para meterte en la cajita de turno: yo estoy muy feliz con que me metas en la caja de "tonto del culo", que creo que puede ser muy acertada y cuyo tamaño (el de la caja, quiero decir) es lo suficientemente amplio como para que quepamos todos.
Es más: si no hay espacio, tranquilo, que la caja tiene un trasiego tremendo, con unos y otros saliendo y entrando, porque hay días en los que todos somos mentes pensantes dignas de tener una entrada en la Wikipedia y hay otros días donde, efectivamente, por exactamente lo contrario, también mereceríamos un viaje en la Wikipedia.
La wikipedia, ese lugar donde todo cabe :-))
Saber estar, saber dialogar, saber discrepar
Esto se está perdiendo y lo habrás notado en tu entorno: en los últimos años las opiniones son cada vez más extremas, más "nítidas", donde todo es dicotómico, todo lo que no es A es B o todo lo contrario.
A día de hoy, uno de los criterios que tengo para escuchar un Podcast, un programa de stream o lo que sea con varias personas dialogando es que no se griten, defecto muy dado en según qué latitudes y que, como con según qué primates, parte de la premisa de que "quien grita más tiene más razón", cosa que detesto por la falacia de dicho planteamiento y, sobre todo, porque no es agradable de escuchar.
Precisamente por eso, durante muchos años, escuché cosas de personas o de medios de comunicación con los que no estaba necesariamente de acuerdo, pero el hecho de escuchar a personas saberse expresar o defender una posición con unos mínimos de educación y con un volumen de voz adecuado es música para alguien como yo.
Pero supongo que en eso, como en otras muchas cosas, denoto el tener una edad y que no entiendo aspecto como el manido "lenguaje de las redes" o de la creación de contenido moderna, muy corta, todo sobre-enfatizado, frase a frase, bien cortado, que no te escuche respirar, que no sea natural, y muy alto, muy asertivo.
Al final...
Al final, que es lo que pasa en estas cosas, acabas siendo como el señor que llega a casa y se pone un vinilo con Miles Davis en el tocadiscos: ese es el momento en el que se sabes que eres anacrónico, que ya no formas parte del tiempo presente en el público objetivo de lo que se supone que es la contemporaneidad, que ahora, cuando hables de según qué cosas, utilizarán palabras o acrónimos que no conocerás y el diccionario urbano se convertirá en tu mejor aliado para sortear los nuevos desafíos de la neolengua.
Pensamiento de señoro: los emojis con los nuevos jeroglíficos :-))
Y justo a quince minutos de la medianoche, me doy cuenta de que hoy, una vez más, he cumplido mi objetivo y mis "mil y pico palabras" han sido escritas y publicadas en tiempo y forma.
Casi mil quinientas hoy, ojito :-))
Pongo las etiquetas al post, miro que todo esté bien, miro al reloj y le doy al botoncito de publicar.
Mañana más, no sé si mejor: gracias por llegar hasta aquí y leerte.
Un saludo.
Paquito
Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es
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