Dejar de creer

Buenas:

La verdad es que hoy, con el calor que está cayendo, tengo un aplatanamiento curioso y, siendo sincero, creo que no puedes ni conceptualizar el cansancio y la dormidera que, ahora mismo, intenta hacerme parar y mandarle a dormir, que es lo que una persona de bien hace cuando uno ya no da para más y el cuerpo, en su sabiduría, conoce dónde te duele, mandándome la señal donde, mentalmente, veo a Casimiro (sí, soy un señor mayor) o a los Lunnies, o a Pablo Motos diciéndote que te vayas a dormir y dejes de hacer el cafre, que ahora tus padres ya se pueden ver tranquilamente la entrevista con Will Smith o con quien sea.

Turrón de Bel Air

El caso es que, rememorando un poco mis años mozos, esta tarde pensaba en cómo ha cambiado el mundo, además del cambio que, nosotros mismos, hemos vivido, fruto de la edad, la madurez y, quizás, gracias también a lo primero, un poco de sensatez.

Mientras hacía eso, pensaba en mis primeros años de conciencia, donde empecé a desarrollar, entre otras cosas, mi amor por la tecnología, que es el origen de lo bueno y de lo malo, según se quiera ver, de vivir pegado a pantallas por más tiempo de lo que debería.

En ese amor, por supuesto, uno devoraba con inusitada ansia cualquier noticia que pudiera encontrar sobre los señores (siempre eran señores) que estaban construyendo ese mundo que tanto me fascinaba.

Con particular jolgorio recuerdo la vez que leí un artículo sobre un señor que, según describía el periodista, vestía vaqueros en el trabajo, comía hamburguesas y bebía TAB, que en los años 80-90 fue una bebida gaseosa baja en calorías creada por Coca-Cola (hecho que acabo de descubrir ahora mismo gracias a la Wikipedia: y yo que pensaba que eran competidores :-)).

Ese señor, que hasta hace cuatro días era un icono mundial y que, desde que se han descubierto en los últimos años que su comportamiento personal, así como sus amistades, eran más que cuestionables, se llamaba Bill Gates y era uno de los cofundadores de la empresa de software Microsoft.

A finales de los noventa, la burbuja de las puntocom se llevó por delante un montón de cosas pero, las empresas realmente solventes sobrevivieron: de ellas, varios de sus patrones empezaron a tener un perfil más público, hablando en general sobre su visión del futuro, de lo que la tecnología nos traería, de ese mundo que estaba por llegar y que, nos prometían, lo cambiaría todo para mejor.

¿Qué podría salir mal?

Gracias al éxito de los emprendimientos tecnológicos, grandes fortunas empezaron a forjarse: los diferentes saltos tecnológicos llevaron a capitalizaciones bursátiles y valores teóricos de acciones cada vez más altos, hasta el punto en el que, ser "simplemente millonario" era ser el vecino pobre del vecindario.

El nuevo millonario, ahora, empezaba con el prefijo "mil" delante del apelativo: fortunas colosales e impensables hasta hace nada, empezaron a ser más comunes y, aquella gente, que alguna vez fue muy moderada en sus exposiciones públicas, empezaron a cambiar perfil.

En el origen, todos eran vendeburras
 
Al principio, entre todos aquellos que hicieron esas grandes fortunas muy rápido, el discurso oficial siempre era: "Esto no lo hacemos por dinero" y, es más, siempre solían decir que querían "cambiar el mundo", expresión que eventualmente se convirtió en un cliché.

Todo eran grandilocuentes proyecciones donde sus productos, o servicios, prometían todo tipo de bondades: hablar de dinero era poco menos una ofensa entre damiselas del siglo equis palito equis.

Y todo continuó así, durante un tiempo...

Un día, la burra dejó de ser tal

Eventualmente las cosas se serenaron: en el momento en el que esos valores teóricos se tangibilizaron, ahí sí, de pronto el dinero ya era más importante...

Es más: recordarles que "esto no era por dinero" de pronto se convertía en una especie de ofensa: los señores alegaban que ellos merecían una compensación y, acto seguido, hacían lo imposible para no pagar impuestos (es más: utilizaban esa riqueza teórica para pedir préstamos, lo cual reducía todavía más cualquier posibilidad de ser tasados, una vez que su riqueza real era negativa, todo siempre sobre el papel, claro).

El tono empezó a cambiar: dejaron de ser simpáticos... De pronto, empezaron a decir cosas raras: descubrimos que tenían trazas de sociópatas y hablaban o se referían a los seres humanos como conceptos.

Y ahí es donde la cosa se puso siniestra

Cuando la cosa ya empezó a torcerse del todo, empezaron a invertir ingentes cantidades de dinero en lobbies: todo empezó a ser cada vez más raro, ya no había bien, ya todo era dinero, tú les importabas un huevo y el futuro no existía, por cuanto lo único que importaba era alcanzar "escalabilidad a toda costa", el crecimiento por crecer, el origen probable de otra burbuja que, tarde o temprano, reventará y se llevará por delante los ahorros y los trabajos de millones de personas.

Dejar de creer

Dejar de creer es observar ahora a esa gente y, directamente, no escucharles... No tienen nada interesante que decirte: es siempre la misma historia, siempre va de dinero, siempre va de negarte la mayor, siempre va de que todo lo que te han contado o te van a contar es una mentira que se edita constantemente.

Por eso, en estos últimos días, cuando gente de este estilo va a dar discursos a universidades americanas y cuando se ponen a filosofar sobre la Inteligencia Artificial los estudiantes los abuchean, entiendo el sentimiento y la frustración: el problema no es tanto la tecnología como el tipo de gente que la está llevando adelante, que no dejan de ser sociópatas muy egoístas que ya ni siquiera saben disimular bien que venderían a su madre si pudieran para conseguir sus objetivos.

Nos han destruido el amor por el futuro: nos han hecho escépticos, desconfiados, nos dan desconectado socialmente, nos han hecho adictos a estos cacharritos y, cada vez que se les ha pedido responsabilidades, como las empresas tabaqueras en los noventa, negaron la mayor, sabiendo como sabemos que todo lo que hacen, todo, busca esos precisos objetivos.

Por eso, quizás, estoy triste y enfadado: me han hecho cínico, he dejado de creer y, cada vez que aparece un nuevo vendeburras, con el mismo discurso, los mismos manerismos, las mismas medias verdades, las mismas mentiras, cierro la ventana y me pongo a hacer otras cosas, como, por ejemplo, escribir aquí :-))

Al final tendré que agradecérselo y todo, aunque como sus modelos de lenguaje están robando este contenido, podemos meter por aquí que, desde el cariño, les mando a hacer puñetas.

"Mil y pico palabras" y yo que pensaba que no llegaría hoy :-))

Mañana más: hace mucho calor... Gracias por pasarte por aquí.

Un saludo.


Paquito

Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es

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