El triple del viernes
Buenas:
La vuelta a casa empieza con el coche (también conocido como vehículo automóvil) ardiendo: por más que haya puesto el parasol, cosa que ha protegido al volante y al salpicadero, el resto de la superficie está calentita, de ahí que, lo primero que hago, es abrir la ventana de la puerta del copiloto mientras abro y cierro la puerta del conductor para así ventilarlo y, bajar, con ese simple truco, un par de graditos la temperatura interior.
Llegamos al fin de la semana hábil y, con ella, continuamos con este calor al que uno pensaba que había escapado cuando decidió, hace muchos años, largarse de según qué latitudes.
Poco podría haber sabido yo en aquel entonces (o bueno, para ser honestos, ya se hablaba del cambio climático, pero chico: uno pensaba que la cosa tardaría más tiempo) que, ya por estos lares, los breves veranos, que eran ansiados como agua de Mayo, empezarían poco a poco a alargarse, llegando en los últimos años a mapear la temperatura de sempiterno Madrid durante el año, como nota extraña que te indica que, efectivamente, el planeta está empezando a dar toques de calidad que nos deberían preocupar.
Turrón resiliente
No hay nada más extraño en esta vida que ansiar la lluvia en los Países Bajos: cuando uno lo cuenta, el personal te mira como si les desearas algún tipo de enfermedad, un mal de ojo o alguna maldición de algún oscuro lugar que te condene a un castigo malísimo, pero hoy, precisamente hoy, creo que el personal se habría unido a mí, ofreciendo quizás su alma a los dioses a cambio de enfriar el ambiente, porque "el caloret", te lo aseguro, ya sido malo...
La mañana empezó maravillosamente bien: uno de esos amaneceres de cielos despejados, un día brillante, con luz a cascoporro, donde el país se pone el traje de postal cuqui que le mandarías a esa chica que te gusta o, mejor, a ese tipo al que le tienes un poco de recochura y le escribes:
"Ojalá estuvieras aquí"
Una vez más
Cuando en este país el tiempo es agradable, es uno de los lugares más bonitos de La Tierra: no voy a negociar esta afirmación, aviso.
Volviendo al tema
Al mediodía, saliendo de mi oficina, noto ese calor pesado que ofrece la humedad y el sol que cae completamente vertical: es la sensación de una lengua caliente y seca que lame tu cuerpo, tremendo.
En el aire, en cambio, se nota una especie de bruma y en ese momento caigo: el coche esta mañana estaba lleno de arena, así que esto debe de ser una de esas olas de calor que vienen del Sahara y que arrastran arena hasta lugares como Suiza o, mismamente, Países Bajos.
La sensación es tremenda: sobre todo es la sensación de chuparte energía, no dártela, cosa en la que, generalmente, un día bonito y soleado te ofrece; esto no debería ser así, ya te lo voy diciendo (por cierto, no te has dado cuenta pero me he cascado un punto y coma, que creo que es el primero que puesto en mi vida :-)), así que, mientras camino noto, como en el videojuego, que la barrita de vida del personaje baja rápidamente, indicándome a las claras que me salga de esta pantalla lo antes posible o si no tengo que poner otra moneda en la máquina.
Unas horas más tarde
La vuelta a casa empieza con el coche (también conocido como vehículo automóvil) ardiendo: por más que haya puesto el parasol, cosa que ha protegido al volante y al salpicadero, el resto de la superficie está calentita, de ahí que, lo primero que hago, es abrir la ventana de la puerta del copiloto mientras abro y cierro la puerta del conductor para así ventilarlo y, bajar, con ese simple truco, un par de graditos la temperatura interior.
Lo siguiente es arrancar el motor y empezar a moverme con las ventanas abiertas para seguir ventilando el coche: el objetivo es llegar a casa y refrescarme, porque soy como un cubito de hielo en una encimera que se deshace poco a poco y, en este caso, el "hogar dulce hogar" es el frigorífico donde, sin volver a congelarme, al menos puedo ralentizar el proceso de deshielo.
Soy el muñeco de nieve de Frozen en un día con casi treinta grados.
En la carretera, quiero creer, otros conductores, que van a velocidades absurdas (todos ellos, curiosamente, con automóviles cuya marca tiene tres letras y que debe de ser que cobra por los intermitentes a sus conductores) deben de tener la misma idea: el tráfico es fluido, pero estamos todos hasta las narices y, o bien tienes aire acondicionado, o vas a alguna piscina, o a la playa, o a algún lugar fresquito.
Hay días que uno desea que aparezcan los radares móviles y crujan a alguien, pero tampoco me voy a poner moralista, que todos alguna vez le hemos pisado.
Ya en casa
Además de beber como un dromedario que acaba de atravesar el desierto, el reposo del guerrero se produce en el sofá, donde uno, que ya va teniendo una edad, se tumba mientras la espalda le recuerda su edad.
En ese estado, escuchando un Podcast sobre el físico Richard Feynman, de pronto, como si todas las oraciones de los habitantes de estas tierras hubieran sido escuchadas por los dioses a los que cada uno le pide cosas, se oye un trueno...
El trueno
Como hace un sol que alucinas, no soy capaz de ver ningún relámpago, pero el estallido suena relativamente lejano, lo cual me extraña pero, a su vez, salvo fenómeno meteorológico inusual, anuncia agua, lluvia buena que ojalá, consiga refrescar el ambiente y, ahí, con la mirada de un niño pequeño esperando a dormirse para ver los regalos de los Reyes Magos al día siguiente, observo o, mejor dicho, escucho la caída de las gotas que, de un un modo un tanto violento, golpean los tejados de las casas, creando un peculiar "claqueteo" (por llamarlo de alguna forma) que, en mi imaginario, anuncia "tormenta de verano", ocasión sin igual para, ahí sí, levantarse y cerrar ventanas, porque se avecina la mundial
Tormenta Interruptus
Después de tres minutos de gloria musical propia de la aplicación de ruidos de la naturaleza que se ponen algunos para dormir, la lluvia para, cosa extraña, porque repito que las gotas que cayeron sonaban como las que caían en aquellas tormentas del verano del interior de España: breves, contundentes y la vida sigue.
Y por fin, finalmente, cuando uno cree que el tiempo cambiará, la lenta y calmada realidad neerlandesa vuelve a su cauce de sol y calor aunque, finalmente, con un poquitito de frescor, que es como un vaso de agua fría en el invierno.
Dicho lo cual
Nuestro acuerdo fueron "mil y pico palabras": nunca dije que serían gloriosas y que sería la envidia de todos los premios Nobel de literatura... El objetivo es escribir, forzarme todos los días a sentarme un ratito y encadenar palabras que construyan algo mediamente legible y quizás hasta entretenido y disfrutable.
Mañana más: gracias por haberte pasado por aquí.
Un saludo.
Paquito
Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es
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