Inspiración tardía de sábado

Buenas:

Si hay algo que no me gusta en esta vida es funcionar con prisas: siendo estudiante, recuerdo que solía coquetear con las fechas límites para que las cosas se hicieran y se entregaran en tiempo y forma pero, con el tiempo, con eso que dicen que la edad te da arrugas y algo de sabiduría, empecé a funcionar con un maldito reloj suizo donde las cosas funcionaban con tal precisión que, como me sucedió hace unos días, una discusión con una persona terminó a los tres minutos con una simple frase:

- Está todo en la entrada: todo lo que me estás preguntando está ahí, además hecho para que lo copies y lo pegues, así te ahorras un montón de trabajo.

De ahí que, todos los días, intente escribir estos atentados contra el noble ejercicio de la escritura y la prosa a una hora razonable, soñando con, quizás, poder terminar con suficiente tiempo para, ya relajado, ponerme una serie en Netflix, o algo en YouTube, ponerme a leer e incluso soñar con irme a una hora razonable a la cama, que en la Europa que nos prometieron en Maastricht tenemos unos clichés que tenemos que cumplir con el rigor y solemnidad de los aburridos protestantes.

Turrón nocturno

El caso es que, al intentar ejecutar el nombre deseo de la escritura a horas razonables, me encuentro siempre delante del ordenador con la peculiar cara de la vaca que ve pasar al tren porque, según mi parece, a mi cabeza le gusta sentir la presión del no llegar para, en ese momento, poder al menos empezar a escribir incoherencias, que ya es mucho más que la maldición de la pantalla en blanco con el cursor parpadeando, gesto que interpreto como la aplicación diciéndome que a ver si espabilo, que no tenemos todo el día porque, como bien sé, cuando he tenido la oportunidad de poner esto en la misma, no he querido o, sobre todo, no he sabido cómo.

No saber cómo

No sé describirlo, pero supongo que todas las personas tienen su flujo específico para hacer según qué actividades en la vida, cosa que, según pienso en mí mismo, me empieza a dar un poquito de cosita reconocerme en el personaje magistralmente interpretado por Jack Nicholson en "Mejor Imposible", donde el carácter personal y las manías casi compulsivas encierran a un tipo relativamente majo, agradable, a veces bastante gracioso pero, sobre todo, alguien enrocado en una vida tranquila, privada y en silencio, que fue el objetivo que me marqué hace muchos, muchos años.

Lo primero que veo en mi mismo son mis rutinas mañaneras de lo que yo llamo "la carga del sistema operativo": en mi caso, levantarme, ducharme, tomar café y, o bien empezar a trabajar o conducir a la oficina, momento en el que, ahí sí, arrancaremos el otro sistema operativo, el del ordenador, el señor Windows, con el que tengo una relación de amistad peculiar, porque le debo mucho y porque, a su vez, en los últimos años, es un montón de excremento defecado por el proceso gástrico de un enorme bovino.

Las rutinas de trabajo se marcan con revisar cosas a horas precisas, cumplir con las reuniones que tienes marcadas en el calendario y estar todo el santo día respondiendo correos o mensajes en la aplicación de mensajería instantánea de la empresa, que es en cierto sentido la gentrificación del modelo relacional del trabajo, como lo fue años atrás el correo electrónico.

Al final del día, de vuelta a casa, escucho algunos audio-mensajes de personas que se comunican así conmigo y, a su vez, respondo de la misma manera, cosa que no me creo que haya acabado adorando, siendo como soy más del clásico mensaje de texto que te permite la multitarea.

Ya en casa, ceno, me pongo un poco al día con el mundo, me muerdo la lengua con según qué cosas de las que no quiero hablar aquí (no les voy a conceder eso: no les dejaré, por mucho que me lo pida cada centímetro de mis extrañas, contaminar mi relación con el resto del mundo) y, finalmente, llega el momento de la verdad, el momento en el que me siento aquí, en el despacho, donde me pongo a escribir lo primero que se me pasa por la cabeza o, por lo menos, aquello que veo en la actualidad holandesa o del mundo que me llame la atención, fuera de los "temas censurados" que, como los libros prohibidos en "El nombre de la rosa", están guardados en la sección secreta de la biblioteca que Guillermo de Baskerville y Adso de Melk exploran para resolver los crímenes de la abadía.

Y ahí, hasta que no sea, como mínimo, las nueve de la noche, no hay forma humana de que "esto", que repito que no es que sea un proverbio de la prosa hispanoamericana, se pueda poner en algún tipo de modo o forma, porque el bloqueo es absoluto.

Es a partir del último octavo del día cuando esta parte de mi cerebro se activa: conste que he tenido que forzarlo por el famoso "hiato" de casi año y medio, cosa que no me perdono, que tiene un cierto grado de explicación coherente y que, cuando pienso en ello, no sé si ponerme triste, enfadarme o, en la tradición más pragmática de todo hombre de bien, encogerme de hombros y pasar del tema, que bastante tenemos en la cabeza como para encima añadir más.

Esta misma noche, curiosamente, no me ha dado por mirar nada: el tema vino como consecuencia de terminar de cocinar un par de comidas y pensar que era divertido ver cómo hasta que no llega una cierta hora mi cabeza no está disponible para según qué funciones, entre otras escribir en el blog las famosas "mil y pico palabras" que, te reconoceré es algo que hago por cabezonería, porque ya te digo que, mientras que mi cabeza se niega a escribir a horas más tempranas, mi cuerpo también se queja de no poder irme a la cama y descansar, momento en el que uno de los dos tiene que ganar la batalla (de momento gana la cabezonería, pero conste que el cansancio está acumulando cotas de poder impensables hace un par de meses y no podemos descartar que algún día el agotamiento decida financiar su propio "Proyecto Manhattan" y acabar la trifulca, donde el campo de batalla soy yo, que me observo en tercera persona y me pregunto qué clase de enfermedad mental gasto para, sin ningún tipo de ayuda, me monte unos diálogos internos propios de una película de Almodóvar.

Y así, otra noche más, cuando la cosa empieza a tomar inercia, tengo que parar porque el objetivo ya está conseguido y, aquí sí, el cuerpo ya dice que bastante tregua me ha dado para que tenga que hacer lo que tenga que hacer, pero que una más.

Hay que saber parar el conflicto cuando ya no es necesario: firmamos armisticio que durará hasta mañana hasta las nueve de la noche, momento en el que, otra vez, tendré esta dicotomía vital que enfrenta a cuerpo y mente.

Y el armisticio se basa en una premisa: nuestro acuerdo fue "mil y pico palabras" y eso se ha cumplido con creces esta noche.

Mañana más, no sé si mejor (seamos realistas): espero que te haya gustado y, si no, pues dime sobre qué te gustaría que hablara.

Gracias por llegar hasta aquí.

Un saludo.


Paquito

Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es

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