El lugar adecuado

Buenas:

Una de las cosas que quizás, si tienes la edad suficiente, habrás vivido alguna vez, es la sensación de que algo bueno te sucede cuando, sin comerlo ni beberlo, un día apareces en el lugar adecuado, en el momento preciso y ser beneficiario de algo que, por definición, no te debería corresponder por la propia naturaleza del hecho.

Tengo algunas anécdotas divertidas de diferentes momentos de mi vida, pero hoy empezaremos por el principio, por aquello de mantener un orden y una coherencia en la idea y del discurso alrededor de la misma, no vaya a ser que, como ya va siendo costumbre, se me vaya el santo el cielo, que soy muy dado a eso, con la capacidad de concentración justa como para controlar los esfínteres y que no se me caiga la baba (hay días en los que, de verdad, llegas tan cansado a casa que lo que acabo de escribir se acerca bastante a la realidad).

Turrón con incontinencia

Al asunto, que se nos echa la noche encima y tampoco es plan.

Resulta que hoy, en la oficina, al llegar, noté algo extraño: un montón de cosas se estaban cambiando de lugar, un montón de gente estaba para un lado y para el otro, así que, como uno es como es, pues pregunta, que preguntando a Roma se llega, no nos cobran por pregunta efectuada y siempre está bien ponerte al día cuando algo, obviamente, escapa a tu comprensión.

Y ahí es donde te informan de que hay gente que se va para unos sitios y hay gente que se va para otros: durante este tiempo tú, que eres como Rompetechos, has vivido en tu pequeño mundo, donde no te enteras de la misa la mitad, porque estás mirando cosas muy extrañas y no estás para cosas mundanas como que, mañana, quizás, cuando llegues, haya una persona en tu sitio que te mire con curiosidad y se pregunte por qué la miras como si hubiera mancillado el honor de tu mujer o tus hijas.

Total: que al ver el show, me pongo a preguntar y, "tacita a tacita", llego al tipo de turno que, se supone tiene todas las respuestas que necesito, lo cual es de por sí una pantalla en el videojuego pero, como soy como soy, todavía me queda enfrentarme al boss para poder pasar a la siguiente fase...

Con la habilidad que me da haber jugado al Splinter Cell en XBOX, a lo tonto a lo tonto, me acerco a la mesa del tipo, pillo una hoja impresa con la distribución de dónde va cada uno, me informo un poco del proceso de mudanza, dejo la hojita en el sitio donde estaba y salgo de la zona como si nunca hubiera estado allí.

Fase completada.

Lo divertido es, hablando con algunas personas que se sientan cerca de mí, me entero de todo tipo de cosas y disfruto del espectáculo: qué sucede, quién va donde, qué significa que este y aquel se sienten en tal o cual sitio...

Mientras todo esto sucede yo, que apenas tengo nada en mi mesa de trabajo, recojo mis bártulos y observo cómo ese espacio de trabajo vibra: las oficinas modernas son lugares tranquilos, donde de cuando en cuando oyes a alguien en la videollamada de turno desde su sitio, mala costumbre que hemos tomado de los años de la pandemia y que, en la medida de lo posible, sigo evitando si soy yo el que tiene que hablar mucho (si estoy para sobre todo escuchar, no me importa hacerlo en mi sitio, pero si me toca hablar y lo tengo que hacer en francés, italiano o español, la voz se me va al tercer anfiteatro y me tienen que dar un toque :-)) pero, en este caso, hay vidilla y, mientras veo lo que sucede, debe de ser que se me pone una sonrisilla traviesa y lo sé porque es exactamente lo que me dijo alguien al mirarme.

- Tienes una sonrisilla traviesa.
- ¿Ah sí?
- Sí: te lo estás pasando bien.
- En mi país, el equivalente a esto es la gente mayor que se va a ver obras en la vía pública.
- ¿Ah sí?
- Sí: echan el día :-))

Mientras sigo charlando con ella, alguien se me acerca y la discusión se va por otros derroteros, pero de pronto me acuerdo de una anécdota que me sucedió, de entre todos los lugares del mundo, en Viena, hace más de diez años...

Viena: hace más de diez años...

Se estaba acercando la Navidad y un Paquito con más de diez años menos, terminaba su visita a la oficina del lugar cuando, de repente, un empleado de allí apareció con unos paquetes...

Observando al personal, veo que alguien agarra el paquetito, lo abre y salen delicatessen de todo tipo, momento en el que el tragaldabas que llevo dentro y que tiene un gen del ansia viva, pone cara de gula y observa con codicia y deseo los paquetitos...

- Son un regalo del Betribsrat (el comité de empresa) me dicen con cara de terror, porque se están oliendo la tostada en plan mal.
- Ah... ¡Qué interesante! ¡Cuéntame más!
- Sí - empezó a decir con dudas - Es una cosa que el comité de empresa organiza para los empleados de la oficina.

No recuerdo lo que sucedió a continuación, yo creo que porque la memoria no quiere el episodio lamentable que pudo suceder, pero sé qué, eventualmente, me dieron una cajita con las delicatessen y también recuerdo la cara de derrota de un tipo de allí, que insistía en que eran numeradas...

Pero esa fue sólo una... Hubo otra también en Viena, unos años más tarde, donde acabaría en una especie de discoteca, en la última planta de un edificio del centro, bebiendo chupitos de Tequila, porque sólo se vive una vez, o una vez en Madrid, hace casi treinta años, en un verano donde, en los inicios de Internet, un grupo de desconocidos (chicos y chicas, ojo) decidió citarse en Plaza de Castilla y nos metimos en el coche de otro desconocido, pegándonos una noche de escándalo en La Latina, con gente, repito, que no se conocía entre sí.

El mundo era un lugar mucho más inocente: esto fue posible.

Me pregunto si tú también has tenido algún momento así y si quizás, te apetece compartirlo conmigo.

Hoy ha sido un día curioso: ahora, otra mesa me espera en otro lugar :-))

Un saludo.


Paquito

Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es

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