Certificaciones y Milongas del estilo

Muy buenas,

Desde hace mucho tiempo, morando por el entorno tecnológico por el que pululo, me doy cuenta de que existen toda una serie de historias que, a lo largo de los años, como toda mentira que ha sido repetida una y otra vez, se han convertido en mantras que el personal se traga como verdades incuestionables.

Cuando era un poquito más joven, era, ante todo, un chaval que, por encima de todo, reconoció y reconoce que la vida, afortunadamente, le ha tratado muy bien.

Si uno tiene la suerte de que la vida le trata bien, existe un efecto colateral en tu comportamiento: empiezas a tomar según que movidas por supuestas, como si, obviamente, detrás de tu bienestar, no hay una familia o una serie de esfuerzos en cadena que, unidos a la suerte y al azar, te llevan hasta ese plácido momento donde uno se siente, en plena juventud, el rey del mundo, como di Caprio (pero sin Titanic, ojo, que mira como acabó la cosa... No mencionaremos al "Rey del Pollo Frito" porque esto va de dar glamour a la situación, pero el concepto es similar.)

Una de las primeras pautas de comportamiento de aquellos a los que la vida trata bien es empezar a aceptar que su posición es única y enteramente el resultado de su esfuerzo y de su mérito. Aquí entra la falacia de la meritocracia, donde uno cree, con la mejor de las intenciones, ojito, que si uno pone todo su esfuerzo en algo y realmente vale un Potosí, la vida y las circunstancias reconocerán dichos factores para así recompensarle.

La realidad es, desgraciadamente, un poquito más difícil de eso: la meritocracia es un argumento válido si todos los participantes del invento empiezan del mismo punto de partida, situación que, en el mundo en el que vivimos, no es ni remotamente cierta.

Desde el momento que dos individuos pertenecen a dos entornos socio-económicos diferentes, uno de ellos parte con desventaja... Esto, analizado como "individuo contra individuo", puede ser rebatido, pero sabemos que, a priori, para que ambos lleguen finalmente al mismo lugar, a uno le costará mucho más que al otro (el uno tendrá que partirse el culo, junto a su familia, para poder llegar al objetivo, mientras que el otro tendrá condiciones óptimas para, con simplemente hacer lo que debe hacer, cruzar la meta).

Ahora cogemos a 100 individuos de una situación y a 100 individuos en la otra y vemos cuantos cruzan la meta o alcanzan el objetivo marcado (ahí veremos que, a pesar de que muchos de los de un grupo pongan un esfuerzo enorme, no lo conseguirán, otros muchos individuos del otro, con un mínimo de esfuerzo, lograrán alcanzarlo).

Este tipo de postulados se oyen hoy en día en el entorno tecnológico como mantra y uno, que también en su día enarboló dicha bandera, con los años, se hace consciente de que, en realidad, cuando uno sostiene ciertas posiciones, es porque por fortuna (o por desgracia, según se quiera ver), nunca ha vivido circunstancias diferentes.

¿Por qué te cuento este rollo?


Porque, para empezar, si llevas por aquí algún tiempo, sabes que me enrollo como las persianas y que, además, a veces, me gusta empezar hablando de algo relativamente remoto que, poco a poco, se relacionará con el asunto del que realmente quiero hablar.

Una de las falacias que en los últimos años ha llegado al mercado laboral es el timo de las certificaciones.

Vaya por delante, en primer lugar, que más que nadie en este mundo, creo firmemente en el valor de la educación y la formación, por encima casi de cualquier otra fuente de conocimiento (como puede ser la experiencia: esto daría para otro post).

Pero desde hace muchos años, ya en la Universidad, me empecé a percatar de que los métodos de aprendizaje estandarizados sólo sirven para crear máquinas de pasar exámenes, más allá de personas que desean adquirir conocimiento de tal o cual materia.

Esta convicción mía llegaría a su grado máximo en mi tiempo en Francia donde, en la Facultad, mientras el personal de dedicaba a tomar apuntes como si la vida les fuera ello, con un sepulcral y respetuoso silencio, yo me dedicaba a interrogar a aquellos profesores a quienes, al principio, quizás por la novedad, quizás por la extraña forma en el que el chico de acento divertido interpelaba, llevaba a interesantes debates sobre tal o cual cosa que, en ese momento, el señor profesor tenía a bien en impartir en sus clases.

Dato: la historia de la crisis de 2008 y de cómo me la vi venir, parte de una discusión, precisamente, en una clase de derecho en las Galias, donde se nos habló de la crisis hipotecaria provocada por la burbuja en los precios de viviendas y locales comerciales en Francia durante los años 80, situación que acabaría con toda la banca gala nacionalizada mientras el abajo firmante, al escuchar toda la historia, le lanzaba con las siguientes palabras, en francés, con un pronunciado acento castellano, la pregunta siguiente:

Paquito: Disculpe... No lo sé en Francia, pero en España tenemos una figura que es el Banco de España... Supongo que en Francia tendrán algo parecido, no lo sé: ¿Por qué el Banco Central Francés no dijo o hizo nada?

La respuesta se escucharía, una década más tarde, en todos los telediarios de nuestro país:

Señor Profesor: Es una muy buena pregunta, señor Paquito... Es una muy buena pregunta.

Es decir: mientras allí el personal iba a tomar apuntes para luego regurgitarlos en exámenes, yo iba a aprender, a pasármelo bien y a sacarle al tipo (o tipa, ojo) todo el jugo que pudiera, sabiendo que su labor, hasta ese momento, había sido, durante años, soltar el "ABC" en clase para, después, irse a fumar un cigarrillo, irse a comer, al despacho, o a lo que se terciara.

Cuando entras en la vida profesional, uno cree que los años de Universidad se han acabado y que, ahora sí, por fin tendrás oportunidad de "aprender haciendo": nuestro país sufre un terrible lastre en ese sentido, por la enorme diferencia entre los años de estudio y los años de trabajo, donde, salvo puntualísimas prácticas, uno se va a pasar años delante de apuntes y más apuntes de tal o cual cosa, todo muy teórico, no vaya a ser que algún día tengas que mancharte las manos y entonces se jodió el invento.

La diferencia, anécdota verídica, entre diferentes sistemas educativos y su relación con la aplicación práctica de lo que uno aprende, se resume en la siguiente anécdota (contada y verificada por los participantes):

En una conocida universidad de Ámsterdam, unos estudiantes de doctorado trabajan en algo relativo a Dios-sabrá-que-movidas químicas...

Para testear si lo que están haciendo va por buen camino, tienen a su disposición una máquina que se encargar de verificar tal o cual cosa.

Tres estudiantes, un alemán, una francesa, un español.

El estudiante alemán se acerca a la máquina, configura lo que tiene que hacer, le da a la manivela y el cacharro se pone a hacer lo que tenga que hacer...

La estudiante francesa, mientras tanto, observa la máquina: en su universidad no le han dejado tocar la máquina, pero sus profesores les enseñaban a sus alumnos cómo manejarla y qué hacer... Hoy, por fin, va a poder hacer funcionar la máquina por sí misma.

El estudiante español no ha visto la máquina jamás: sabe que su universidad la tiene, pero sólo está a disposición del catedrático de turno, el cual, ni se han molestado jamás en si quiera enseñarles ni cómo es ni cómo funciona.

Repito: esta anécdota es desgraciadamente verídica, porque tuve el placer de estar en medio de aquella discusión entre, precisamente, un estudiante alemán, una estudiante francesa y un estudiante español, haciendo prácticas e historias en dicha universidad durante unos meses.

¿Por qué me he vuelto a desviar del asunto? Porque esas tres personas, cuando terminen su carrera, teóricamente serán exactamente iguales (doctores en química), pero el prestigio de su universidad y su pericia les llevarán por tales o cuales derroteros (desde rangos salariales hasta oportunidades laborales).

Uno tiene que estar siempre aprendiendo, y desafortunadamente, muchas empresas desprecian esa parte para con sus empleados: ahí es donde uno debe tener presente que, si la montaña no va a Mahoma, quizás Mahoma deba ir a la montaña, buscando materias o asuntos donde uno puede reciclar o expandir su conocimiento y experiencias.

En mis últimas experiencias sobre formación, certificaciones y demás (ahora ya va volviendo el río a la cuenca), acabo en un curso de formación donde, entre unas cosas y otras, casi llego a tildar de paralítico cerebral al formador (luego si quieres entramos a hablar sobre el asunto).

Curiosamente, el tema, de una trascendencia interesante y que, curiosamente, llevo años hablando propugnando, era de mi gusto (por eso hice lo imposible para acabar apuntándome junto con un compañero de trabajo que, cuando le dije de que iba, se sintió interesado).

Antes de empezar el curso, recibimos unos PDFs con unos apuntes y demás, los cuales, después de una lectura, no me vienen a decir nada (reconozco a kilómetros la palabrería vacía en inglés que intenta sonar solemne y pretenciosa, pero que no dice absolutamente nada) y donde, además, noto que el formato de las mismas, al haber sido impresas en blanco y negro, pierden mucho de lo que, supongo, intentan transmitir ("Esto es serio y profesional: mira lo bonitas que son las transparencias... ¿Quién que no fuera serio haría algo así?").

La web de referencia del curso me da las claves: es un vende-burras, sobre algo relativamente clásico en el mundo de la informática, pero con muchos adornos y palabros que, al final, vienen a decir que para hacer que una empresa sea más eficaz en sus procesos, tiene que dejarse de gilipolleces, despedir a gente y quitar gente entre el producto a entregar y el usuario que lo va a utilizar.

¿Ves? Ya te la han metido... "Despedir a gente" es malo: hacer una organización "ligera" es bueno (lo cual es cierto, también es verdad, pero al menos sé lo suficiente honesto para decírselo a organizaciones clásicas, estructuradas bajo parámetros que, en otro tiempo, respondieron a otros paradigmas de organización de recursos).

Los exámenes de este tipo de chorradas son online, sin ningún tipo de control (el ponente incluso te dice qué tipo de preguntas suelen caer y demás: una vergüenza como los exámenes de "Formación de Riesgos Laborales" que, se supone, todo trabajador debe pasar en España): ahí es donde uno entonces dice que no, que por ahí no paso y que, sobre todo, me lo puedes contar de la forma que quieras, pero que a mí no me mientes, que no le niego ni una micra de valor al conocimiento que se nos está transmitiendo pero que, al final, esto no es sino que una muy sutil forma para, sobre conceptos abiertos, hacer caja contando milongas con iconitos muy chulis...

Hasta ese momento, he jugado al asunto, pero pronto me huelo la tostada: básicamente es un "saca-cuartos" (como decía un amigo mío) que, para más INRI, cambia cada año "un poquitín" el asunto, inventándose así una nueva versión de la misma milonga, poniendo a su vez, a tu certificado, una fecha de expiración (es decir: se espera de ti que, todos los años, renueves el dichoso certificado que dice que eres un mega-super-crack del asunto) precisa y clara.

Repito: soy alguien que reconoce y hace un especial inciso en mantener un espíritu curioso para aprender lo que sea, porque el conocimiento no ocupa lugar y, de paso, entre pitos y flautas, aprendes a comprender porque el mundo es cómo es y hacia donde va.

Pero el tema de las certificaciones, cursitos de empresas y demás, cuando uno ve y escucha lo que escucha, no puede sino levantarse en armas y decir "hasta aquí hemos llegado": ya va siendo hora de que las empresas aprendan que, la mejor forma de demostrar el conocimiento es andando, porque da igual que un tipo tenga lo que sea que diga tener, sino lo que uno es capaz de demostrar que conoce.

Lo cual me lleva a una situación divertida, y que se refiere a ese par de días de curso que tuve...

Durante dos días, uno descubre el perfil de cada persona en un curso: desde los que son reticentes al cambio hasta los que pasan olímpicamente cuando el profesor es un desastre explicando.

Existe un tercer perfil, que es el del "alumno puñetero"... Ahí entro yo: durante dos días, intento llevar al huerto al tipo, porque veo que, efectivamente, una vez más, presentar es un arte y, enseñar presentando, definitivamente es uno de esos retos profesionales donde uno invierte unas horas al día y, sin embargo, al terminar la jornada, parece que te ha pasado un camión por encima.

Dos cosas suceden en esos dos días: en primer lugar, veo que, en mis proyectos, cuando se me ha dado la oportunidad de llevarlos a mi manera, de forma intuitiva, sin formación de por medio, he aplicado la mayoría de las técnicas y procesos que nos enseñan (tengo sentido común, al parecer).

Otra es que, al tipo, además de hacerle sudar tinta, debe de haberle dejado buen regusto, porque desde entonces (trabaja en la empresa intentando implantar esa movida), cada vez que tiene una idea, viene a mi sitio buscando "al abogado del Diablo", por aquello de que, como le dijo a un compañero mío, al preguntarle por qué venía a por, precisamente, el tipo que más guerra le dio, ofrece como respuesta: "porque era el único que realmente atendía".

Es la hora de empezar a levantar nuestro dedo corazón ante estas historias: la formación y el aprendizaje son materias indispensables para una vida con una cierta profundidad (si no quieres acabar con el nivel intelectual de un concursante de "Gran Hermano"), pero el rollo este de pagar por certificaciones y exámenes absurdos que sólo pretenden crear una línea de negocio que, año tras año, te dice que lo que aprendiste ya no vale, porque ahora los iconos son amarillos y se llaman distinto, son simple, y llanamente, un fraude.

Y ante la probable interpelación de "pero... entonces, ¿Cómo puedes saber si alguien sabe realmente algo o no?", es tan sencillo como darle al candidato un caso práctico, en la salita donde se haga la entrevista, dejarle un par de horitas pensando y, a la vuelta, que te cuente cómo lo ha resuelto.

Más pensar y menos milongas...

Otro día hablaremos de los comerciales: llevo una temporadita con ellos que va a acabar conmigo jurando en arameo.

Eso es todo: seguiremos informando.


Paquito
Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es
Twitter: @paquito4ever

Comentarios

  1. Pfffff... Si yo te contara o contase... El diplomita de calidad alimentaria del British Retail Consortium, por ejemplo, caduca a los tres años, porque cada tres años renuevan la norma. Mínimamente, pero la renuevan. ¿Y sabes cuánto vale el curso de marras? 700 y pico libras. 900 y pico si es presencial, por UN FIN DE SEMANA. ¡Uno! Cuando, con la norma en la mano no necesitarías ningún curso. Y como esto, cosas y cosas. Toman a la gente por tonta. Todo el mundo está a ver por dónde pueden sacarte pasta.

    Y los cursos que te paga la empresa no sirven para nada. Cero. Los útiles y en los que sí puedes aprender algo te los pagas tú, no te queda otra. Pero bueno, yo siempre intento hacer alguno. Por lo menos uno al año, que nunca sabes qué te deparará el futuro y lo que sabes no estorba.

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    1. Bueno, la empresa te puede pagar algún curso útil si firmas una permanencia con ellos de X tiempo y si realmente podrían sacarte partido una vez tengas esos nuevos conocimientos. De ese tipo intento hacer todos los que me dejen. Si me quedo en la empresa me habrán salido gratis y habré ganado experiencia laboral en un nuevo campo y si me amargo a tes de que se cumpla la permanencia, pues pago lo que toque y tengo unos conocimientos que me pueden ser de utilidad en otro lado.

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    2. Buenas:

      Todo lo que te ofrezca aprender cosas es siempre positivo: el problema que tengo es cuando empezamos a jugar con el tema de que las empresas de formación intentan estirar el chicle...

      Es decir: es como cuando se inventaron las medias irrompibles... La cosa fue bien hasta que a alguien le dio por mirar qué pasaría una vez que todo el mundo las tuviera...

      Entonces se rebajó la calidad: "obsolescencia programada" pero aplicada al conocimiento es, sin duda, una retorcida forma de hacer las cosas.

      Y ahí es donde me tocan la moral... Por ahí no paso: me niego a participar en según qué cosas (aprendizaje, todo y más lo que sea necesario, pero deprecar cosas que, a priori, no tienen mucha más vuelta de hoja, una vez aprendidas, más allá de los cursos de refresco o demás, no justifica estar cambiando los iconitos para decir que "esto es diferente, así que, lo que ya sabías, no aplica")

      Sobre los cursos "buenos" y permanencias: eso ya es otro debate (mi problema es que, imagínate que te dan uno, te obligan a quedarte en la empresa o pagar la diferencia según cuando te vayas y, en medio del asunto, la empresa formadora anuncia que la nueva versión del mismo es la fetén-fetén y que, lo ya impartido, que bueno, que está muy bien, pero que, esta sí que sí, es la que vale... Hasta la siguiente).

      Un abrazo y mil gracias por la visita y el comentario, por cierto :-)

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  2. Sobre los cursos de formación en la empresas podría escribirse un tratado, aunque sugiero hacer una serie (cómica).
    En mi experiencia en ellos debo decir que la capacidad de autoaprendizaje e inspiración del género humano, generalizando mucho, a poco que se sienta motivado es impresionante: las personas hallamos vías de adquisición de perlas de conocimiento intuitivo aunque el/la presentador/a, formador/a no estén a la altura exigible.
    En el otro extremo del abanico, llegué a conocer a un profesor-vendedor de un cierto producto software muy innovador que instalaba aquel en el entorno del cliente y formaba técnicamente a sus futuros usuarios en el entorno de un proyecto concreto. Si tenía éxito lo vendía, si no, nada.
    Es obvio que el producto y el profesor eran óptimos y que el precontrato y estudios que se firmaban estaban muy bien estudiados y calculados.
    Recuerdo algunas de sus máximas, aquí va una, que como formador he practicado:
    "El cerebro es un órgano físico, indistinguible a ese respecto del hígado o de un bíceps. El nivel de atención cae a los 45 minutos drásticamente. Da descansos. No juntes horas, es absurdo"
    El precio de sus clases, si no se trataba de formación-venta, era elevadísimo. Un día le traduje el refrán "El que vale vale y el que no a formación" y de inmediato exigió despedir al imbécil que había dicho aquello (un directivo). Insistía en que había que poner a dar clase a gente con muchas habilidades y que supieran bastante. Sobre todo explicar. No tenían porqué tener habilidades prácticas en exceso. Pero sí ser capaces de transmitir e incentivar su saber a otros.
    Hay muchas estafas, las he padecido, exactamente iguales a las que cuenta Paquito en el mundo de las empresas. A lo largo de 30 años más o menos, lo que se ha obtenido es una bajada de la calidad, del precio-hora de los formadores y de que nadie en su sano juicio se fíe de las acreditaciones obtenidas por muy rimbombante que suene el título que conceden.
    Muy pocas empresas están en disposición de confeccionar programas a medida para cubrir necesidades concretas de formación. Muy pocas empresas, en el otro lado, como demandantes posibles, están en disposición de confeccionarlos para sus proyectos. Si alguien cree que esa afirmación es demasiado dogmática, que tome España y piense en el Inglés. Bastantes empresas españolas saben que necesitan que muchos de sus empleados necesitan saberlo. ¿Y qué es lo que están haciendo?
    Mutatis mutandis, piénsese en otras materias que no sean el Inglés. ¿Riesgos Laborales? Porque lo exige la ley.
    Otra cuestión, y no menor, es medir la ganancia de aprendizaje tras un curso. La téccnica propuesta por Paquito dependería del tipo de curso, materia y otras muchas variables.
    Y por último, es importante poder exigir a las empresas que los cursos que imparte en su seno no sean una filfa. Lo que propone Paquito de que te los pagues tú no deja de ser desigualdad de oportunidades al cuadrado. Por ese camino no se si tiene sentido escribir blogs ni hablar de justicia ni nada parecido. Es postureo puro y duro. "Al que más tenga se le dará más y al que menos se le quitará hasta que nada tenga" como dijo San Marcos.

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    1. Buenas:

      Este me le he guardado, porque tiene "chicha" para alimentar a ejército y medio :-)

      Gracias en primer lugar por la visita y el comentario: todo un placer (como siempre).

      Coincido en los razonamientos: "formar es un arte" (lo he vivido, en diferentes formaciones que he impartido en mi vida): todavía recuerdo, cuando formaba a gente en Barcelona, como, entre la jornada de Puente Aéreo, y el par de horas de formación, acababa muerto (sobre todo por la formación: es alucinante, sobre todo en formaciones comerciales, el nivel de atención y tensión a la que te sometes, sobre todo cuando hablas en nombre de algo o alguien con un cierto nombre).

      El ejemplo que pones del formador es alucinante: el proceso computaba la calidad como atributo en el éxito de la venta (el tipo tenía que hacer lo mejor posible para el cliente y sus empleados para, finalmente, conseguir el contrato: es una forma interesantísima de incentivar el valor de la formación y, a su vez, instrumentalizarla como herramienta de venta).

      Pero lo que está sucediendo, sobre todo en formaciones no técnicas, sino más en niveles de gestión y demás, es para echarse a reír o llorar, según te venga.

      Todavía recuerdo cuando, "en mi otra vida", pedí formación en alemán porque la subsidiaria teutona producía unos materiales de marketing alucinantes... La de Recursos Humanos flipó (dado que trabajaba para una compañía anglo-sajona, el inglés todavía, pero el alemán, a pesar de razonarle el business case, la dejó fuera de juego)... No me lo concedieron, pero creo que fue un toque de calidad interesante (y, quizás, para el siguiente episodio de mi vida, habría sido muy útil... Quizás me vieron una intención oculta de la que ni yo mismo era consciente en ese momento, teniendo en cuenta los derroteros de tomaría tiempo más tarde :-)).

      Gracias una vez más por pasarte por aquí: todo un honor.

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  3. Creo que esto de las certificaciones es muy típico de IT....en mi sector, hay cursos y demás,y tienes un budget anual que puedes usar, pero nadie te obliga.

    El ultimo curso que yo hice no me sirvió para mucho, porque una cosa es la teoría, y otra cosa la hora de la verdad...

    PE. Sí cumples totalmente el perfil del alumno tocahuevos...

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    Respuestas
    1. Buenas,

      Gracias por pasarte por aquí: no entro en las fórmulas para formar a los empleados, sino en el tejemaneje de las empresas formadoras que aplican el modelo de obsolescencia programada en cosas que no son realmente críticas.

      Es decir: un médico debe formarse y actualizar sus conocimientos según avanzan las técnicas de diagnóstico o de procesos quirúrjicos, pero cuando estamos hablando de metodologías de trabajo (no de versiones de productos ni cosas así, ojo), entonces ahí me rebelo.

      Porque, al final, lo que se intenta es meterte de rondón un sentido de importancia que no es tal (me puedes contar de cuarenta formas diferentes que 2+2 son 4, pero al final, todo se resume a lo mismo).

      Y, efectivamente: soy un alumno toca-huevos, pero en el fondo, al buen formador le va la marcha (porque soy capaz de dar la razón, como quitarla, si creo que es así: no va la cosa de belicosidad, sino de, efectivamente, prestar atención y cuestionar, a partir de lo que sabes, lo que se está enseñando).

      Para eso estamos: para pensar, no para que nos traten como a los patos a los que entuban para engordarles el hígado y hacer paté con ellos :-)

      O eso creo yo, ojo :-)

      Un abrazo y, de nuevo, mil gracias por la visita y el comentario.

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