Cuando tu teléfono te escucha viendo el fútbol

Buenas:

Las personas que se pasan por aquí a menudo conocen mi particular visión sobre los aspectos que rodean el uso de la tecnología y el derecho a la privacidad que, día sí, día también, parecen sufrir un constante conflicto.

Desafortunadamente, con el rollo de que algo "es gratis" hemos aceptado la sistemática intromisión y, peor, comercio de nuestra información y de nuestros hábitos, sin ser realmente conscientes del valor o de lo que se acepta en una aplicación cuando le damos al botoncito de "Aceptar".

Esto viene al pelo al respecto de algo publicado hace un tiempo en el diario español EL PAÍS donde, a más de uno, le deberían saltar las alarmas:


¿Qué ha pasado?

Como algunos sabrán, los derechos televisivos de retransmisiones deportivas mueven cantidades ingentes de dinero.

La Liga Nacional de Fútbol Profesional (LFP) española, en los últimos años, se ha convertido en un fenómeno global, donde su competición es seguida en casi todos los rincones del mundo.

Ésto, en sí, es un logro para dicha competición, así como su organización, por cuanto esos derechos televisivos generan una enorme cantidad de dinero que, a su vez, acaba en los equipos de fútbol que participan en la misma.

El problema es que, cuanto más dinero se mueve y más atractiva es una competición, los costes de los mismos tienen tendencias alcistas, lo cual, al final, se traduce en que alguien tiene que pagar más para poder acceder a ese contenido.

Cuando el precio de un bien intangible sube, mayor es el incremento de intentos para conseguir ese intangible pagando lo mínimo o, si es posible, sin pagar nada.

La piratería no es más que el hecho de no pagar el precio debido, por un bien o un servicio, al propietario de los derechos del mismo.

Esto no es nuevo...

Obviamente, esto no es nuevo: desde el principio de los tiempos, la falsificación de objetos, materias (los famosos lingotes de plomo pintados con oro) ha sido una forma de obtener un beneficio por la vía rápida.

En las últimas décadas, la intangibilidad de los bienes y servicios sobre los que se basa la economía moderna, esto es, el software y la propiedad intelectual, ha creado un bufé del "todo gratis" que, en algunos países, ha sido más pronunciado que en otros.

Nota: no voy a entrar en el debate de la piratería hoy, pero conste mi posición al respecto: si quieres algo y ese algo tiene un precio, o lo pagas o buscas una alternativa, pero disfrutar del trabajo de alguien sin pagar el precio establecido para el mismo, aunque sea de forma digital, se llama robar.

En los últimos años, sin embargo, los defensores de alternativas a la piratería, han demostrado su razón: cosas como Netflix demuestran que, a un precio asequible, el personal deja de bajarse cosas de internet sin compensar a los propietarios de los derechos (otra cosa es como después Netflix, y quien dice Netflix dice Apple Music, o Spotify, o el que sea compensen a su vez a esa gente: esto es otro debate curioso).

En España, con eso de que el fútbol mueve enormes cantidades de dinero, ha encarecido los derechos de emisión, haciendo que, canales tradiciones, donde las licencias de emisión estaban más o menos bajo control y donde se hacía un poco la vista gorda, de pronto se haya endurecido el control sobre las mismas.

Aquí entra el asunto: los bares en España, para emitir el fútbol en sus instalaciones, además de pagar el paquete de la plataforma digital o satélite de turno, tienen que pagar una licencia especial, por cuanto explotan dicha difusión para engordar su negocio (si el bar emite el partido de fútbol de tu equipo, por el que, si quisieras verlo en casa, tendrías que pagar individualmente en tu paquete de abonado, el bar tiene a 40-50 personas viendo el mismo, lo cual entonces canibaliza la oportunidad de la plataforma de turno de vender sus servicios a esa gente).

Y esto viene porque...

Esto viene porque la Liga de Fútbol Profesional hace un tiempo creó una aplicación para teléfonos móviles para los entusiastas del balompié, permitiendo a los usuarios de la misma que puedan mirar resultados y cosas así.

El punto, y la parte donde la cosa se pasa de frenada, es que los desarrolladores de la aplicación, obviamente bajo requerimiento de su cliente, introdujeron una funcionalidad bajo la cual el software activaba el micrófono y el GPS del teléfono, intentando rastrear si la persona estaba en un lugar donde se estuviera emitiendo el fútbol (gracias al sonido ambiente) y la localización, para saber si la persona estaba en un bar que no estuviera pagando la correspondiente licencia de emisión de partidos de fútbol en establecimientos de hostelería.

Y todo esto sin informar debidamente a los usuarios de qué diablos estaba haciendo la aplicación mientras la utilizaban.

Con dos y un palito

Vivimos en un mundo donde, en este momento, las compañías más rentables y con mayor capitalización bursátil del mundo tienen, principalmente, su negocio en la información que consiguen captar de las vidas de sus usuarios.

Desafortunadamente, los abusos indiscriminados de estas organizaciones, que tendemos a olvidar que lesionan un derecho humano, el de la privacidad, son ya de tal calibre que incluso llegamos al punto donde la famosa GDPR (la Regulación de Protección General de Datos) de la Unión Europea no es más que un "si el usuario te autoriza, puede renunciar a ese derecho que, se supone, es inalienable", para darnos cuenta del grado de cinismo en el que vivimos.

Mi país tiene una larga tradición de señores que se ponen a la cola a cobrar a la mínima que pueden: el caso más famoso ha sido el de la Sociedad General de Autores de España, la cual, durante décadas, aún compartiendo en cierto modo sus reivindicaciones, llegó a comportamientos y a conseguir prebendas de nuestros queridos gobernantes y que, gracias a su pésima gestión y a los recursos elevados al Tribunal Superior de Justicia de la Unión Europea, les tumbaron el carrito del helado (como el famoso canon que grababa cualquier medio de almacenamiento digital con la excusa de que, potencialmente, podía albergar películas, canciones y demás elementos del catálogo de la actualmente maltrecha sociedad de derechos).

Así que, cuando se dan los ingredientes necesarios (la plataforma tecnológica, Android en este caso) que permite la activación de capacidades que permiten la monitorización de, no ya tu persona, sino además tu entorno, con una banda de señores que, repito, como la plataforma tecnológica lo permite y hay un montón de dinero de por medio, se sienten en la "necesidad" de proteger sus (legítimos, por otra parte) intereses económicos, el cóctel está servido.

Que sea posible no quiere decir que puedas hacerlo

Creo que la frase junto encima de ésta lo resume todo: vivimos en un momento en el que gracias a la tecnología, podemos obtener y conseguir cosas increíbles, pero por el hecho de que el personal esté completamente deslumbrado con el cacharrito de turno, ello no es óbice para permitir según qué cosas.

Tengo las bandejas de entrada de mis diferentes correos electrónicas llenas de mensajes de compañías que, un año más tarde de la entrada en vigor de la GDPR, me comunican, con diferentes lenguajes y aproximaciones al asunto, que los términos y condiciones bajo los cuales alguno de mis correos, así como probablemente mi identidad, son o van a ser tratados.

Un año más tarde... ¿Sabes lo que eso quiere decir?

Quiere decir simplemente que es el tiempo que los abogados de todas estas empresas han tardado en encontrar algún tipo de resquicio en la ley para seguir haciendo lo que les dé la santa gana.

Ahora van una a una: la coincidencia en el tiempo también me enseña que muchas de estas empresas están en dificultades, de ahí que estén cambiando a toda prisa sus términos, para así asegurar que, cuando lo que parece inevitable llegue (la caída de la página o aplicación de turno), se pueda vender la base de datos al mejor postor sin complicaciones legales.

Porque de esto va el rollo: viven de nuestros datos y, cuanta más intrusión en nuestras vidas y hábitos, mayor es el valor de esa información que, todos ellos, aseguran que no venden a nadie, hasta que quiebran o les compra alguien más grande, momento en el que, obviamente, donde dije "digo" ahora no sólo digo "Diego", sino "Carmen Antonia María Fernanda del Otoño en Mar del Plata".

Hemos abierto una caja de Pandora que la mayoría de personas no entiende: no somos conscientes del enorme valor que posee nuestra privacidad, los detalles de nuestra vida...

Creemos que esos detalles son irrelevantes: "Total, para ponerme anuncios de pasta de diente a los que no hago caso" es una conclusión tan simplista como falaz.

Ese anuncio de pasta de dientes es la punta de la punta de un enorme iceberg que no somos capaces de entender, por una cuestión elemental de capacidad cerebral.

Porque cuando uno piensa que alguno de los servicios que utilizas diariamente posee, probablemente, entre treinta y cinco mil y cien mil puntos de perfil de datos (data points), eso les concede la capacidad para predecir, con un grado espectacular de acierto, según qué cosas sobre tu persona.

Y quizás tu creas que no tienes nada que ocultar, lo cual, probablemente, casi sea cierto, salvo el problema de que esa información es capaz de revelar cosas sobre ti que ni tu mismo sabes.

Porque esa información, debidamente cotejada, puede indicar que, estadísticamente, en los próximos 10 años puedas llegar a sufrir cáncer...

Y ahora imagina que quieres cambiar de trabajo y que sus empleadores potenciales puedan comprar esa información sobre ti.

Ahora lo entendemos mejor... ¿Verdad?

Eso es todo: seguiremos informando.


Paquito
Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es
Twitter: @paquito4ever

Comentarios

Quizás te pueda interesar...

Tulip Manía - La primera burbuja económica de la historia

Leer: mi propósito en 2018

Howick y Lili

El efecto Osborne

El bloqueo - Parte 4