De eso va el rollo

Buenas:

Seguimos confinados: obviamente la situación tiene muy poco que ver con la que tuvimos hace unos meses y con la situación hace unas semanas.

Dicho lo cual, la vida sigue su camino y, en la rutina, volvemos poco a poco a los viejos hábitos, a veces buenos y, a veces, no.

Una de las cosas que observo en las últimas semanas es el comportamiento del personal con respecto a las diferentes recomendaciones que, en mi caso, el gobierno holandés emite, por aquello de intentar controlar la situación y que no se nos vaya de madre.

La realidad es mucho más tozuda: aunque en general intento ir al supermercado lo menos posible y, siempre, a última hora, cuando ya no hay nadie, hay momentos en los que, por hache o por be, no puedo hacerlo y ahí, en esos momentos, es cuando voy a una hora normal, en un día normal (un sábado después de comer).

Es curioso como las cosas han cambiado de perspectiva: lo que hace unos meses sólo era una escena cotidiana en nuestras vidas, de pronto se tornan en extrañas, para empezar, y en el peor de los casos (aquí es donde la paranoia pasa al siguiente nivel) preocupantes.

Un sábado cualquiera, a las dos de la tarde: el primer signo de que la cosa iba a ser diferente a otras ocasiones fue cuando, al llegar a la entrada, descubro que no hay carros de compra.

Así que, sin más remedio, volví al parking subterráneo donde dejé el coche y allí, tal y como observé al principio, había una preciosa hilera de carritos, todos conectados por la típica cadena que los conecta y que, para poder desbloquearlos, debes introducir una moneda (o, en mi caso, una réplica en plástico que me ayuda a pasar el trámite).

El dispensador de desinfectante de manos, que se activa con un movimiento de las mismas, me da una pequeña dosis del líquido elemento: a su lado, un pulverizador con desinfectante y un enorme rollo de papel está preparado para limpiar la barra donde pones las manos para empujar el carro.

Algunas personas hacen lo correcto: otras, no.

Una vez que ya estoy en la parte superior, toca desbloquear una de las pistolas-escáner con las que puedo hacer la compra por mí mismo sin tener que ir a una caja donde, una amable cajera, lo hará por mí: eso me permite ir a mi rollo, escuchar mis Podcasts y, simplemente, agilizar todo el proceso (el futuro es ese).

Esta parte de la historia, que para mí ya forma parte de mi rutina desde hace años, tarde o temprano, sistemas similares serán absolutamente comunes y, en un poquito más de tiempo, cosas como la experiencia de las tiendas físicas de Amazon, donde simplemente sacando los productos de una estantería ya es suficiente para que, el sistema, sepa que los vas a comprar y, lo que es más alucinante: si los vuelves a poner en la estantería, automáticamente se quitarán de tu inventario de compra, son toda una proeza tecnológica, donde la única gente que hay en una tienda son, básicamente, las personas de seguridad y, eventualmente, las personas que reponen los productos (y estos, a su vez, ya sabes cómo las gasta el señor Bezos, se podrían empezar a cuestionar también).

En esas estoy yo, pensando en el futuro de las tiendas, cuando la realidad me golpea: estoy en un supermercado abarrotado de gente y, lo que en esas otras ocasiones son vacíos corredores con estanterías repletas de productos, se torna en una misión propia de una carrera de coches, donde todo el mundo batalla por encontrar un carril libre y poder tomar la primera posición.

Esta es la parte que, como decía antes, me llama la atención: el personal no tiene ningún tipo de reparo en dejar sus carros y bloquear las zonas por donde uno puede pasar... Hasta ahí, más o menos, alguna vez lo hemos hecho todos, pero lo sueles hacer para agarrar algo que sea pesado y que, simplemente, no puedes poner directamente en el carrito.

Lo peor es que, simplemente, el personal ya está en modo “aquí no pasa nada” y ves de todo: gente de charleta, gente pasando a tu alrededor como buenamente puede o, directamente, gente con cestas que sortea aquello como si fuera la autopista por la mañana.

Algunas personas observan la situación como yo: lo sé por la forma en la que nos miramos... Estamos todos en un bote común, viendo como lo que sucede a nuestro alrededor es para, simplemente, abandonar la fe en la humanidad.

Pero... ¿Por qué te estoy contando esto?

Hace unas semanas, el señor ministro de justicia holandés celebró su boda... Con la que está cayendo y con el gobierno, al que pertenece, apenas unos días antes, informando al personal sobre qué se podía hacer o no, el señorito decidió que la cosa no iba con el, así que celebró su bodorrio y allí, como en mi supermercado, ni normas de seguridad ni leches...

Esto lo sabemos gracias a que se publicaron algunas fotos y ahí, en el país donde “aquí mis amigos” siempre predican lo de que el castigo no es negociable, resulta que sí, que sí lo es, porque en este caso les afecta a ellos y, tanto el primer ministro, como los demás, dicen que bueno, que es un pecadillo y que, en lugar de pagar la multa normal, el hombre ha pagado el doble y que se siente muy arrepentido y que de dimitir nada.

El señor ministro de justicia, repito: el máximo responsable de poner en práctica y castigar a aquellos que no sigan las recomendaciones del gobierno y que es el primero en saltárselas.

Aquí es donde uno se acuerda de la bloguera dicharachera en la misma situación y cómo, por sentido común y porque probablemente no la dejaron, tuvo que celebrar su boda “de aquella manera” (el premio de consuelo es que tendrá una historia que contar el resto de su vida, porque lo de casarse en medio de una pandemia es algo que pocos, incluyendo el ministro de justicia, pueden decir).

De esto va el rollo: “hay otras normas”... Y lo que, en general, podría aceptar (la famosa “casuística”, que es despreciada en el mundo anglosajón, por cuanto dos sucesos iguales pueden ser juzgados con resultados diferentes) me repatea en la gente que, cuando les toca a ellos, esa lógica que parece poco consistente en sus ojos (la casuística requiere un grado de observación e inteligencia que deniego al 95% de estos) aparece como agua de Mayo...

“Pobrecito: está muy arrepentido” decía su protector, el primer ministro que, unos días antes, explicaba que este tipo de comportamientos no debían suceder y que podrían acarrear multas o problemas legales.

Todo un señor ministro de justicia, repito, pasándose por el arco del triunfo las recomendaciones del gobierno al que pertenece (“predicar con el ejemplo”: tampoco se les pidió tanto) pero oye: “que está muy arrepentido” y aquí paz, y después gloria.

Quizás, en el fondo, soy como ellos, pero nunca dejo de pensar en lo que sé y lo que he visto: “dados dos sucesos parecidos, donde en uno le sucede a un holandés y en el otro a alguien de otro lugar, los resultados, cuando son diferentes, siempre más favorable al holandés que al que no lo es”.

Ya verás el día que les explique lo de la casuística: va a ser la fiesta.

De ESO va el rollo...


Paquito

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