San Martín 2020 en Holanda

Buenas:


Mientras las cifras de contagio siguen en cifras altísimas, relativas a la población del país (número de contagios por cada mil personas) y el gobierno sigue sin tomar medidas severas (como la obligación de llevar mascarillas en lugares públicos cerrados, como supermercados y demás), hace unos días llegó "el Halloween holandés", Sint Marteen, el 11 de Noviembre, el día en el que, los niños, recorren las casas y, después de entonarte una cancioncilla, les das caramelos, chocolates o lo que sea.


¿Por qué te cuento esto?


El gobierno pidió a la población que, dado que estamos en una especie de confinamiento de 2 semanas (digo bien: "especie”, por cuanto no existen restricciones reales de movimiento) y dado que la fecha caía durante ese periodo, lo mejor sería no celebrarlo, que los niños se quedaran en casa y que, por aquello de fomentar hábitos saludables, se le dieran a los niños coles de bruselas, en lugar de dulces.


Pero uno ya conoce al personal de por aquí


El día anterior tuve que ir a hacer compra al supermercado: como siempre, para evitar el borreguismo imperante, voy sobre las nueve de la noche, cuando ya no hay nadie, me pongo mi mascarilla, desinfecto el carrito (a esa hora, la persona que lo hace ya no está) y me pongo a hacer la ronda de las diferentes cosas que necesito.


El caso es que, como ya me lo veía venir, me pasé por la zona de los dulces y los chocolates, momento en el que, efectivamente, confirmé mis sospechas: baldas vacías de productos me anunciaban que, este año, así revienten, iban a celebrar el evento...


Total, que como uno intenta, dentro de lo posible, formar parte del paisaje y el paisanaje, compré varias bolsas de chocolatinas y cajitas de caramelos, preparado para el momento en el que, al día siguiente, empezara la fiesta.


11 de Noviembre, 17:35 de la tarde


La forma de anunciar que estás abierto al asunto es dejar las luces de la entrada encendidas: algunos de mis vecinos adornaron los setos de las entradas de las casas con lucecitas y cosas así (otros años, mis vecinos montaban un puestecito y ofrecían tacitas de café caliente a los vecinos y a los niños: este año, en cambio, la cosa no ha sido así).


La señora Paquito pensaba que no iba a suceder por el anuncio del gobierno, pero si algo he aprendido estos meses es que “aquí mis amigos”, por algo que es gratis (unas chocolatinas) están dispuestos a jugarse la salud y la de los demás.


A la hora arriba indicada, mis primeras clientas (dos niñas) llamaron a la puerta, me puse la mascarilla, cogí el bol con las chucherías, abrí, me cantaron una cancioncilla, les di las gracias, les ofrecí las chucherías y empezó el carrusel.


Cosas que se aprenden con este tipo de cosas


La cosa dura como un par de horas: sobre las siete y media de la tarde-noche (aquí ahora anochece sobre las cinco) ya no queda nadie, los niños se van a dormir y a otra cosa mariposa.


Pero durante ese tiempo, me encanta observar los diferentes perfiles de niños, niñas, padres y madres que pasan por la entrada de la casa.


Un verdadero universo del que uno puede sacar interesantes lecciones.


En primer lugar: resulta curioso que, en un país tan seguro como éste, los niños vayan acompañados por los padres (que se quedan en un segundo plano, observando la interacción de su progenie con los dueños de la casa a la que tocan a la puerta).


Es decir: pastorean a los hijos buscando chocolate gratis (la señora Paquito me explicó que, en realidad, el botín no es sólo para los churumbeles: los progenitores aquí también sacan tajada), pero con cuidado, no vaya a ser que extraños individuos se dirijan a sus hijos.


En los niños más pequeños, lo entiendo, obviamente: en niños ya más talluditos, la verdad, no lo entiendo, pero yo no soy padre y, hace un tiempo, escuché una historia que me cortó la meada (en este caso, con una niña de 17 años).


Lo segundo es que, gracias a este evento, uno ve un pequeño microcosmos de las vidas de los niños que por aquí pululan.


Existen pandillas de niños y de niñas que van juntos (momento en el que el bol de las chucherías sufre un bajonazo tremendo, porque te asaltan cuatro o cinco en una sola interacción) y, dentro de esas pandillas, ves de todo: niños más o menos tímidos, niños y niñas felices de cantar o, lo contrario, churumbeles a los que apenas puedes oír, porque notas que no están disfrutando de lo que están haciendo.


Es decir: se sienten cohibidos, porque la timidez les vence.


En los más tímidos, además, te das cuenta de que, o van solos, o van con algún hermano o hermana: el padre o la madre suele estar, ya digo, en segundo plano, momento en el que piensas si el chaval (o chavala) realmente quiere estar ahí o no.


Aquí es donde la teoría de la señora Paquito parece ser relevante: "los padres pastorean a los críos porque ellos también se llevan parte del botín".


En una de las interacciones, una familia llamó a la puerta: una mujer, con cinco hijos y un carrito, con los niños cantando y, con uno de ellos donde, no me di cuenta al principio, tiene que tener algún tipo de historia, porque tardé en caer...


El grupito de niños (2 niños 3 niñas, hermanos todos, supongo) llama a la puerta y se me ponen muy próximos (este año, la mitad de los niños han guardado la distancia de seguridad y, la única niña que, en toda la noche, apareció con una mascarilla fue, curiosamente, de ascendencia asiática) se dispone a cantar y veo que, uno de ellos, un chiquitín, me da las buenas noches, como los demás.


Como veo que es el más pequeño, le saludo especialmente a el, pero entonces el niño me vuelve a dar las buenas noches, momento en el que le vuelvo a responder...


A la tercera vez que me dio las buenas noches, ya me fijo más en detalle y me doy cuenta de que, quizás puede tener algún tipo de autismo o algo (ahí es donde miré la madre y sonreí: no me había dado cuenta, pero como a veces no me fijo en esas cosas, me habría pasado media noche intercambiando saludos con el chavalín, que me resultó entrañable).


Me cantan la canción, se abalanzan sobre el bol y, cuando se van a ir, la señora me pide también un dulce para el bebé que llevaba en brazos (aquí, la teoría de la señora Paquito dejó de ser una conjetura y pasó a ser un teorema).


Como he olvidado el idioma (que es lo que tiene el no usarlo y mi absoluto desinterés por una sociedad que se encarga de dejarte muy clarito que nunca serás uno de los suyos), sentí que podría haberle dicho algo del estilo “Quiero ver como el bebé se lo come”, por aquello de ser un porculero.


A las 19:35 se los acabaron los dulces, así que apagué las luces y aquí acabó la historia: en esas dos horas, repito, un pequeño microcosmos del sistema social y familiar holandés pasó por mi puerta.


Recapitulemos:


Unos 80 niños pasaron por la puerta.

La mayoría, niñas, curiosamente, incluyendo las gemelas que, hace unos años, cuando tenían 3 añitos, llamaron a mi puerta y me derritieron el corazón (ya están más mayores, pero siguen teniendo los mismos enormes ojos oscuros: ya sabes que yo no olvido jamás unos ojos).

Edades entre los 3 y los 8-9 años.

La inmensa mayoría tuvo que ser aleccionada por los padres para dar las gracias cuando cogían el chocolate o la golosina.

Dados a elegir, la mayoría de niños y niñas prefieren las cajitas de gominolas a las chocolatinas.

El señor que te habla compró más chocolatinas que cajitas de gominolas, así que pronto dejé de ofrecer gominolas (las dosifiqué para que, en la última tanda, quedaran algunas).

La mayoría de los adultos que eran madres.

De los adultos, sólo la madre de la niña de ascendencia asiática, llevaba mascarilla.

En 14 días vamos a ver qué tal caro sale lo de ir a pastorear a los niños en medio de una pandemia.


El momento más divertido de la noche lo protagonizaron dos pandillas perfectamente diferenciadas que, sin embargo, compartieron el mismo espíritu.


Ambas de 5 miembros, una enteramente compuesta de niñas y otra compuesta de sólo niños, de una cierta edad ya (supongo que en los 9 años), se les notó que estaban en su salsa.


En ambos casos, la voz cantante en ambos grupos demostraba felicidad: la líder del grupo de las niñas se lo estaba pasando teta, cantaba con toda la energía que una niña de 9 años puede tener haciendo algo que le hace gracia o que disfruta.


En el caso de los chicos, el líder era el que marcaba qué se cantaba y, para mí, eligió una cancioncilla que venía a decir que mañana tendrían que ir al dentista, pero que esta noche tocaba comer dulces (el resto de la pandilla se unió rápido al asunto).


En ambas pandillas, un arcoíris de personalidades: los líderes, los seguidores, los tímidos...


Un pequeño microcosmos, repito, de una sociedad, a través de una pequeña fiesta que, más allá de una tradición, forma parte de un hábito social, que es la interacción entre vecinos.


Pero nada es lo que parece...


Esta es la parte que le llama la atención a mi señora: sabiendo como soy, le extraña poderosamente que me preste a esta historia, pero todo tiene una explicación lógica.


“En este lugar, soy alguien extraño, fuera de lugar... Si te hubieras dado cuenta, a los chiquillos les digo que lo han hecho muy bien, les ofrezco una golosina y, sobre todo, miro a los padres: en un país donde la policía me ha parado por osar a ir caminando por la calle, donde estar fuera de tu casa, por la noche, sin un perro te hace automáticamente un bulto sospechoso, los adultos tienen la oportunidad de verme, momento en el que, con una sonrisa, trato bien a sus hijos... Quizás, algún día, cuando vaya por la calle, paseando y escuchando Podcasts por la noche o lo que sea, alguien recuerde mis ojos y piense que una vez me vio en San Martín y que, en aquel entonces, como estaba en una casa del vecindario, soy un vecino, no un tipo raro que Dios sabrá que estará tramando”.


¿O que te crees? ¿Que el año pasado, cuando pusieron el puestecito con las tazas de chocolate caliente, lo de darle las gracias al vecino que lo estaba haciendo, con una botella de Whisky de 12 años, fue porque a mí esta mierda me importa un bledo?


El año que viene haré investigación de mercado: si me lo monto bien, sacaré métricas divertidas.


Un saludo,


Paquito

Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es

Twitter: @paquito4ever

Comentarios

  1. Moi boas. Pues aquí, para no parecer americanos, no celebramos Halloween, sino SAHMAÍN, que viene siendo lo mismo pero con origen celta. También por San Martín celebramos el MAGOSTO (asar castañas y beber vino - alcohol- leche). pero parece que somos más "guiadiños" y no, no hubo celebraciones en la calle. De hecho mi hija tenía todo preparado para salir con las amigas por el barrio el 30 de octubre y ese mismo día la Xunta de Galicia decreta que NADA de reuniones de no convivientes y cierre perimetral de las 7 grandes ciudades gallegas (si me las dices todas, aprobado) ;)

    Total, que no hubo celebraciones. El gallego es cauto y se deja guiar, eso nos ha venido bien a lo largo de la pandemia, aunque siempre habrá marulos que pasen de ir con mascarilla, fumando y celebrando cualquier evento, estén los bares cerrados o no. Por el momento, resistimos y con salud, que es lo importante. Cuidate, alsjeblieft ;)

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    Respuestas
    1. Hola Alfonso:

      Gracias por la visita y el comentario: todo un placer.

      Lo de por aquí es para escribir un libro: que un gobierno se niegue a tomar medidas severas, con la excusa de la libertad individual, tiene resabios propios de lugares donde hemos visto cómo acaba de mal la cosa.

      A mí, personalmente, me parece increíble, hasta el punto en el que, personalmente, me he tomado esto muy en serio (confinado en casa desde Marzo y sólo saliendo de casa para, o bien darme paseos por zonas donde no hay gente o, en el caso de visitar lugares con civilización, hacerlo siempre en horas valle, con mi mascarilla).

      Hasta hace 1 mes, era el tipo raro de la mascarilla: parece que la cosa ha cambiado, pero te sigues encontrando con gente que, simplemente, pasa de todo (cosa que me escama y saca lo peor de mí).

      En fin: esperemos que todo esto pase pronto...

      Un saludo, gracias de nuevo por la visita, el comentario y espero que tanto tu como los tuyos estéis bien.

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