Celebrando a Alan Turing

Buenas:

Con todo lo que está sucediendo en el mundo en estos meses, hay pocas cosas que celebrar o de las que uno se podría sentir orgulloso.

PERO, como decía aquel, siempre hay excepciones y, en este caso, tenemos una muy honrosa que hoy, con todo el orgullo del mundo, me dispongo a contarte.

Un tipo llamado Alan Turing

Si tienes relación con el mundo de la electrónica y la informática, quizás el nombre te sugiera algo (o quizás, te diga muchísimo), pero si no es así, quiero que sepas que hace muchos años, un hombre nacido en Inglaterra, a través de sus ideas y su conocimiento, logró cambiar el mundo en, al menos, dos ocasiones.


Alan Turing (Fuente: Wikimedia)


La primera vez que Alan Turing cambió el mundo

Alan Turing estudió matemáticas y lógica: un hombre que, según lo que sabemos, era inteligente como pocos, con un caracter peculiar y con una visión muy concreta sobre lo que el mundo de la tecnología acabaría siendo en unos pocos años.

Porque Alan Turing es el padre de la teoría de la informática moderna: es el hombre que teorizó en su día que, dado un sistema eléctrico que pudiera computar instrucciones, podría ser utilizado para casi cualquier propósito, en lugar de la aproximación tradicional donde, en los casos de la muy primitiva computación, se entendía que las máquinas tenían que estar limitadas a propósitos muy concretos.

Y aunque en su momento se consideró como un ejercicio teórico, en apenas unos años esas teorías tendrían un valor incalculable que ayudaría a ganar la Segunda Guerra Mundial y salvar miles de vidas.

La segunda vez que Alan Turing cambió el mundo

Nos retrotraemos ahora a la Segunda Guerra Mundial, donde los alemanes luchan contra el resto del mundo y, en su haber, poseen una ventaja tecnológica clave sobre el resto de potencias aliadas: la capacidad de comunicarse de forma segura a través de un método de encriptado endiablado como el solo y que se gestionaba a través de unos dispositivos, en forma de máquina de escribir, llamados "Enigma".


Máquina "Enigma" (Fuente: Wikimedia)


Más allá de tener cañones más o menos grandes, o submarinos que pudieran ir más o menos rápido, la capacidad del Reich para comunicar con sus tropas de forma que nadie pudiera entender las instrucciones, con un método de cifrado de sus comunicaciones que no había forma de romper, supuso un verdadero quebradero de cabeza para el resto de países que, como podían, aguantaban las embestidas por sorpresa, en particular en el Atlántico, de un enemigo sigiloso que, a su vez, lo podía hacer sin interrupción, porque nadie sabía cómo hacer para entender las comunicaciones del mando alemán que conseguían interceptar.

Aunque la historia siempre habla de los esfuerzos de Inglaterra en esta historia, hubo también matemáticos polacos y de otros lugares que contribuyeron con su esfuerzo y experiencia, pero es aquí donde nuestro protagonista, como decía antes, un matemático tímido y peculiar, junto con otras lumbreras, se unieron bajo una división del gobierno de su país, dedicada a interceptar y descifrar comunicaciones del enemigo, donde, a base de tesón y contrariedad (repito: nuestro chico no sólo era brilante, sino también un personaje peculiar y obstinado) lograría poner sus, hasta entonces casi consideradas como "ciencia ficción", ideas que lograrían el cometido.

Así que, nuestro chico, contra viento y marea, consiguió crear el primer "ordenador electrónico" que ayudó a desencriptar los mensajes del mando alemán, contribuyendo así a acelerar la derrota de los alemanes y, por ende, salvar la vida de cientos de miles de personas.

Y cuando todo acabó, de forma silenciosa, volvió a su vida con sus ensayos y estudios, que hasta entonces no dejaban de ser abstracciones teóricas, habiendo demostrado que no sólo era posible en un cierto futuro, sino que se podía hacer (y se hizo) en el presente.

Final feliz... ¿Verdad?

Desafortunadamente los finales felices suelen ser escasos (la industria cinematográfica nos ha malacostumbrado a creer que todo siempre acaba bien) y aquí es donde la historia gira 180 grados para nuestro protagonista.

Un día alguien entró en su casa y la robó: la cosas más absurdas y alejadas de un problema a veces se tornan como sordos detonantes de un problema mucho mayor.

Así que, cuando se encontró en semejante situación, fue a denunciarlo a la policía y, en la investigación, se empiezan a descubrir cosas extrañas, como el hecho de que, durante la guerra, no había registros de el en ninguna parte (estaba trabajando para una división secreta del gobierno apoyando al ejército inglés), su casa estaba llena de extraños cachibaches y, para colmo, un día va y confiesa que tiene una relación con otro hombre...

Esto sucedió en 1952, una época donde, por si no lo sabías, la homosexualidad iba mucho más allá de ser un simple comportamiento que pudiera ser aceptado o no por la sociedad: en la Inglaterra de la época (y en casi todos los lugares del mundo, seamos justos), se consideraba un crimen y, como tal, se juzgó al pobre Alan, que aceptó los cargos, se declaró culpable y, para evitar la cárcel, aceptó ser sometido a castración química...

A veces olvidamos desde donde vienen algunas personas: castración química por, simplemente, querer a alguien de su mismo sexo, queridos niños y niñas...

Un par de años más tarde, a unos días de su cuadragésimo segundo cumpleaños, Alan se suicidó: inyectó veneno en una manzana y, de forma casi poética, al igual que Adán y Eva probaron el fruto prohibido que les expulsó del paraíso, le pegó un mordisco y nos dejó atrás, con el legado de un hombre brillante que, ya digo, es considerado como el padre de la teoría informática moderna.

Pues vaya final más horrible...

Sí, el final es horrible y, desafortunadamente, no podemos cambiar el pasado, pero lo que sí podemos hacer es cambiar el presente y transformar el futuro.

Y es aquí donde, ya digo, de vez en cuando, cosas maravillosas suceden y donde, en particular los ingleses, saben hacer las cosas como se deben hacer.

En Agosto de 2009, un programador informático inglés empezó una petición a su gobierno para perdonar el delito que le costó la vida a Alan Turing y, aquí es donde Internet hizo su trabajo, con miles de personas uniéndose a la petición y logrando que, en apenas un mes, su gobierno, efectivamente, se disculpara públicamente por su trágico final y por los motivos por los que, en primer lugar, fue detenido, castrado y que acabó con el suicidándose.

Unos años más tarde, la propia reina Isabel II de Inglaterra firmó un perdón real para el y, un tiempo más tarde se aprobó la Ley Turing, con la que, retroactivamente, se perdonó a todas las personas que, bajo la misma ley que provocó la situación de nuestro protagonista, acabaron en la cárcel o sufriendo castración química por su inclinación sexual.

Bueno... Ahora sí que se acaba la historia... ¿No?

Afortunadamente no: ya digo que los ingleses son excelentes para reconocer a sus héroes, tarde o temprano, de alguna forma u otra, pero lo hacen (de lo cual, algunos podríamos aprender un par de cosas).

Hace unos días, mientras leía una página de tecnología, una enorme sonrisa se dibujó en mi cara al descubrir que, el 23 de Junio de 2021, el día de su cumpleaños, el gobierno inglés pondrá en circulación un nuevo billete de 50 Libras celebrando su figura.

Te dejo aquí el vídeo de la presentación, por parte del Banco de Inglaterra, del nuevo billete:


Y los ingleses, que repito, cuando les da por hacer las cosas bien, lo hacen casi mejor que nadie, ha ido con todo.

Porque su billete incluirá todo tipo de cosas: puzzles, códigos encriptados, una foto de una de las máquinas que, gracias a sus ideas, se crearon para romper los códigos alemanes y todo tipo de curiosidades para celebrar la vida de un hombre que, además de cambiar nuestras vidas y ayudar a acabar con una terrible guerra, no sólo no le hizo a nadie, sino que murió por, simplemente, querer a alguien de su mismo sexo.

A veces, a pesar de todas las contrariedades, uno sí puede creer que hay finales felices...

La curiosidad

Hace unos años, en una entrevista con Steve Jobs, el escritor británico Stephen Fry le contó la historia del suicidio de Alan Turing, preguntándole si ese era el motivo por el cual la manzana de la compañía Apple tenía ese pequeño bocado en la parte derecha.

Esta historia, durante muchos años, fue un rumor que corría por diferentes lugares y, frente al hombre que probablemente decidió que dicho icono representara a su organización, no había un mejor momento para, de una vez, aclarar los rumores.

Steve Jobs le dijo que no (fue un diseño inspirado en otra cosa), pero le reconoció que, si lo hubiera sabido, desde luego que eso habría sido un factor para definir el icono de la que, a día de hoy, es la empresa más valiosa del mundo.

Y esa es la historia que quería contarte hoy: el 23 de Junio, si te acuerdas, levanta una copa de vino o, mejor, para estar todos sanos y felices, pégale un bocado a una jugosa manzana y dedícaselo a ese matemático tímido y peculiar que, un día, soñó con máquinas que podrían hacer lo que, en este momento, me permiten a mí escribir estas palabras y, a ti, leerlas.

Un abrazo con final feliz :-))


Paquito

Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es

Twitter: @paquito4ever

Comentarios

  1. Buenos días,
    levanto mi copa por Alan Turing. Y por más de un motivo. También por Paquito por recordarnos ese momento de la Historia. Excelente. Un abrazo para todos.
    Pedro Lucía

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    Respuestas
    1. Buenas :-)

      Gracias por la visita y el comentario: todo un placer. Con todo lo que está pasando, imagínate mi carita de felicidad cuando leí la noticia (por fin algo bueno, a pesar de los pesares).

      El 23 de Junio ya está en mi agenda: es la hora de, al igual que se hizo con Tesla, honrar la memoria de un hombre bueno y brillante, que no le hizo nada nadie y contribuyó a nuestro bienestar, a través de su conocimiento.

      Un abrazo y, de nuevo, mil gracias por la visita y el comentario.

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