Continuar la aventura corporativa
Buenas:
Ayer hablábamos de las cosas que tiene que hacer uno hasta bien entrada la noche cuando algo se rompe, o deja de funcionar correctamente, con gente distribuida por el mundo, como claro ejemplo del día a día de un oficinista que trabaja con cacharros muy complejos que requieren gente mucho más inteligente que uno para que funcionen bien.
Así que, como ayer la cosa se dejó en un extraño Cliffhanger, hoy toca desvelar si la cosa salió bien o no...
¿Y bien?Pues tengo buenas noticias: la cosa salió muy bien y esta mañana estábamos todos muy felices, aunque anoche mandé a más de uno a la cama por la diferencia horaria.
Porque, si hay algo que me encanta, de verdad, es dar crédito y agradecer públicamente a las personas que hacen ese esfuerzo extra para conseguir que las cosas funcionen lo antes posible.
Una de las primeras cosas que noté cuando me vine a esta parte del mundo, por tierras germanas en aquel caluroso verano de 2006, es que cierto grado de intensidad brillaba por su ausencia.
También descubrí, sin embargo, que como con los irreductibles galos, había una resistencia de gente, allí donde fui, donde trabajaban muchísimo, cosa que nos llegó a hacer reír, en aquellas tardes-noches donde nos encontrábamos por el edificio, mientras recurríamos a los clichés más zafios del mundo:
Ellos: Pero... ¿Qué hace un español trabajando tan tarde?
Yo: Observando la legendaria eficiencia alemana que les permite irse a su casa a las cinco de la tarde.
La carcajada mutua solía ser legendaria: los clichés tienen a veces esas cosas, sobre todo, enseñarte que no todo el mundo es igual, por más que uno quiera creer lo contrario.
Al turrón...¿Ves? Es que me lían y al final pierdo el hilo: tengo la capacidad de atención muy disminuida y así me va.
El punto es que me encanta que el mundo sepa que, cuando se hace algo que me ayuda, no sólo yo he tenido poco que ver (sea cierto o no) sino que la parte más importante es lo que hacen las personas que lo hacen posible.
Durante muchos años he observado a una plétora de personas de diferentes orígenes y caracteres: he llegado a la conclusión de que la gente más mediocre es aquella que le niega el crédito a los demás y se apunta medallas ganadas en batallas que han sido luchadas por otros.
Pero antes que yo, los romanos, que como siempre lo hicieron casi todo hace casi dos mil añitos, ya lo explicaban muy bien a través de la diferencia esencial entre dos palabras que, aunque parecen sinónimas, obviamente no lo son.
Los romanos eran gente muy sabiaLos romanos hablaban de "auctoritas" y "potestas" para describir las diferencias esenciales del liderazgo.
La "potestas" es el poder que te es otorgado: eres el jefe de alguien porque así lo determina la jerarquía del lugar en el que trabajas, y eso no se discute, porque está fuera de ti determinar si esa persona es o no su subordinado.
La "auctoritas" en cambio, es diferencia: esa se gana, es más intangible pero se basa en el reconocimiento de otros que te conceden un cierto estatus.
En todas las empresas donde he estado, más tarde o más temprano, uno llega a dislumbrar claramente los casos donde la persona que está por encima de otros tiene sólo el poder y quienes tienen el poder y la autoridad.
Estos últimos son generalmente reconocibles porque suelen ser escuchados y cuando hablan, generalmente, tienen un cierto grado de sentido común y de experiencia.
Los del poder en cambio, son mucho menos razonables y hay mucho más resentimiento hacia ellos: es gente a la que, tarde o temprano, la guadaña les cobra el precio de ese poder que han usado sin preocuparse de ganarse la autoridad de aquellos a su alrededor.
Precisamente por eso, porque a veces uno no tiene ni el poder como para poder cambiar según qué cosas, tienes que recurrir a la autoridad ganada en el campo de batalla.
Para mí, por tanto, todo empieza en el hecho de que debo trabajar tan duro como el que más para que, cuando pida algo, ni el Tate se atreva a rechistar y a reclamarme algo que yo no sería capaz de hacer.
Gracias a eso, consigo cosas que otros no consiguen: se puede cuestionar mi carácter, se puede cuestionar mi metodología, mi lenguaje... Pero no puedes cuestionar que, cuando toca remangarse, seré el primero en hacerlo.
Es más: cuando vayas a remangarte tú, quizás yo lleve remangado ya un tiempecito.
¿Y por qué te cuento esto?
Te cuento esto porque en algún momento de tu vida, o te lo has encontrado, con lo cual, sabes perfectamente de qué te estoy hablando y espero que asientas conmigo, o quizás todavía no lo has visto o, peor, está delante de ti pero no lo reconoces.
El motivo por el cual mis cosas se solucionan más rápido que otras es por la famosa auctoritas, que me ha costado años labrar, a pesar de cambios, transiciones, reorganizaciones, cambios de proveedores de servicios y la madre que lo parió.
A pesar de todo ello, por más que la cosa, como con Sísifo, parece un interminable castigo, los sedimentos van quedando por el camino, lo cual uno agradece porque es lo que te permite seguir adelante haciendo que, a pesar de los pesares, el personal entienda que aquello que haces es algo más que un grupo de tareas que te pagan las facturas.
Porque eso es una de las cosas más importantes que te pueden suceder en tu vida: encontrar el propósito de los diferentes aspectos de tu vida, sean profesionales o personales.
Y créeme: no deseas saber (y espero que nunca llegues a saberlo) qué sucede el día que eso se pierde.
Nos vamos acercando a las mil palabras y tampoco esto va de no estirar el chicle mucho, que tampoco parezca forzado.
No somos ese tipo de persona: somos el tipo de persona que escribe porque le gusta, como otros son el tipo de personas que te agradecen el esfuerzo con su lectura.
Ni más, ni menos.
Un abrazo.
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