El trasteo infinito
Buenas:
Seguimos para bingo: no puedo negar que no me lo estoy pasando bien, aunque a veces sea un poco agotador por aquello de mirar, remirar, leer, releer, probar y vuelta a empezar, pero la verdad es que no deja de fascinarme que, aquí el que habla, sin apenas quererlo o beberlo, lleva en menos de una semana un par de pequeños programitas de software que, dentro de lo que un profesional de verdad sería capaz de hacer, sigue teniendo su puntito de orgullo...
No estamos para ponernos exquisitosLuego decir esa frase de cuando en cuando, en momentos donde las opciones son limitadas y no te queda más que aceptar lo inevitable, pero la verdad es que en esta semana me he dado cuenta de que el futuro que se nos acerca trae consigo un grado de automatización que sólo eramos capaces de albergar en las series o películas de ciencia ficción más extrañas o distópicas.
La semana pasada, hablando con una compañera de trabajo sobre mis aventuras informáticas, hay un momento donde le explico que lo que yo hago es lo más rudimentario y que el siguiente nivel en estos momentos es la creación de "agentes" o soluciones de software que ejecutan acciones como si fueran humanos.
Le conté que ya estaba aquí y que, por ejemplo, había agentes para automatizarte o directamente gestionarte cosas como WhatsApp o el correo electrónico, de tal modo que uno se podría desentender del teléfono y, si eso, o mirarlo una vez al día o, peor, dejar que el teléfono se convirtiera en el tipo más ingenioso, o más ocurrente, culto o lo que sea que la IA pudiera inferir que te puede seducir o atraer de la persona con la que crees que hablas.
"Pero..."La dejé botando porque estas cosas merecen un contexto de gravedad, por cuanto es una reflexión bien llevada a la que la otra persona todavía no ha llegado y te quieres asegurar de que lo transmites como debes, porque uno, ante todo, tiene una vena histriónica que alimentar, que son muchos años de hacer gansadas que no se pueden tirar a la basura tontamente.
"Lo peor (empecé diciendo) no es el día que yo automatice el WhatsApp, sino el día que lo hagas tú, y ese día nos dejemos de hablar, pero nuestros agentes nos hagan ser la tipa más maravillosa del mundo, y yo el galán más seductor, y nuestros agentes nos habrán casado 3 veces, y habremos tenido aventuras inconfesables que, eso sí, jamás habrán sucedido y de las que, quizás nosotros ni sepamos, porque habremos dejado de hablar, confiando en que el otro mira los mensajes de cuando en cuando y se cree lo que le cuenta la otra parte que, como la suya, es más falsa de un Euro de madera."
Esa fue la parte que produjo el silencio en esa acogedora zona de la empresa, donde uno tiene algunas mesas y se puede sentar para charlar mientras se toma un café: "Ese día dejaremos de comunicarnos" me dijo con un cierto grado de terror, entendiendo que lo que se venía podría ser (y será), mucho peor de lo que ya tenemos.
Cuando yo era pequeño...
En mi generación, cuando querías quedar con alguien ibas a su casa y llamabas a la puerta para ver si estaba y si podía salir a jugar.
La vida era analógica: no estábamos en perpetuo contacto, salvo que compartiéramos tiempo físico juntos... No sé si es mejor o peor que lo que hay hoy: era diferente, con sus cosas buenas y con sus cosas malas.
Otra compañera de trabajo me contaba también que su hija, cuando quiere ver algo con su mejor amiga, en lugar de quedar, lo que hacen es lo siguiente: una de ellas se pone delante de la tele, selecciona la serie (siempre son series: no ven películas) y acto seguido hace una videoconferencia por WhatsApp con la amiga y apunta a la televisión, de tal modo que la otra persona ve lo que la primera, pero a través del móvil, mientras comentan la jugada de turno de tal actor o de tal trama, o quizás hablan del colegio, porque el contenido es el que es y las cosas están hechas así (Netflix asume que son "la segunda pantalla" y pide a sus producciones ser muy explícitas en los planteamientos de los contenidos, nada de sutilezas, rollo malo de peli de James Bond que le explica todo el plan maligno antes de intentar cargárselo).
Ambos, mi compañera de trabajo y yo, nos planteábamos por qué no quedaban para verlo juntas: viven cerca la una de la otra, los padres no tienen problemas para que la una se quede en casa de la otra y viceversa, pero simplemente es la vida a través del teléfono móvil, que es el motor de sus interacciones sociales.
Y ahora imagina que decides automatizar con un agente la interacción con una, dos o quizás con todas las personas en tu lista de contactos...
¿Qué sucede entonces?Supongo que llega el aislamiento y creerte la mentira de ese agente que te hace ser quien no eres: como en El club de la lucha, uno puede llegar a crear a Tyler Durden y llegar a creerse aquello que le gustaría ser pero que no es, siempre y cuando no le dé por asomarse a esa ventana digital donde alguien ha usurpado tu identidad para pretender ser tú.
Y eso, repito, ya está aquí: no es un futuro cercano, está aquí ya, todo esto existe, pero lo que falta es la adopción masiva, que llegará en cuanto la creación de estos agentes sea más sencilla (ahora requiere saber leer bien el manual de instrucciones y saber instalarlo, además de un cierto coste que, en la sociedad del todo gratis, sólo unos pocos llegan a pagar, entendiendo el valor que le pueden sacar a semejante bomba nuclear en el tejido social).
Hasta ese entonces, y esta es mi reflexión antes de despedirme (mil palabritas aquí) es que ya tenemos gente mandando correos electrónicos asistidos por Inteligencia Artificial...
Asistidos, ojo: siguen cometiendo faltas de ortografía y demás, pero cuando uno cambia de vocabulario y de expresiones de un día para otro, tienes que estar muy ciego para no verlo.
Y mi trabajo es darme cuenta de esas cosas ;-))
Un abrazo y seguimos hablando.
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