De lo que no quieren que hablemos
Buenas:
Esta mañana, mientras leía las noticias que me interesan (que suelen estar fuera de las tradicionales: suelo mirar cosas más relacionadas a tecnología) tuve un momento que no sé si es lucidez, estupidez o ambas cosas a la vez.
Turrón de confesiones a media nocheMientras aprendía cosas sobre por qué la terminal que utilizo para escribir estas cosas suele tener ochenta caracteres de largo y que, si te interesa, puedes leer haciendo clic aquí empecé a pensar en el hecho de que, desde hace ya unos años, una forma de higiene mental y de evitar cierto tipo de problemas es ignorar la actualidad y la realidad de la vida que nos rodea, en particular eventos lejanos a nosotros mismos donde tenemos poca o ninguna capacidad para influenciar el más mínimo cambio de los mismos.
Esa terrible conclusión que, como ya digo, se fraguó hace años, es un recordatorio periódico del fracaso que, como individuos que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos, no somos capaces de solucionar, una vez que aquellos que sí tienen la capacidad para provocar esos cambios parecen más preocupados por sus propios asuntos que por ti o por mí.
Esto no va de política, consteEsa es otra: en el momento en el que uno empieza a chapotear en según que charcos, el personal se empieza a poner nervioso y a proyectar sus filias o sus fobias alrededor de aquello que, sospechosamente, pueda oler a cualquier tipo de pronunciamiento ideológico que, por este orden, o no coincide con sus creencias o, en segundo lugar, coincide en algún grado con lo que la persona desea estar de acuerdo contigo.
El título del post en cambio es inequívoco: tengo la impresión, desde hace unos años, de que existe una tendencia por la cual, o bien tienes una opinión muy marcada, sin ningún tipo de gris, sobre algún tema o, si no, entonces tu opinión no se considera cualificada, por cuanto dejas margen para, si eres relativamente prudente, equivocarte o, mejor, no hacerlo y meter la pata hasta el fondo.
Precisamente por eso, me doy cuenta de que cada vez tenemos menos margen para la discusión civilizada sobre aspectos que, poco a poco, se consideran más controvertidos o problemáticos, por cuanto el personal se toma estos intercambios como un partido de baloncesto donde siempre tiene que haber un ganador y un perdedor, sin tener también muy claro qué se gana o qué se pierde, sobre todo cuando se defienden cosas que uno no ha creado, no ha participado en la idea pero tiene muy claro, muy muy muy claro, qué está bien y qué no lo está.
La pereza de la terquedadUna vez que eres consciente de que hablas con alguien que no sabe muy bien por qué algo es de una forma o de otra, pero que está muy seguro de ese algo, las opciones se reducen a, en la opción más inteligente, escuchar lo que se quiere decir y quizás intentar matizar (si quieres "subir a la red"), pasar olímpicamente e ignorar el asunto o, en última instancia, ir en modo Nadal a por el otro y entrar en un intercambio de voleas que puede que acabe como el Rosario de la Aurora, expresión que si no la conoces, te recomiendo que leas un poco sobre su origen.
Precisamente, porque somos cada vez un poquito más "peculiares" y cada vez tragamos menos aquello que nos contradice, empieza a suceder que, a la mínima que la cosa no vaya como nosotros queremos, abandonemos toda esperanza y toda capacidad para escuchar lo que otra persona nos quiera decir.
No queremos estar equivocados, no queremos que nos contradigan, no deseamos establecer conflicto con personas, porque es muchísimo más fácil abandonar cualquier atisbo de discurso cívico.
las cosas más tontasSiendo alguien que lleva más de media vida con temas tecnológicos, puedo dar fe y testimonio de que hasta las cosas más anodidas, como la marca de un teléfono o de un ordenador, puede crear cismas propios de un auto de fe de la Santa Inquisición en el siglo XVI (dieciséis, que algunos ya no saben ni lo que son los números romanos).
Eso, que en teoría no debería dar para mucho más que un intercambio de ideas anecdótico, es responsable para los incendios ideológicos más descarnados de la internet moderna: la idea de que haya gente que se líe la manta a la cabeza por chorradas de ese estilo, es la válvula de escape del problema mayor que afrontamos como colectivo de personas que, se supone, debería buscar las fórmulas para una vida mejor en comunidad con los demás.
Pero precisamente, porque el discurso de las ideas es cada vez más complicado, porque a la mínima el personal se enciende y, encima, tenemos a gente que dice que deberías abandonar o dejar atrás a aquellos que no piensen como tú, la necesidad de creer en algo, sea lo que sea, lleva a parte de la población a expresar su identidad o su posición sobre algo a través de objetos, generalmente representados por marcas o, mejor, a través de equipos deportivos, donde la cosa ya alcanza el fervor más propio de otro tipo de creencias.
Hacer el esfuerzoPrecisamente, porque no desean que hablemos de temas un poquito más "relevantes" para nuestra existencia, más que nunca, pienso que deberíamos hacer el esfuerzo por escuchar a aquellos con los que estamos generalmente en desacuerdo.
Ese "escuchar" que te han dicho que, por lo que sea, "entender es defender" y que obviamente no es así: entender por qué una persona piensa de una forma es la manera de entender a la persona y su humanidad para empezar, sea lo que sea lo que crea, dentro los límites de lo lógico, cuidado (aquí es donde suelo hablar con gente que me dice que tienen límites muy claros con según qué cosas que, honestamente, tienen sentido pero que uno, siendo puñetero, piensa que aún así uno debería hacer el esfuerzo por entender hasta lo más radical).
Porque repito una vez más: "entender no es defender" y saber por qué una persona piensa de una forma o de otra te acerca a su humanidad, aunque luego uno pueda tener una opinión completamente diferente.
Y precisamente por eso hoy te quiero preguntar a ti: ¿Tienes gente a tu alrededor que piense de forma muy diferente a ti? ¿Cómo lo llevas? ¿Qué haces para que funcione?
Te escucho...
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