Hay que seguir escribiendo

Buenas:

Desde que empezaron las medidas de confinamiento de la pandemia aquí en Holanda y, honestamente, desde un poquito antes (la época de “El bloqueo” empezó a demostrar que la dinámica de vida y la edad nos pasan factura), siento remordimientos por haber disminuido mi frecuencia de publicación de contenido en el blog.

De una forma, intento justificarme ante mi mismo, alegando, como si de un juicio se tratara, que tengo mil y una excusas para explicar el por qué he dejado de escribir tanto como lo hice en otras épocas, buscando la aprobación del jurado y el juez, mientras espero que el fiscal no proteste y que pueda pasar el trámite.



Lo peor del párrafo de arriba es que, tanto la defensa, la acusación, el jurado, el juez y el acusado, somos todos la misma persona, situación que me lleva a pensar que, en condiciones normales, acabaría no delante de un tribunal, sino de un comité de evaluación psiquiátrica para ver qué no va dentro de esta cabecita mía.

Me encanta escribir, como me encanta leer: en los últimos meses, lo que noto es que el castellano, mi lengua materna, está sufriendo los terribles envites de funcionar con otros idiomas constantemente, así como la fatiga mental del confinamiento y de un trabajo que, aunque no es precisamente ir a una mina a extraer carbón, tiene también su esfuerzo.

En esto último, quizás porque he conocido a gente de épocas muy anteriores a la que nosotros vivimos, siempre me provoca una sonrisa: me imagino a mis abuelos, que vivieron el mundo desde casi principios del siglo XX, viéndome decir lo cansado que estoy si me vieran, en mi oficina o, peor, en mi casa, trabajando sentado, delante de “una máquina de escribir electrónica, enfrente de un televisor”, corriéndome a gorrazos por quejica.

Anécdotas de estas tengo varias: desde principios del siglo XXI, he tenido la suerte de tener una carrera profesional donde una serie de convenciones, antes no negociables, no se cumplieron jamás: yo no sé lo que es “fichar” en un trabajo, al igual que he disfrutado de posibilidades de flexibilidad de horarios y de tele-trabajo, casi una década antes de que, personas de mi entorno, pudieran ni siquiera soñar en hacerlo.

- O sea, que te puedes quedar y trabajar desde casa.
- Sí, claro: me conecto a través de Internet y lo hago desde casa.
- Pero... ¿Y cómo saben si estás trabajando?
- No lo saben, pero es mi responsabilidad: si las cosas salen adelante, les da igual el dónde estés y cómo lo hagas...
- ¿Y si no salen adelante?
- Pues me despiden y adiós muy buenas.

Esta discusión sucedió hace unos 16-17 años en un bar que solía frecuentar en el madrileño barrio de Moncloa y que ya desapareció (lo acabo de verificar): alguien preguntó por mi trabajo, nos pusimos a hablar y, entre otras cosas, le expliqué algunas cosillas como la que acabas de leer.

Otra anécdota, la que quizás te habré contado en alguna ocasión, tiene que ver con la vez que, en un fin de semana, fui a visitar a mis padres y, por no sé qué motivo (no lo recuerdo), decidí no irme el lunes por la mañana a la oficina, sino que me quedé trabajando desde su casa.

Me desperté temprano, encendí la luz, abrí el portátil y me puse a trabajar en algo.

Justo a esa misma hora, mi padre acababa de ducharse, después de su hora de ejercicio mañanero, vestirse adecuadamente (mi padre es un hombre al que, hasta hace cuatro días, le he visto ponerse corbata hasta para barrer el comedor), al ver la luz encendida, se acercó a mi habitación para ver qué estaba haciendo.

La situación (eso sí que lo recuerdo bien) fue de episodio de comedia de televisión.

Mi señor padre, vestido con su traje y corbata, abriendo la puerta para ver qué estaba haciendo levantado tan temprano.

El que aquí te habla, tirado en la cama, en calzoncillos, aporreando las teclas del ordenador portátil del trabajo.

Y el diálogo que, te lo digo yo, nos haría ganar el Emmy a la mejor comedia del año:

Paquito Senior: ¿Qué estás haciendo?
Paquito Junior: Estoy trabajando.

Silencio...

Recuerdo la carita de menú de mi señor padre, procesando en tiempo real la respuesta que le dí, mientras contemplaba al haragán de su vástago, despanzurrado sobre una cama, mirando a una pantalla de ordenador, en calzoncillos.

Un hombre que, durante casi 40 años, se levantó todos los días a “indecentes horas de la madrugada” para hacer ejercicio, afeitarse, ducharse, vestirse e ir a una oficina a lidiar con gente y que, por lo que yo recuerdo, sólo faltó una vez a su trabajo durante dos semanas, porque pilló algo que lo dejó metido en cama en ese periodo (no recuerdo si fue una hepatitis o algo así, pero fue serio)...

Había otras discusiones más divertidas, como por ejemplo cuando mi padre me preguntaba que qué hacía yo exactamente en mi trabajo: era complicado explicarle la naturaleza de lo que hacía sin utilizar catorce anglicismos y, aún cuando se lo conseguía explicar, seguía sin entender cómo algo así pagaba tan bien y me daba tantas cosas.

El niño se colocó bien, tanto que, al final, un día la criatura se dio cuenta de que en la vida no todo era dinero, dejándolo todo atrás y siendo el primer español en los últimos 20 años que dejó un trabajo “que te cagas” para ganar menos dinero en el extranjero, tan sólo porque, más allá de la pecunia, está la oportunidad de aprender y vivir otras cosas en la vida.

Mi padre, casi 20 años más tarde, me sigue preguntando por qué lo hice, pero el es de otra generación, con mucho más sentido común y de la responsabilidad que la mía.

Recuerdo que Paquita, mi hermana, en su día, también tenía “un buen trabajo fijo” un día, también ella, decidió que, como yo, había otras cosas en la vida.

Paquita Junior: Papá... Es que, simplemente, mi trabajo no me hace feliz.
Paquito Senior: Pero... ¿Tu te crees que a mí mi trabajo me hace feliz? Simplemente tengo que hacerlo, tengo una familia que alimentar y facturas que pagar.

El choque generacional y la pirámide de Maslow, todo en uno: la generación de posguerra española tuvo una serie de premisas que, la generación siguiente no tuvimos.

De pronto, simplemente trabajar y ganar dinero ya no era suficiente.

Pienso en las cosas que he vivido en todos estos años y el coste personal que también he sufrido: al dejar mi país, rompí con casi todas las personas que, en algún momento, estuvieron cerca de mí.

En Alemania, a pesar de que mis sensaciones con el país fueron más que positivas, el tema profesional fue un fracaso (venía de un mundo corporativo tan diferente de todo lo demás que, entre eso y que, uno, en particular, tiene problemas con las jerarquías formales, era la fórmula para algo que no podía acabar bien), sigue un par de amistades con las que, al menos de vez en cuando, consigo intercambiar correos electrónicos en fechas señaladas (cumpleaños y cosas así).

Holanda ha sido muchísimo más duro, pero ya me hice mayor: aquí hacer amigos hace tiempo que lo dejé por imposible (no son mi perfil: “no eres tú, soy yo”, por así decirlo) y, desde que decidí mandar a la mierda a “la red social por excelencia que empieza por F”, pues esto tampoco ha ayudado mucho.

Hay, sin embargo, una ventaja: la gente que ha sobrevivido a esa quema es la gente que de verdad quiero y respeto.

En un mundo donde las amistades se miden y se sostienen dándole a "Me gusta" a una foto, de pronto hay gente como yo que, como en la película, decidimos desenchufarlos de Matrix y, como en la película, cuando la desconexión sucede, descubres que la realidad no es mejor, pero al menos ya eres consciente de lo que es real y de lo que no.

Como en la película, también, de vez en cuando me enchufo a Matrix: como el protagonista, al entrar en Matrix, disfruto de un entorno, donde las leyes físicas no se aplican, pero debes tener cuidado, porque Matrix es un lugar vigilado y controlado por agentes que intentan atraparte.

Gracias a ello, mantengo la cordura, el buen humor y, en cierto sentido, una fórmula de catarsis.

No sé si desconectarme fue una buena idea: con los años, la melancolía hace su mella y, tras tantos años fuera de mi país, en general, y de “mi glorieta”, en particular, siento que ya no pertenezco a ningún sitio.

A veces, echo de menos aquello que dejé atrás: cuestionarse las cosas de vez en cuando es un sano ejercicio que debes hacer (el rollito de “vivir sin remordimientos” es psicopatía pura y dura: sólo se aprende de los errores cuando se revisitan y se analizan con perspectiva).

Pero sé lo que es real y lo que no lo es...

Los centinelas acechan al Nebuchadnezzar: es la hora de salir.

“Tanque: necesito una salida y rápido”


Paquito

Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es

Twitter: @paquito4ever

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