Recuerdos y situaciones divertidas durante el confinamiento

Una de las cosas más extraordinarias que poseemos, como seres vivos, es la capacidad para construir rituales de diversa índole, todas ellas encaminadas, en el fondo, a crear un cierto sentido de la seguridad y el orden en nuestra existencia.

Como es lógico, en los tiempos de pandemia que estamos viviendo, toda una serie de rutinas y comportamientos recurrentes aparecen y desaparecen, buscando, de alguna manera, la fórmula para sentirnos dueños de un entorno que, por hache o por be, sentimos que nos sobrepasa.

Piensa por un instante cómo era tu vida a principios de este año: todo iba como casi siempre, quizás para algunos de forma positiva o, para otros, con altibajos por tales o cuales motivos.

Entonces, llegó el dichoso COVID-19 y todo se fue al garete.

Meses más tarde, esa situación, absolutamente excepcional a la que tuvimos que amoldarnos (y que nos dará mucho juego dentro de muchos años, cuando contemos la batallita a quien nos la quiera escuchar), casi de la noche a la mañana, es ahora nuestro día a día.

Hace unos años, trabajando con unos compañeros japoneses, observé que uno de ellos llevaba una mascarilla: lo recuerdo casi como si fuera ayer, pero fue una lección interesante que, unos años más tarde, tendría un uso productivo.

Estaba en Londres: en aquellos días, viajaba todos los lunes a la capital inglesa para tener reuniones y hablar con gente sobre algo en lo que estaba trabajando.

Eran días de un trasiego enorme: levantarte a las cuatro de la mañana, duchazo, traje y corbata, montarte en el coche y salir disparado para tomar el primer vuelo del día, aterrizar, transporte público, llegar a la oficina, beber café como si la vida me fuera en ello y, a partir de ahí, ocho horas de trabajo intensas que acaban deshaciendo lo andado por la mañana, llegando a casa, otra vez en Holanda, sobre la medianoche.

Aquel día, noté algo que, durante años, vi en cientos de imágenes del país del sol naciente: uno de mis compañeros llevaba su rostro cubierto por una mascarilla (ahora que somos todos unos expertos, me doy cuenta de que llevaba una "buena buena de verdad", no de papel ni cosas así).

Una de las muchísimas preguntas que siempre tuve en mi cabeza, para la gente proveniente del país del Sol Naciente, era precisamente el uso de la misma, así que, con la decisión habitual del que poco le importan los protocolos, me acerqué y le pregunte por el asunto.

- Una pregunta (sin miramientos: me gusta empezar fuerte): ¿La mascarilla es porque tienes algo o porque temes que alguien te contagie de cualquier cosa?

Lo bueno de entrarle a la gente con preguntas, sin ningún tipo de protocolo, es que el personal no tiene tiempo para zarandajas: la cultura japonesa establece que, toda interacción social, dada su contexto, requiere un tipo de lenguaje, siempre buscando que lo que se diga sea percibido como agradable y correcto, pero cuando un español te entra a saco, la capacidad de reacción es baja y, como soy yo, pues también se ahorra tonterías.

- Tengo un pequeño resfriado y, en Japón, cuando tienes una cosa así, debes ponerte la mascarilla para evitar que se lo puedas pegar a alguien más.

La respuesta me dejó satisfecho: siempre pensé que llevaban mascarillas para evitar que el personal les pegara cosas, pero ahí estaba mi respuesta.

Unos años antes, en un viaje a Moscú, durante la época de los incendios, compré mascarillas de las que, al final, sólo utilicé una (curiosamente, cuando las encontré, hace unos meses, en una cajita, resultó que eran de esas que, se suponen, son la pera limonera).

Unos años más tarde, como ves, esa respuesta me aclararía muchas cosas y me ayudaría a tener conservaciones con gente que no entendía por qué, en según qué lugares, sobre todo en espacios cerrados y con una mínima aglomeración de personas, me ven ponerme una mascarilla casi de inmediato.

Porque en Holanda, salvo en zonas de alta densidad de personas (como las calles comerciales de las grandes ciudades de este país), el uso de la mascarilla, a día de hoy, no es obligatorio.

Para muchas personas que conozco, viviendo en otros países, el uso de la mascarilla ya forma parte de su ritual. A veces no entienden muy bien el propósito (algunos creen que es para protegerse del contagio, otros creen que es evitar que, si ellos pudieran portal "el bicho", forma coloquial que usamos para referirnos al virus, puedan propagarlo) pero eso poco importa: lo importante es llevarla y acostumbrarte a que, en los próximos meses, será algo que deberemos hacer.

Las rutinas de vida han cambiado: un hábito divertido para mí es que, en los últimos 6 meses, he llevado pantalones largos en 4 ocasiones: llevo meses llevando pantalones cortos de deporte, comodísimos y que, como te contaba en el post anterior, con eso de que el peso se me disparó, me han permitido tener un cierto sentido del pudor dentro de la casa-oficina en la que, tanto yo, como millones de personas, ahora pasamos nuestros días.

Lo curioso es que, también, otras rutinas desaparecieron: durante 2 o 3 meses, dejé de afeitarme, momento en el que el vello facial, poco a poco, me convirtiendo en, por este orden, chico con perilla, chico con barba de tres días, tipo con barba, tipejo con barbucias y señor al que, si tienes buen corazón, deberías darle una moneda o algo, porque parece que no ha comido caliente en algún tiempo.

El detalle maravilloso (y el motivo por el que, al final, decidí afeitarme la barba y arreglarme un poco la perilla) es cuando, en el supermercado, me empecé a dar cuenta de que el personal no se apartaba de mí por el tema de la distancia de seguridad, sino más bien porque, su expresión facial así lo indicaban, me empezaron a ver "persona con la que no me gustaría estar cerca".

Porque además de eso, el conjunto daba para una película de autor sobre las desventuras de un señor que lo ha perdido todo, en la soledad de una sociedad de consumo: pantalones cortos de deporte, camiseta negra con algún mensaje o dibujo divertido, y un abrigo de tela que me queda enorme y que, con la barba, me hacía parecer John Rambo en la primera película, cuando intenta cruzar el pueblecito y el sheriff le empieza a poner problemas, acabando la cosa como ya sabrás, si has visto la película (si no, ya te lo voy diciendo, la cosa acaba mal).

Todas estas cosas son las que pasan por tu cabeza en estos días: el tedio, fuera de lo que es tu vida profesional, es importante y, con eso de que ya no puedes hacer vida social (o casi) te impide la capacidad para intercambiar experiencias o vivir nuevas cosas.

Es un año extraño y, de alguna forma, tendremos que llevarlo adelante.

¿Y tú? ¿De qué te acuerdas en estos días? ¿Cómo lo vas llevando?


Paquito

Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es

Twitter: @paquito4ever

Comentarios

  1. Me he reído con tu referencia de Acorralado.
    Yo recuerdo leer al sol, taza de café negro en mano, desde mi largo balcón (tras completar la obligada tanda de "largos" caminando a lo Rajoy por él). Nunca fui de leer en casa, siempre en cafeterías y autobuses, salvo cuando era niño y me sumergía en aquellas maravillosas historias como La isla del tesoro o 20.000 leguas de viaje submarino. Para mí, el arresto domiciliario fue como un retorno a una infancia feliz, con unos kilos de más y con sed de café en lugar de colacao.

    Buen post.

    Un saludo

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    Respuestas
    1. Hola Jorge :-)

      Gracias por la visita y el comentario: todo un verdadero placer, como siempre.

      Me alegra saber que estás bien y que te lo estás tomando con filosofía: es un momento muy raro para todos, supongo, de ahí que, al menos al escuchar a alguien que se lo toma como tu, me hace sentir un poquito mejor.

      Colacao siempre (se nota que fuiste educado bien :-)).

      Tengo la mesilla llena de libros, pero no sé lo que me pasa con ellos (me cuesta horrores leer: supongo que es uno de los efectos secundarios de estar todo el día sentado delante de pantallas llenas de correos electrónicos y demás).

      Ten cuidado con los kilos (te lo dice alguien que ganó unos cuantos durante estos meses y que, ahora, los pierde a la mayor velocidad que puede, todo siempre de forma segura y saludable, ojo ahí).

      Un abrazo y, de nuevo, mil gracias por tu visita y por tu comentario.

      Suerte y salud,

      Paquito.

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