Fallar no es una opción
Buenas:
La frase no es mía, ni muchísimo menos, además de que la frase original es en inglés, "Failure is not an option" y pertenece a un momento muy determinado del mundo (la guerra fría entre Estados Unidos y Rusia, a través de la carrera espacial), y está atribuida a una persona, erróneamente, por cierto, cosa que yo no sabía, al director de operaciones de vuelo de la NASA, Gene Kranz, durante los problemas ocasionados por el módulo espacial Aquarius, en la misión Apollo 13.
Precisamente por eso, porque es viernes y porque uno tiene una memoria frágil, esta noche voy a contar algo que me acaba de venir a la cabeza, porque gracias al señor Netflix, ahora mismo, estoy viendo la película del famoso incidente...
Turrón del espacio... En Holanda venden "space cake", ¿No?
Mira que te gusta pensar en cosas raras (y sí, lo venden) pero la historia, aunque tiene a Holanda de fondo, es una mezcla de cosas que se entrelazan entre sí: vamos a ver si consigo explicar las cosas bien y, a partri de ahí, construimos algo medianamente coherente y conseguimos las famosas "mil y pico palabras".
La pregunta...
- Paquito - empezó diciendo la buena señora que, años antes, consiguió traerme hasta mi división actual - Si tuvieras que explicar qué sucedía si el proyecto ABC no hubiera podido hacerse... ¿Qué habría pasado?
Lo pensé muy rápido, no dejé ni votarla.
- No lo sé - empecé diciendo - Fallar no era una opción, no se podía volver atrás, tenía que funcionar sí o sí.
Supongo que la ocurrencia le hizo gracia: iba a presentar a la alta dirección de la organización la machada que, durante casi dos años, con una pandemia por encima de todos nosotros, habíamos logrado crear, verificar y, finalmente ejecutar durante casi 60 horas de trabajo ininterrumpido durante un fin de semana para, todavía lo recuerdo, acabar en mi casa, después de un día sin dormir, duchándome a las tres de la tarde y tener una conferencia con un lugar en el otro lado del mundo para confirmar si todo había salido bien o no.
Y supongo que le hizo gracia, pero quizás le pareció buena la respuesta porque, unos días más tarde de que esa presentación se celebrara, diferentes grupos de personas se acercaron a preguntarme cómo se hizo lo que se hizo (según cuentan, la machada no tenía precedente en la organización, donde las cosas siempre se hacían "paso a paso", no "todo al rojo" y a correr).
Y así es como me llegó: "La señora x nos contó que fallar no era una opción y que tú estabas metido en el ajo, que eres tú el que dijo la frase"...
Pobre Gene Kranz
Unos años antes curiosamente, el señor "Frinsflins", que había estado en Washington D.C. haciendo alguna de las suyas, se pasó por el Smithsonian y me compró una camiseta con la frase y el libro escrito por el autor de la frase, una especie de autobiografía donde el buen señor, ahí sí, se apropió de una de las citas más famosas de la conquista del espacio por parte del hombre.
La historia del buen señor es también la historia de la gestión de una crisis: ya conté en su día que, en las primeras semanas de la pandemia, cuando días antes del gran confinamiento europeo golpeó, "el que aquí escribe", viendo lo que estaba pasando en Italia y en España, empezó a preguntar a sus colegas de otros países sobre si tenían planes de contingencia, en el caso de que esto también se extendiera a sus países.
Cuatro días más tarde, literalmente, empezaba el Kung-fu y, cuando las redes logísticas y otro tipo de problemas empezaron a azotar todo, el que aquí escribe tuvo su momento de gloria y, dentro del grado de sinrazón y un cierto grado de locura controlada, por primera vez en mi vida me vi en el asiento del conductor tomando decisiones donde otros, literalmente callaron.
Por aquel entonces, tenía un manager fantástico: un tipo que era lo opuesto a mí, pero que entendió muy bien con quién estaba lidiando, de tal modo que nos complementábamos como una baguette recién hecha y un tazón lleno de pisto manchego.
El tipo era un optimista redomado: el sólo veía oportunidades en problemas muy complejos y yo era al revés, esto es, el tipo que llegaba, veía tu maravillosa idea, la rompía en pedazos por ocho sitios diferentes y, una vez que te había reventado la ilusión, entonces empezaba a reconstruirla, pero teniendo en cuenta todo lo que sabíamos para que, esta vez sí, la cosa funcionara fantásticamente bien.
Mucha gente no es capaz de entender el proceso: él sí y dio frutos como pocas cosas en la vida (una unión creativa como pocas: echo de menos a aquel hombre que entendió cómo funcionaba el mecanismo de ese español al que le gustaba romper sus ideas y reconstruirlas con todo tipo de salvaguardas y mecanismos para que funcionaran a la perfección).
Cuando fallar sí es una opción
Un día, ese buen señor se fue: decidió que ciertas cosas no le merecían la pena, así que cogió sus cosas y se fue a su casa a, literalmente, cocinar pan (no sé si le dio por hacer pisto manchego).
Lo que vino detrás de él es mejor olvidarlo: es complicado explicarle a una persona tu proceso productivo, sobre todo cuando su agenda es sobrevivir a las intrigas palaciegas, en lugar de hacer cosas interesantes.
El día que eso sucede, el día que te das cuenta de que el mundo está dirigido por gente que no es necesariamente mucho más inteligente que tú o, peor, que ni siquiera están a tu nivel, es el día en el que te das cuenta de que vives en un mundo donde fallar no sólo es una opción, sino que, en algunos casos, incluso parece una opción necesaria para llegar a según qué metas.
Fallar no es necesariamente aprender
La teoría detrás del fallo es algo del estilo a "lo que no te mata te hace más fuerte", lo cual tiene su sentido y su verdad: equivocarse supone una oportunidad de aprendizaje, supone entender tus límites o los de la realidad o lo de lo que sea que intentes.
Pero eso tiene un gran "PERO" y es que se asume voluntad de aprender sobre lo que se ha fallado.
Y ahí, es donde con los años te das cuenta que eso de aceptar que uno es un pobre mortal o que no es tan listo como todo el mundo te dice, pues como que es complicado.
Eso es algo que me llama la atención: a partir de un cierto nivel, el personal te ríe las gracias, eres casi infalible, cuando hablas guardan silencio con reverencial respeto...
Nadie se atreve a decirte lo que piensan: es más, cualquier atisbo de honestidad es considerado casi una falta de educación, donde todo el mundo pretende que el desnudo rey lleva refinados y carísimos ropajes, mientras tú, pobre idiota, le estás viendo las vergüenzas.
Cuanto más arriba estás y más éxito acumulas, más sucede: la selección natural de lameculos elimina a aquellos que atentan contra la máxima detrás del "Sí, buana" y cuando uno está fuera de eso, es curioso verlo.
Yo estuve ahí...
En varios momentos de mi vida, algo del estilo, en menor medida pero similar, me ha sucedido algo similar: te ponen a cargo de alguien, tienes a gente que tiene que trabajar para ti y, cuando te descuidas, tienes a gente haciéndote la pelota.
Lo poco bueno que tengo es que a veces me doy cuenta y corto por lo sano: "No me hagas la pelota: no me gusta, no te pagan para reírme las gracias", pero no te voy a engañar: también me doy cuenta de que, estoy seguro, alguna vez me han toreado y han hecho conmigo lo que les ha dado la gana.
Es muy difícil rechazar el peloteo cuando te lo hacen: es muy seductor, no te voy a engañar, pero hay que intentarlo.
Es de lo poquito que te puede ayudar el día de mañana a no acabar siendo un verdadero gilipollas.
Y el mundo, desafortunadamente, otra cosa no, pero legiones de gilipollas hay para llenar decenas de miles de veces el Santiago Bernabéu.
Por eso quizás pienso en aquella vez, cuando dije aquella respuesta: durante dos años trabajé en algo donde no hubo peloteo, no hubo mamoneos, no hubo pérdidas de tiempo... Se hizo en tiempo, forma y por debajo del presupuesto.
¿Y qué se aprendió de todo aquello?
Nada: en las siguientes cosas se encargaron de que, todo lo que allí se hizo no se repitiera: nadie se beneficia de que las cosas salgan bien, sin dramas, sin contratiempos, sin tener que pedir más dinero, más recursos...
Por eso, si algún día las cosas no salen bien, recuerda que siempre hay margen para el error: es una opción perfectamente válida, siempre y cuando saques algo de provecho de la experiencia.
Y sobre todo, no caigas en el embrujo del halago: es muy fácil creerse lo que uno no es cuando te lo dice gente que quiere algo que ti.
Mil y pico palabras, ese fue nuestro acuerdo.
Mañana más, no sé si mejor, pero algo habrá.
Un saludo.
Paquito
Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es
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