La hipocresía que se justifica con dinero
Buenas:
Los que me conocen saben mis ideas y opiniones sobre ciertos aspectos a la vida y el carácter neerlandés, cosa que no es nueva y que, probablemente, habré formulado decenas de veces a lo largo de los años en esta pequeña bitácora digital que, en Marzo, cumplió veintiún añitos, ojo ahí.
Pensando en eso, en como las cosas cambian, en como también uno cambia y, sobre todo, qué cosas no lo hacen, hoy hablaremos de lo que veo detrás del título de este post, ese carácter "práctico y pragmático" que, en mi opinión, como todo buen vendedor, intenta ensalzar cosas que, en realidad, el buen comprador debería tener en cuenta desde el otro lado del mostrador, que al final eres tú el que lo paga y se lo lleva a casa y luego tienes que dar explicaciones a tu pareja.
- Juan Antonio: ¿Qué es ese columpio que está ahí afuera?
- ¿Te gusta, Ana María?
- Juan Antonio, vivimos en un tercero sin ascensor, no en una casa con jardín.
- Pero el vendedor me dijo que se podía plegar y que seis mil Euros era una ganga que no podíamos desperdiciar.
- ¡Seis mil Euros! ¡Vuelve ahora mismo a la tienda y devuelve ese trasto!
- Pero el vendedor me dijo...
- ¡QUÉ LO DEVUELVAS!
- El vendedor me dijo que dirías eso... ¿Y sabes qué? ¡Me dijo que era una compra que un hombre debería defender!
- O lo devuelves o te meto una demanda de divorcio que te dejo tiritando: ¡Tú verás!
Turrón en gananciales
El caso es que hace unos días el Ayuntamiento de Ámsterdam publicaba en su cuenta de YouTube un vídeo donde hablaba de todas las campañas de promoción y publicidad que han hecho con periodistas e influencers, cosa que de por sí, no tiene nada malo, todo lo contrario, por cuanto es una forma de dar visibilidades a las acciones del gobierno local, en lo relativo a dónde y a qué se dedican los dineros de los ciudadanos.
Y aquí, niños y niñas, debería cerrarse la historia, pero ya sabemos que las cosas no son nunca lineales y que, por supuesto, detrás de toda acción, siempre hay algo que, quizás, deberían explicarnos un poquito más despacio y tranquilos.
El problema de una ciudad-parque temático
Hace muchos, muchos años, un jovencísimo Paquito caminaba por los canales de Amsterdam: en aquel entonces, siendo un muy ingenioso y dicharachero estudiante en las Galias, venía a este lugar del mundo en misión de paz por visita familiar, procurando así salvoconducto para las pobres gentes que aquí moraban, sin peligro para su integridad física o psíquica.
En aquel entonces, hablamos de Marzo de dos mil uno, si no recuerdo mal (veinticinco añitos, niños y niñas), la ciudad de los canales tenía por supuesto su buena porción de turistas, pero era, sobre todo, una ciudad vivible, donde el bullicio de sus calles era principalmente de sus habitantes que, con sus bicicletas y sus carriles dedicados, pasaban como exhalaciones a tu alrededor mientras tocaban la campanita para avisarte de que, o te apartabas, o te llevaban por delante.
El veinticinco de Octubre de dos mil siete, el abajo firmante llegaba a los Países Bajos... Unos meses antes, en Julio, la nueva Biblioteca Central de Amsterdam se inauguraba, a placer para mí, que necesitaría un lugar donde ir y pasar mis días buscando trabajo.
En aquellos días, la Biblioteca era un lugar maravilloso donde se podía comer barato, tener unas vistas maravillosas de la ciudad y, sobre todo, trabajar y tener todo el espacio del mundo.
Era divertido además estar con mi portátil Toshiba mientras el resto de la biblioteca parecía una Apple Store, desde los terminales del propio edificio hasta los portátiles de los estudiantes y visitantes del lugar.
Faltaban dos años para abrazar la secta: el dieciséis de Febrero de dos mil nueve mi primer Macbook Pro entraba en mi vida (algo que, los que me conocen, no habrían podido creer unos años antes).
El punto es que Ámsterdam, por aquel entonces, era una ciudad vibrante y vivible, con sus problemas de densidad de personas en ciertos lugares, sin duda, pero nadie pensaba que llegaría a suceder lo siguiente, y es que el turismo, ese que llevaba terrazas, cafés, discotecas, salas de concierto y hoteles, poco a poco, empezó a tratar a la ciudad como un parque temático, donde el personal venía, comía, compraba y hacía cosas de turistas y se iba para, a continuación, tener otra oleada de personas haciendo lo mismo, día tras día.
La ciudad, desde hace unos años, empieza a cambiar sus prácticas turísticas: limita lo del Airbnb, que llegó a ser una plaga, empiezan a poner problemas o directamente prohibir dar nuevos permisos de apertura para según qué tipo de negocios (heladerías, cafeterías, tiendas de souvenirs...) y, se supone que, paran de incentivar cualquier tipo de turismo, una vez que cientos de miles de ciudadanos se quejan formalmente a la ciudad de lo que está sucediendo.
Después del Covid, las autoridades de la ciudad deciden ponerse un objetivo máximo de pernoctas en la ciudad: idealmente, sólo deberían haber veinte millones en un año (noches dormidas en la ciudad, ojo, no visitantes netos, aunque si de media la gente duerme unos dos días por visita, eso dan diez millones de visitantes y, entre doce meses, eso daría unos ochocientos y pico mil por mes que, entre treinta días de media, daría unos veintiocho mil visitantes, al día, de media, más o menos).
El caso es que el ayuntamiento no es capaz de conseguir ese objetivo: la ciudad es muy cuqui, muy de Instagram, el personal sigue viniendo en tromba y, de pronto, el ayuntamiento se descuelga con el vídeo de marras, donde cuenta cómo no sólo no han parado de hacer acciones de promoción de la ciudad, sino que, efectivamente, presumen de hacerlo, por más que el ayuntamiento hable, también con razón, que están promocionando un tipo de turismo cultural y que alcanza a más ciudades que Ámsterdam (el principal objetivo, por cierto, fue siempre terminar con el turismo de chopped, de prostitución, drogas y alcohol, reemplazándolo con turismo cultural, familiar o de negocios).
¿Y cómo se hila todo esto con el título del post?
Pues que llevo diciendo años, desde que empezaron con la cantinela de reducir el turismo masivo, que es muy fácil decirlo, pero que "aquí mis amigos" cuando se trata de temas pecuniarios venderían a su madre en trozos y que aquí nadie quiere renunciar a la pasta que deja ese turismo, por muy malo que sea, por mucha aglomeración, por mucha "parque-tematización" que esté provocando a la ciudad, porque nadie quiere zamparse el perder dinero en pro del beneficio común de la ciudad.
Si yo tengo un bar en el barrio rojo, quiero que me llegue de todo, sobre todo de gente que bebe mucho y no le incomoda estar en un barrio conocido por su venta de droga-porro y por las señoritas de los escaparates.
Ahora dile a ese señor que se zampe la bajada de turismo: "Oye, que puede que pierdas tu negocio, pero piensa en el bien común"...
Y cuando hasta el propio ayuntamiento sigue incentivando el turismo, que sí que es cierto que intentan buscar "otro pelaje", pero que sus acciones al final siguen acabando en trabajar con influencers y gente así que hacen contenido como "El pastel de brownie más cuqui de Ámsterdam", que te va a llevar a tener a doscientos gilipollas haciendo cola en un local para, como borregos, hacerse todos la misma foto, exacta, que la influencer de turno, pues chico...
En fin: que ni el ayuntamiento quiere que esto pare, porque renunciar a la pasta del turismo que a su vez crea problemas en la ciudad es como decirle a un adicto que deje de tomar la sustancia que le crea problemas de salud.
Esto ha quedado larguísimo
Nuestro acuerdo fue "mil y pico palabras" y hoy te he dado una chapa gloriosa: lamento la extensión, no está bien eso de monopolizar el discurso.
Mañana hablas tú, ¿Vale? :-))
Gracias por llegar hasta aquí.
Un saludo.
Paquito
Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es
Lo primero, enhorabuena por tantos años ahí al pie del cañón.
ResponderEliminarYo creo que la cosa va más allá de la globalización y del turismo de tickear destinos a discreción. El problema es que como sociedad nos estamos volviendo gilipollas. Así de claro, y que nos vamos a extinguir pronto. No es ni medio normal la de estupideces que hace la gente por unos likes, o por una foto cuqui para el insta. Es vomitivo. Y ojo, que no me quito de en medio, que aquí el abuelo también hace fotitos de un postre chulo o de un chuletón y lo pone en su Estado de wasap, o en el del caralibro. Cierto es que no lo hago a menudo, ni mucho menos y el FB lo tengo ya medio abandonado. El otro día fui a ver una charla de Gómez-Jurado, tiré tres fotos rápidas mal tiradas y las subí a mi perfil. Me hacía ilusión, punto. Pero vamos, que me da totalmente igual que la vean o no la vean y menos que me den likes. Lo hago a modo de registro, de diario, para que dentro de dos años el puto algoritmo me diga, eres dos años más viejo, y mira donde estabas hace dos años.
Lo de yutubers, creadores de contenido, tiktokers y demás vendedores de humo es algo insoportable. Pero así va la cosa ahora. La gente (la masa) hace más caso a un niñato con flequillo rubio diciendo paridas ante su propia cámara que a un científico con trabajos publicados. Es lo que hay. Gilipollez a toneladas. Uf, lo de esperar durante una hora para tomarte un puto chocolate con churros en PePitoChoc porque ha tenido nosécuántas reseñas en el tripadvisor... es de locos. Cuando a la vuelta de la esquina "literal" (que dicen ahora los mocetes) existe una chocolatería de toda la vida, de barrio con un chocolate espeso y unos churros que te mueres... y la barra vacía. Lo dicho, ya está tardando el puto meteorito que nos arrase.
Hay mucha tontería. Una buena mili obligatoria que diría aquel jaja.