Catarsis ante el puzzle resuelto

Muy buenas:

Hay momentos que dejan marcas en nuestras vidas. Dice el refrán que, "más sabe el Diablo por viejo que por Diablo", dicho que expresa que las experiencias vitales son una de las formas más valiosas de aprendizaje que el ser humano posee para ir caminando a través de la vida.

Hace unos años, un desafortunado incidente me hizo replantearme mi relación hacia los demás, en especial hacia aquellos próximos a mi cultura.

Hasta entonces, el planteamiento era que, el hecho de estar fuera forzaba nexos con gente de identidades culturales parecidas por aquello de la capacidad para empatizar mejor con nuestros sentimientos y emociones.

No es baladí: cuando estás lejos de casa, en una cultura ajena, el poder encontrar a gente que comprende tus códigos es bálsamo para esas heridas que, los años y la paciencia, irán cicatrizando.

Alguna vez he contado una anécdota que resume muy bien esta experiencia: trabajando en un lugar con gente de casi todo el mundo (en mi departamento, en mi último conteo, saqué 13 nacionalidades de 3 continentes distintos), expliqué un día que ciertas partes del mundo se entienden mejor que otras, por aquello de compartir ciertos rasgos culturales que, lejanos en el tiempo, siguen presentes hoy en día.

Ahí es donde salió Joan Manuel Serrat y, además de enviarles un link a Youtube con una de las canciones más bellas que conozco, me decidí a ilustrar mi ejemplo.

Ejercicio audiovisual: Instrucciones de uso

Haga clic en el vídeo integrado a continuación (o, si lees esto por email, pongo también el link para que lo puedas cliquear).

Mientras la canción suena, sigue leyendo: ésto, al final, todavía queda bien y todo.


Si no lo puedes ver, haz clic aquí: https://www.youtube.com/watch?v=_w2WOHs9wG4

El Mediterráneo

Todos los pueblos bañados por ese "mar nuestro", como tuvieron a bien llamar a los romanos a esa lengua de agua, comparten cerca de 3.000 años de historia, donde diferentes pueblos y culturas extendieron su cultura y su influencia, haciéndonos ser lo que somos hoy en día, con nuestras bondades y vilezas, con nuestras virtudes y defectos pero, sobre todo, con una inexplicable conexión cultural que, a pesar de los contextos particulares de cada uno de sus territorios, sigue vigente.

Mi ejemplo, además fue intencional: en mi departamento teníamos a un chico turco, un tipo encantador, brillante y que, entre otras muchas virtudes, habla seis o siete idiomas y que, en su día, hasta los amiguitos de XXX, tuvieron en su radar (falló en una prueba de la famosa "Pizarra blanca", con un algoritmo que no fue capaz de construir).

Ahí es donde entró la demostración práctica: les expliqué que, entre el lugar de origen de ese chico y el mío, distan varios miles de kilómetros y que, sin embargo, en más de una ocasión, hemos entablado diálogos cortos con, simplemente, mirarnos a los ojos...

Y, aunque cada cultura tiene su punto de diferencia, y el turco, como el francés, el alemán y el español del chiste, al final tienen formas diversas de responder a un problema (en el chiste, obviamente, el español siempre tiene la fórmula más ingeniosa o más estúpida: no por algo somos los que contamos el chiste), el otomano concedió el punto con una sonrisa.

Oye... ¿Y ésto a qué viene?

Viene a que, hace unos días, a raíz de una conversación que no viene al cuento, ciertas cosas del pasado volvieron al presente, momento en el cual se produjo una pequeña catarsis.

Hace tres años, escribí un post sobre una muy desagradable historia que acabaría como el rosario de la aurora: lo que a priori parecía quedarse en una incómodo equívoco, escaló hasta niveles insospechados, terminando una amistad o, al menos, una cordialidad que, en ese momento, yo creía afianzada, después de casi seis años.

En aquel entonces, escribí lo siguiente:
"Estoy triste y confuso: creo que debo volver a repensar según qué premisas: cuando la cadena de la confianza se rompe, se deben revisar los eslabones que la componen, así como su integridad: si me conoces y no eres capaz de otorgarme ni el beneficio de la duda cuando se te insta a ello, entonces creo que hay poco que hablar..."
El Post sólo explicó la primera parte de la historia: la segunda parte de la misma sucedería a través del correo electrónico, donde otra serie de eventos salieron a flote, asuntos muchísimo más personales, con terceros metidos de por medio y demás.

Aquello, en definitiva, terminó siendo un verdadero ajuste de cuentas (por escrito, eso sí, dado que nunca hubo un cambio de pareceres verbal) y, durante un tiempo, intenté encontrarle una explicación lógica, sabiendo como soy y, más importante, dándole todas las vueltas (que son muchas) que le puedo dar a un tema cuando no consigo resolver el puzzle que lo compone.

Entre otros temas, como ya digo, ese ajuste de cuentas trajo asuntos y nombres propios que, al parecer, podían o se sentían molestos por, al parecer, algunas de mis afirmaciones o, simplemente, por mi forma de ser.

Un detalle: a modo de insulto (ojito), se me dijo que yo era "el típico español"...

Nota: me han llamado catorce mil nombres, pero "el típico español" no me lo han dicho jamás.

Volviendo a lo de las afirmaciones, esto podía ser factible: los que me conocen saben que suelo tener opiniones muy marcadas sobre ciertos asuntos PERO, los que me conocen, también saben que, al decir algo, no tengo sentido ni intención de herir o insultar a nadie (al contrario: "hay un nivel" y siempre lo habrá).

Muy al contrario, suelo ser alguien que, cuando afirma algo, bien lo razona con datos o, si es una cuestión de criterio individual, una opinión, la puntualiza catorce veces, por aquello de que los humanos somos como somos y, aquí sí, con los años he aprendido a remarcar esto muy mucho, para evitar malos entendidos y similares.

De aquello, por tanto, además de romper lo que yo creía que era una amistad, saqué una lista de deberes y, con todo lo que se me dijo, sabiendo lo que sé y lo que soy, ya digo, me fui, una por una, comprobando si eran ciertas o no.

En esa cruzada descubrí que, para mi fortuna, algunos de esos deberes que apunté, aunque tenían un cierto trasfondo lógico, carecían de base formal (es decir: "Suena agua, así que tiene que haber algún río cerca" para, al final, encontrarte algo que hace un ruido similar, pero que no responde fielmente a tu afirmación).

Y ahí lo dejé: acepté la pérdida, intenté darle lógica a todo lo que había pasado y, después de varios meses, la vida hizo lo que sabe hacer mejor, que es aplicar sedimentos que, en forma de tiempo y olvido, hacen desaparecer al problema.

Hasta la conversación azarosa que, por diferentes vericuetos, acaba trayendo al presente toda esta movida.

En la misma, además de intercambian lugares y direcciones de lugares para comer bien, por fin, las fichas del puzzle que nunca fui capaz de encontrar, en su día, aparecieron ante mí: lo que yo viví trascendió a aquellos que fueron metidos de rondón en el asunto, más que nada porque, como digo, tomé nota de todo lo que se me dijo y me tomé las molestias de verificar, una a una, cada afirmación con cada nombre que me fue ofrecido.

Pero lo que nunca supe fue lo que sucedió después, hecho que descubrí gracias a la persona que me ofreció toda la información que me faltaba y que, hoy, te contaré, por aquello de que uno tiene un blog y tiene que forzarse a escribir...

Efectivamente, en ese proceso de verificación que empecé, aquellos que fueron señalados conocieron de segunda mano todo el asunto, además de las afirmaciones hechas en su nombre, situación que no fue del agrado de algunos de ellos (aquí es donde uno también aprende quién es quién: interesante lección, no por menos relevante), produciendo reacciones que, si las hubiera conocido, me habrían ahorrado el todo o parte de la tristeza que viví como consecuencia.

La principal, que nunca supe hasta que me fue revelado, fue que algunos decidieron, en un acto de dignidad y de sentido común, confrontar a aquella que dijo lo que dijo en su nombre, desmintiendo en primer lugar las mismas y, de paso, explicando que, si alguna vez tuvieran algún problema con alguien, se bastaban y se servían de sí mismos para resolverlo, no aceptando que terceros vayan por ahí soltando su nombre, sin tino ni concierto, poniendo en su boca según qué postulados.

Finalmente pude resolver el puzzle: a veces, en el camino que recordemos a lo largo de nuestra exitencia, uno se encuentra con personas que, por diferentes circunstancias, no han tenido o no han sido capaces de ser felices o tener lo que, quizás, en otro contexto, habrían querido tener o merecer, convirtiéndose en algo de lo que, probablemente, no estén orgullosas de ser, pero que no saben cómo cambiar o que, sin querer cambiarlo, producen como resultado la peor versión de sí mismas.

En ese momento, después de cuatro años, pude por fin cerrar este extraño y disfuncional capítulo de mi vida, reforzando así mis sentimientos de lástima y compasión por alguien que, un día, decidió que sus problemas bien valían perder la amistad de alguien que, jamás, le negó un favor o un ratito para, simplemente, intentar ayudarle.

Moraleja

De toda esta historia, quizás lo único que puedas sacar es que, a veces, te encontrarás a gente cuyas circunstancias podrás entender, cuyos comportamientos, a partir de sus circunstancias, podrás justificar pero que, pase lo que pase, y esto es muy importante, por mucho que alguien haya pasado o sufrido, aceptar que sus circunstancias justifiquen que alguien se comporte de forma incorrecta contigo es siempre la peor opción.

Jamás aceptes que nadie te trate mal o de forma injusta, sean cuales sean sus circunstancias o por más que puedas razonar su comportamiento: recuerda que, en última instancia, ellos siempre tendrán mucho más que perder en el binomio que establece vuestra relación, sea de amistad, sea de pareja, sea lo de que sea.

Tu puedes vales mil veces más que alguien así, y sabrás que es así si, simplemente, ante una situación de este estilo, haces el ejercicio de intentar comprender qué le sucede.

Si no lo haces, entonces piensa que, en el fondo, no eres tan diferente de aquel que comete este tipo de actos: la capacidad para comprender lo que le sucede al otro es el síntoma de un estado de madurez propio de gente de bien.

No hay excusas, no hay más.

Eso es todo: aquella noche, después de cuatro años, el puzzle se terminó y dormí como un bendito.

Y aquí es donde paro y te pregunto: ¿Te ha sucedido algo similar en tu vida? ¿Qué hiciste entonces? ¿Cómo acabó la cosa?

Un saludo,


Paquito
Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es
Twitter: @paquito4ever

Comentarios

  1. Pues sí, Paquito, sí me ha sucedido y precisamente fue ahí, en Amsterdam, con un ciudadano también español con el que había una relación muy cercana. Fue en los momentos más duros que pasé ahí y tú sabes por qué lo eran; cuando regresé a España me despedí de él tomando algo en Nieuwmarkt. Recuerdo que fui acompañado por un amigo que me estaba visitando en mis últimos días ahí y cuando acabamos el encuentro me dijo que esa persona le había provocado muy malas sensaciones. Pienso que si no hubiese estado mi amigo de nuevo hubiesen saltado chispas.

    Fue la última vez que vi a esa persona y una vez re-instalado en España acabé por bloquearlo en facebook y borrando su móvil. En mi proceso de re-adecuación después de mi divorcio llegaron a decirme que esta persona me había hecho más daño que mi propia ex-mujer y es probable que así sea.

    No tengo el más mínimo interés en volver a tener contacto, a pesar de que todavía hay vínculos que nos unen y que son muy largos de contar aquí y bastante personales; parece ser que le va bien en Amsterdam porque sigue viviendo ahí y sinceramente le deseo lo mejor; también le he dado mil vueltas a lo que sucedió y en cierta manera entiendo su proceder, pero jamás podré admitirlo. Me degradó, me quiso hacerme sentir cruel y despiadado (literalmente me llamó "cabrón", al más puro estilo español) y me acusó de ser humillante con la gente que me rodeaba, sintiéndose también así en sus momentos de convivencia conmigo.

    Yo mi puzzle personal desde 2013 no lo tengo del todo resuelto. Pero también creo que faltan pocas piezas, muy pocas, lo cual es positivo. Y soy un poco como tú, necesito darle un sentido a las cosas malas que pasan porque las buenas las disfrutas, lo que ocurre es que a veces las cosas malas no acaban teniendo explicación. Por ponerte un ejemplo, he hablado en mi blog del caso de la mujer que apareció momificada en A Coruña hace pocas semanas y yo sigo sin entender cómo en una ciudad como esta, "de provincias" que diríais los madrileños ;)
    puede aparecer una mujer muerta en su piso después de 7 años sin que NADIE la eche en falta. Aún hoy me entristece pensar que fue incinerada aquí, en A Coruña, y sus cenizas esparcidas por el trabajador que se encargó del proceso en un pequeño trozo de césped delante del crematorio, en la más absoluta invisibilidad y soledad. Te prometo que me entraron ganas de llevar un par de flores y depositarlas encima del césped para que haya un mínimo recuerdo de que ahí hay alguien.

    Bueno, esto poco tiene que ver con lo tuyo. Volviendo a mi caso, esa es mi reflexión ante tu maravilloso post. Pero de cualquier manera lo que sí he aprendido es que a personas tóxicas, sean familiares, compañeros de trabajo, vecinos o amigos, no las quiero a mi lado y hay que ir desprendiéndose de ellas, a veces aunque genere heridas, pero el bienestar posterior compensa.

    Un abrazo y... vente a comer pulpo, empanada, marisco y pimientos de Padrón a Galicia!! ;)

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    Respuestas
    1. Buenas:

      Efectivamente: todo el mundo, el que más o el que menos, tiene alguna historia similar.

      La mía, al menos, finalmente pudo ser solventada y, como bien mencionas: a veces, más que dolor o pena, lo que sientes es, simplemente, una decepción enorme (al menos en mi caso: cada persona es un mundo).

      No conocía esa parte de la historia: sabía que en Ámsterdam tenías un pequeño núcleo vital, pero como bien dices, cuando alguien cercano te muestra su peor cara, entonces "apaga y vámonos".

      Me alegra saber que, al menos, las cosas van a mejor hoy en día.

      Tantos lugares a los que ir... Tantos lugares... Tantos lugares...

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