El bloqueo - Parte 2

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El momento de la verdad llega: el proyector muestra el título de la presentación con el caso práctico que, al igual que a mí, los otros candidatos han tenido que preparar para defender su idoneidad para el puesto.

La Powerpoint, como comenté en la primera parte, se hace el sábado anterior, por la noche (si no recuerdo mal, me puse con el sobre las once y terminé sobre las dos de la mañana): la forma en la que decido afrontarlo es escribiendo las líneas básicas que sustentan el problema para, a continuación, ir ofreciendo respuestas, cuando las tengo, o preguntas, en los puntos sobre los que no estoy seguro de qué se puede hacer.

Unos meses antes, en un ejercicio similar para otra posición, me paso de listo y no sale bien (en mi defensa, unas semanas más tarde, cuando me dan la mala noticia y se le argumenta por qué no obtendré la puesto, el responsable de la misma, ofreciéndome lo que el considera un buen símil, acaba con un rapapolvo importante, por cuanto su argumentación, basada en una decisión real de negocio, no es sólo débil, sino que encima, como el puesto ya no es mío, ya da igual, en cuanto me pongo a pensar en voz alta y a ver las posibilidades de lo que podría haber sido, termina con el tipo admitiendo que, “quizás no ha sido un buen ejemplo”).

Esta vez, en cambio, lucho contra mi mismo con dos líneas de actuación diferente: hacer y decir aquello que creo que quieren escuchar o, simplemente, ser yo mismo y que sea lo que Dios quiera.

“¡A la mierda!”, termino decidiendo: voy a hacerlo a mi manera, porque si para conseguir un puesto de trabajo debo renunciar a lo que soy, entonces no merece la pena.

Frente a mí se sientan el responsable de la posición (el jefe) y el responsable del área (el jefe del jefe)... Al primero le conozco bien (un tipo racional) y al segundo, aunque sólo le he tratado de forma casual, cruzando alguna palabra haciendo cola en alguna máquina de café, me parece alguien también racional e inteligente.

“Showtime” empiezo diciendo... Estoy tranquilo y cómodo: el otro candidato (hay un tercero también, pero no sé quién es y nunca se me desvelará) es un Miura y ha entrado antes que yo, cosa que, teniendo en cuenta que el tipo es una verdadera máquina, sólo me queda una baza por jugar, que es aquello que el no posee.

Voy a usar todo el pensamiento lateral que pueda y, a su vez, voy a ir a por todas, parafraseando a la inscripción en la espada de un personaje muy conocido en Italia, de origen español, “O Paquito o nada”.

Empiezo suave: “Parto de la premisa de que hay cosas de las que quizás sepa algo, pero hay cosas de las que, más allá de conceptos básicos, no soy un experto... Por tanto, mi presentación se va a sustentar en esos dos factores: mi novia ha sido la beta-tester de la misma y está encaminada para, por lo menos, que cualquiera pueda seguirme”.

La exposición, siguiendo la lógica de “primeros principios”, descompone los problemas planteados en sus formas elementales para, a continuación, plantear las preguntas que uno debería hacerse a la hora de afrontar las posibles soluciones.

Y funciona...

Las dos personas delante de mí aceptan mi formato: el análisis fundamental deja poco margen para la especulación pero, para no pecar de soberbia, objeto al final que, por lo menos, es lo que yo veo, pero que ellos, sabiendo mucho más que yo, probablemente vean cosas que quizás yo no he considerado.

Para mi satisfacción, ellos lo ven como yo...

Y todo va fantásticamente bien, hasta que llega el punto donde, ahí sí que me la jugué, casi al final, sale un asunto sobre el que, mi viejo yo, toma la delantera y se tira a degüello.

El problema es que, la persona que defiende una posición diferente es el jefe del jefe: consigo exponer mis argumentos dejando claro que mi punto de vista se basa lo que a mí se me contó en su día y que, como empecé diciendo, sólo puedo establecer ciertas conclusiones a partir de la información de la que dispongo, punto en el que ellos, como es el caso, probablemente ellos conocen algo más que yo no sepa.

El análisis de primeros principios, afortunadamente, deja poco margen para la duda: mi premisa es buena y se sustenta en lo que los hechos dicen mientras que su premisa, en cambio, parte del objetivo original del asunto que, sin embargo, sobre los fundamentales, no cuadra (de ahí que quieran meterle mano: ahí la jugada, casi improvisada, me salió bien, pero me podría haber salido espectacularmente mal si no hubiera seguido la línea de trabajo que utilicé para preparar el caso práctico).

La reunión termina: he hecho lo que he podido, así que no estoy obligado a nada más.

Tres semanas más tarde, finalmente, recibo la llamada:

- “Tengo buenas y malas noticias” - viene a decir.

La buena noticia es que, según se me dice, mi resolución del caso ha sido la mejor de las presentadas.

La mala, en cambio, no me va a gustar un pelo.

Continuará...

Actualización: Puedes leer la tercera parte haciendo clic aquí.


Paquito
Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es
Twitter: @paquito4ever

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