Perdida de peso durante la pandemia - Parte 2

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Buenas:

En el capítulo anterior, hablábamos de cómo una vida de libertad gastronómica, problemas crónicos estomacales y una pandemia de por medio son los ingredientes perfectos para que, mitad en broma, mitad en serio, acabes con un culo del tamaño de una plaza de toros.

Como conté entonces, en los últimos 2 años, mi prioridad médica ha sido, simplemente, poder comer sin que me duela el estómago, lo cual, para alguien cuyo pecado reconocido es la gula (hay otros más, ojo, pero la gula es el que definitivamente reconozco a la legua), ha tenido sus momentos complicados.

En el verano, cuando por fin la señora Paquito empezó, como el que dice, a animarme a salir de casa y caminar con ella, la cosa estaba completamente fuera de control.

Y, por "fuera de control", me refiero a rozar casi los 100 kilos de peso, todo el día metido en casa, trabajando de sol a sol, sin apenas moverme y, repito, comiendo cada muy poquito tiempo porque, como también explicaba en el post anterior, el dolor estomacal y el apetito se empezaron a sincronizar, llegando al punto en el que, si no comía, el estómago me empezaba a doler, de ahí que el círculo vicioso alimentario y mi modo de vida, que ya de por sí era sedentario, con el tema del dichoso virus alcanzara un nuevo máximo.

Si a esto le añades que el estrés tiene la curiosa habilidad de demandarte azúcar como si lo fueran a prohibir mañana, seguimos añadiendo ingredientes para hacerlo un poquito peor, por si la cosa ya no estaba mal de por sí.

Con ese dolor, la forma de intentar controlarlo fue a base de pastillas antiácido, pero un día, como estas cosas pasan siempre, te quedas sin ellas, estas dando tu paseo de la tarde, el estómago te empieza a dar molestias justo en el momento en el que pasas por un supermercado y la bombillita se te enciende.

Como la vida está llena de situaciones absurdas que te llevan a lo que parece que son elementos que no tienen ninguna importancia, en ese supermercado no pude encontrar las pastillas que solía usar, pero he aquí que, de pronto, en la balda donde todas esas cosas suelen estar, vi un botecito de antiácido líquido, de una marca buenísima que reconocí de unas pastillas que compré en España y, por aquello de que necesitaba algo ya, lo compré y lo probé casi in-situ (el estómago ya te digo, me estaba empezando a dar guerra en ese momento).

Éste, es el detalle donde todo cambia: al caminar por las tardes dos o tres horas, el estómago llegaba un momento que me empezaba a molestar y, al llegar a casa, después de sudar la gota gorda (caminaba un montón y a muy buen ritmo), ya estaba a punto de declarar la guerra a todo Occidente, con tal de comer algo.

Ese antiácido líquido, ese día, hizo algo maravilloso: aplacó el problema del dolor en minutos...

Recuerdo comentarle a la señora Paquito el asunto, como también recuerdo comentarle que el dichoso jarabe era como veinte veces más caro que las pastillas y que, a pesar de ser muy bueno, en mi opinión, no era veinte veces mejor.

Uno debe alegrarse de cometer errores

Esa discusión, tiempo más tarde, sería motivo de un muy bien ganado y trabajado "Te lo dije" por parte de la dama, pero en las tres semanas siguientes, un par de cosas empezaron a suceder:
  1. El hecho de moverme y tomar el sol al caminar me cambió completamente: de pronto estaba más feliz, menos estresado y, en general, mejor.
  2. El peso empezó a caer "un poquito", pero lo que noté de inmediato es que mi forma física empezó a mejorar de forma exponencial.
  3. Empiezo a llamar por teléfono a diestro y siniestro.
  4. Gracias al dichoso jarabe antiácido, conseguí romper el círculo vicioso entre el dolor de estómago y la necesidad de comer.
  5. Empezó el "hackeo alimentario" que es, en realidad, la gran parte del pequeño milagro.
Moverte "aunque sea un poquito"

A pesar de la pandemia, este año tuvimos un verano "espectacular" en Holanda, con semanas y semanas de un insultante y agresivo astro solar buscando quemar las lechosas pieles de los habitantes de estas tierras.

Al empezar a salir de casa, todas las tardes, empiezo a notar que tomo colorcillo (bronceado, por así decirlo) e, incluso en un par de ocasiones, la piel se me empezó a pelar, como cuando era niño y, después de mucho tiempo al sol en la playa, o donde fuera, acababa por las noches con jirones de piel por todo mi cuerpo, como si fuera una serpiente.

Ese chute de vitamina D, el hecho de desconectar del trabajo (muchísima gente, con esta historia, está trabajando más horas que nunca) y, simplemente, caminar rápido y sudar, comienzan la fase del cambio.

Y, poco a poco, vas a mejor, te sientes mejor, caminas más y más rápido.

Caminante no hay camino, se hace camino al andar...

En esas caminatas, empiezas a descubrir rincones y zonas del área donde vives que nunca habías visitado: caminas hacia antiguos "castillos" donde, de pronto, acabas cruzándote con una boda de asiáticos, con tus pantalones cortos, tus zapatillas de deporte, tu gorra y tu camiseta friki que, orgullosa, proclama que "El que no sea friki que levante su espada láser".

Porque, recordemos: hacer el idiota forma parte del personaje y, si no hago una gansada una vez cada dos o tres horas, me falta algo.

Una vez más, como estás en modo "a por todas", planificas rutas o, simplemente, decides caminar por lugares que no conoces o, mejor, caminas por aquellos que conoces perfectamente, con rutas que te sabes de memoria desde hace muchísimos años, hasta el punto de saber el número de pasos que puedes hacer en un ratito o su distancia en la misma media.

¿Está el enemigo? ¡Qué se ponga!

Con eso de que empiezo a caminar como una locomotora, la señora Paquito decide que soy insoportable y que camine yo solo, que no me puede seguir a la velocidad que voy.

Empiezo a consumir Podcasts otra vez como un burro, pero eso de caminar "porque sí", me aburre un montón, así que, con eso de que estamos como estamos, por las tardes y por la noche, llamo a gente por teléfono / WhatsApp...

Y así, poco a poco, voy retomando contacto con la familia, amigos y conocidos, mientras camino como si estuviera en una competición, porque correr, todavía no, está fuera de la cuestión (mis rodillas sufren muchísimo si corro en asfalto)...

Anécdota: cuando hablo por teléfono pierdo la dimensión del tiempo y, cuando me quiero dar cuenta, he estado al teléfono con alguien durante hora y media, tiempo en el cual, a lo mejor, me he hecho diez u once mil pasos, que no es poco.

De paso, tengo la oportunidad de saber cómo está todo el mundo: desde la familia, con la que hablo de forma relativamente frecuente, a personas con las que, literalmente, hacía años que, más allá de un correo electrónico o algún mensajito, no había cruzado palabra.

Mi objetivo son dieciocho mil pasos al día: cualquier oportunidad es buena para hacerlo, así que empiezo a asistir a conferencias telefónicas del trabajo donde sólo tengo que escuchar, mientras camino por la casa o por el vecindario.

Todo va viento en popa y, en las primeras semanas, esos pantalones cortos que ya estaban casi a punto de reventar, de pronto ya están un poquito más holgados...

Pero nos queda la parte de la alimentación: eso, será el asalto más complejo.

Continuará...

Actualización: puedes leer la tercera parte haciendo clic aquí.


Paquito

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Twitter: @paquito4ever

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