Pérdida de peso durante la pandemia - Parte 4

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En el capítulo anterior, hablábamos del cambio de costumbres que, poco a poco, desembocaron en una mejora en mi salud y, sobre todo, en pérdida de peso.

El último ingrediente en la ecuación del cambio en mi vida es la alimentación: en ese artículo, no sin un gran sentido de la ironía, ponía un vídeo de la película "Matrix", donde los protagonistas, una vez que escapan de la simulación, se alimentan de una especie de pasta blanquecina que, aunque no sea la cosa más apetecible del mundo, resulta que cumple su función principal, esto es, ofrecerte todos los nutrientes necesarios y adecuados para tener una vida sana.

Esta idea volvería a mí debido a los problemas alimentarios que tengo desde hace un par de años, donde mi estómago, a partir de una infección bacteriana decidió que, desde ese momento, ya no podría comer toda una batería de cosas que, para el común de los mortales, forman quizás parte de su día a día.

En aquella época, parte de las ideas que apliqué en los últimos meses aparecieron, pero faltaron elementos para que todo empezara a funcionar como debería.

Si recuerdas el episodio, y el mantra que en los últimos dos años ha guiado mi vida, en términos alimentarios, la filosofía entonces era la siguiente:

"Me da igual que sea sano o no: lo único que busco ahora mismo es que no me duela el estómago".

Ese mantra, unido a la pandemia, se ponen de acuerdo para que, en el primer semestre del año, acabe con un sobrepeso salvaje y, ya en el segundo, se produzca el cambio que nos trae hasta el día de hoy.

Por tanto, una vez que las circunstancias cambian, la alimentación es la clave y, algo que descubrí cuando mi estómago decidió (o, más bien, una bacteria decidió obligarle a) dejar de funcionar de forma adecuada, es recurrir a comidas suaves y menos dañinas (que, en mi caso, se resumen en que, al ser digeridas, no produzcan acidez).

En esa búsqueda de comidas suaves, aparece un puré de verduras que hace mi madre y que, desde siempre, cuando volvía a España por Navidad, era uno de los platos que me encantaba comer.

El plato en cuestión, como ya digo, resulta que no me da ningún problema, además de ser nutritivo y sano como pocas cosas.

Así que, una vez que mamá Paquito le pasa la receta a la señora Paquito (que es la que empuja el carro aquí para que empiece a comerlo en Holanda), ese plato se convertirá en mi rutina alimentaria de los últimos 6 meses.

¿La receta? Un par de kilos de zanahorias troceadas, un par de puerros y un par de calabacines, cocidos durante 25 minutos y, cuando terminas, le pones un chorrito de aceite de oliva y lo metes todo a la batidora.

Esto, con unos tuppers de por medio, te deja la comida solucionada para tres o cuatro días.

Pero, como eventualmente el puré te aburre, empiezo a añadirle cosas, así que pruebo a mezclarlo con cosas: desde semillas de cabalaza o de girasol (que, unos días más tarde, descubro que me generan acidez) hasta la fórmula que utilizo actualmente, que es una mezcla de dos tipos de arroces (arroz salvaje y un arroz que tiene todo tipo de cosas) y una lata de lentejas.

El resultado final es un puré mezclado con los ingredientes arriba mencionados y que, metidos un buen rato en un microondas, generan una pasta reseca que tiene textura y que, aunque no parezca muy apetecible, sabe fantásticamente bien, aporta un montón de cosas, calóricamente es muy ajustada y es fácil de preparar.

Eso, para comer: por las tardes, ceno lonchas de pavo o lonchas de pollo y, para matar el hambre entre horas, como pipas de girasol (sin pelar, así también te entretienes un poco más con las mismas), que son calóricamente muy fuertes, pero que, dentro de lo que uno podría comer, es relativamente sano.

El último ingrediente de la ecuación es el más importante: las cantidades y las horas y, a su vez, empiezo a tomar complejos vitamínicos (vitamina d, en el país de la penumbra, es de obligado cumplimiento, la vitamina B también y, de paso, me meto calcio y otras cosas, para estar seguro de que estoy bien en todo.

Las horas donde puedo comer se limitan: empiezo a hacer ayuno intermitente, lo que quiere decir que, a partir de una cierta hora de la tarde-noche (no soy muy talibán en esto), dejo de comer (beber puedo hacerlo cuando quiera) y no empiezo a comer hasta las 12 de la mañana del día siguiente, la hora de la comida, donde el famoso puré de verduras hace su aparición.

A pesar de despertarme temprano, dejo de desayunar, cosa que, curiosamente, me hace sentirme bien... Durante años, algo que he observado es que, el desayuno, por lo menos a mí, no me sienta muy allá (recuerdo la pesadez de comer algo, por poco que fuera)...

Esta es la parte donde aparecen los talibanes de la alimentación, usando el famoso eslogan "El desayuno es la comida más importante del día", que desconocen que dicha falacia fue creada por la industria alimentaria estadounidense, a finales de los años sesenta, para aumentar la venta de alimentos decidieron atacar la parte del día donde, tradicionalmente, la gente no comía mucho, empezando con los cereales con leche, las tortitas y demás.

Una comida prescindible para aquellos que, como yo, no tenemos trabajos físicos donde gastar un montón de energía (si eres una persona con un trabajo que requiera un desgaste de energía importante, entonces no, pero actualmente poca gente cualifica en ese segmento).

Nota personal: siendo niño en los ochenta, recuerdo ver las series o películas americanas donde, la familia, por las mañanas, iba a la mesa de la cocina para desayunar, momento en el que la cámara te enseñaba una mesa con comida suficiente para alimentar a un ejército (recordemos: product placement y propaganda para transmitir el mensaje) y donde el niño, o el padre, le daban sólo un bocado a una tostada, un sorbo al café y salían volando, mientras yo, que soy un tragón irredento, miraba la escena con absoluto descrédito, pensando en que, si yo estuviera allí, habría limpiado la mesa, comiéndome hasta el mantel si mi madre se hubiera descuidado :-))

Con esa nota y con el ayuno intermitente, te quiero hacer notar que, la parte más importante de esta historia es, además de comer muy sano, es comer menos, pero jamás, repito, jamás, pasar hambre (sólo aprender a controlar cuando tengo que comer y controlar las cantidades).

Y todo esto nos trae hasta aquí: hace 6 meses pesaba 98.5 kilos y, esta mañana, en la báscula, leí 76.2... He perdido 22 kilos, ropa que hacía años que no me podía poner, de pronto me entra como un guante, me siento fantásticamente bien en términos de salud y, ¿Por qué no? Por las mañanas, cuando me veo en el espejo, veo a una persona sana, con un peso adecuado para su edad y su altura, lo cual, sobre todo porque con los años, las cosas van cambiando, es lo más importante de todo.

Porque mola mucho verse bien en un espejo, pero lo más importante es que estoy sano y, también un poquito más feliz.

Esa es la gran historia que, gracias a una terrible pandemia, es de lo más positivo en mi vida este año.

¿Y tu? ¿Qué has hecho este año que, con todo lo que ha pasado, todavía puedes considerar que ha sido positivo o bueno para ti?

Seguiremos hablando en, salvo que me dé por postear en los próximos tres días, en 2021.

Si no nos vemos antes, te deseo un feliz fin de año y un próspero 2021, lleno de felicidad y con buena salud.

Porque, si algo hemos aprendido este año, es que la vida es frágil y que la salud, como el cliché nos lo ha repetido mil veces, es realmente lo más importante.

FIN


Paquito

Emilio: sugerenciasapaquito (arroba) yahoo (punto) es

Twitter: @paquito4ever

Comentarios

  1. Interesante la serie de posts y el desenlace. Fíjate que yo desde muy joven la unica cosa que desayuno es mi vaso de leche con nestquick y siempre siempre siempre me han dicho que eso no es un desayuno, es una birria. Pero simplemente, por las mañanas, no puedo tomar nada más porque me dan nauseas. El café me lo tomo un par de horas después.

    Nosotros en 2020 empezamos a mirar un poco mas la dieta. Yo de por sí siempre he comido bien xq así me han educado, así que de por sí no pico entre comidas, no tomo mucho dulce, ni bollería, no compro practicamente nada de comidas precocinadas o enlatadas, no me gusta la fritanga etc. El tulipán como come lo que la parienta cocina, pues también come bien. Excepto que es adicto a las bitterballen y se frie en unas cuantas cuando no miro (con el airfrier...)

    Aun así, en 2020 cortamos en ingesta de carne, intentamos no comer más de una vez a la semana algo de carne blanca y una vez por semana carne roja. Como parte del plato, no como plato principal. Aumentar verduras, reducir pasta y arroz etc. No influyó para nada (o casi nada) en el peso. Ahora con el embarazo todo se ha ido a tomar por el c*lo xq la carne no la puedo comer, solo algo de pollo. El pescado que normalmente me gusta, tampoco. Así que como lo que me apetece: mucha más pasta y arroz de la que quisiera.

    En cuanto nazca el alien, vuelvo a lo mío :D

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    Respuestas
    1. Buenas:

      El año empezó bien, entonces se torció "a lo burro" y, finalmente, la menos en la salud, la cosa ha acabado bien.

      Dentro de la tragedia del 2020, al menos puedo decir que personalmente algo ha salido bien.

      Comer bien es cada día más complicado: cuando entro en el súper, analizo la composición de las baldas y llego a la conclusión que, excluyendo los productos no comestibles, más de la mitad del contenido son productos o alimentos que no tienen un aporte nutritivo real, más allá de grasas o azúcares.

      Eso es lo que, cuando he perdido peso en otras ocasiones, de pronto se convierte en la parte más difícil de todo: entrar en el supermercado y tener de hacer un esfuerzo para, simplemente, no dejarme llevar y comprar aquello que, se supone, no debería comer en primer lugar.

      Cuida del alien y no le niegues la carne hasta los 18 (a partir de esa edad, podemos renunciar o reducir el consumo de carne sin problema).

      Seguimos para bingo :-))

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